TERCERA PARTE

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ABRAZOS, BESOS Y CARICIAS 

            El fluir de lo sagrado es un tipo de energía creativa que puede ser utilizada para conseguir aquello que se desea.  La satisfacción de los deseos es uno de los mayores beneficios que de él se esperan.  La persona religiosa, sabiendo esto, implora a los cielos en sus oraciones aquello que anhela.  La grandeza, el poder y la infinitud, experimentados en torno a los dioses, propician la sensación de que no existen dificultades para conseguir satisfacer nuestros deseos más insospechados.  Y en ocasiones estos deseos se consiguen, el poder de la fe unido al poder de dios parece no tener límites.  Si revisamos la Historia veremos que del seno de la espiritualidad han emergido toda una serie de sorprendentes fenómenos que cambiaron el curso de la Historia.  Las guerras santas son un claro ejemplo ―y lamentable― de la utilización de la creatividad sagrada al servicio de los deseos, violentos y conquistadores en este caso.

            Los profesionales de la espiritualidad, sabiendo la mala fama que les ha aportado la violenta utilización en el pasado del elixir sagrado, en la actualidad se están esmerando en mejorar su imagen, acomodándola a los nuevos aires pacifistas, y nos están proponiendo atractivos cambios en la utilización de lo divino.  Ahora, además de poder cantar y bailar con los dioses, en éxtasis amorosos, envueltos por ese amor, también podemos amarnos entre nosotros.  Un gran porcentaje de religiones y de sectas parece que se han puesto de acuerdo en conseguir tan anhelado y difícil propósito.  En las congregaciones de los rituales religiosos se está poniendo de moda darse la mano, abrazarse, besarse, e incluso acariciarse.  Todo dirigido a manifestar físicamente el perseguido y tan pocas veces conseguido amor al prójimo.

            Estas manifestaciones de amor y de cariño están produciendo un impacto entre quienes las experimentan.  No estamos acostumbrados a semejantes muestras afectivas excepto con nuestros más allegados.  Y, en ocasiones, ni con nuestros parientes más próximos las vivimos.  Por ello resulta impresionante, para la persona común, vivir esas manifestaciones de cariño con personas que no pertenecen a su entorno familiar o de amigos. 

La primera deducción lógica que se obtiene al vivir esas muestras de afectividad, con personas prácticamente desconocidas, es el convencimiento de que en esa religión, o comunidad sectaria, se está viviendo un auténtico amor fraterno.  La personas con carencias emocionales se sienten muy atraídas por tanta efusión amorosa, esperando que van a encontrarse en un entorno de amor y de comprensión; pero muy a menudo acaban desengañadas.  En las reuniones en hermandad, donde se experimenta lo sagrado, todas esas muestras de afectividad surgen sin apenas dificultad entre personas embriagadas por las benditas cualidades de lo divino.  Pero, cuando pasa la borrachera y todo vuelve a su estado normal, el desengaño suele hacer acto de presencia.  Cierto es que existen comunidades donde sus miembros se unen como una piña, viven en comunas, y son los unos para los otros como auténticos hermanos, (aunque pocos se libran de las peleas entre ellos que cuestionan su fraternidad).  Pero en la mayoría de comunidades no sucede así, sus miembros se reúnen unas pocas veces durante la semana, y los efusivos gestos amorosos no transcienden más allá de sus reuniones.  Aquellos caminantes de lo esotérico novatos, que creían en la existencia de un amor fraterno real, convencidos por tanta amorosa efusión física, pueden sentir como un mazazo al comprobar que no es así.   Puertas afuera de los rituales de la comunidad las cosas continúan con la fría convivencia típica de nuestra sociedad; y aquellos que se manifestaban como auténticos amorosos hermanos en los rituales del templo o de la sala de reuniones, en la calle no pasan de parientes lejanos que se preocupan muy poco de cómo le va en la vida a aquél que acaban de abrazar efusivamente en la fiesta espiritual.

Sin embargo, aunque habitualmente esas muestras de cariño se den solamente de puertas adentro, la utilización de ellas está teniendo un notable éxito.  La falta de amor en el mundo propicia que esas efusiones sean bien recibidas por el público; aunque sean fingidas, terminan por ser uno de los ingredientes más importantes para la captación de adeptos.  Es tal el éxito que los abrazos están alcanzando en la actualidad que hay  personas sumergidas en el mundo de las sectas únicamente por el hecho de vivirlos.  A nadie le amarga el dulce acariciarse o el abrazo de varios minutos; sobre todo si es con esa persona que nos resulta atractiva y con la que nos gustaría hacerlo más intensamente en la intimidad.  No creo exagerar si afirmo que para una de las cosas que más han servido las efusiones cariñosas “espirituales” ha sido para iniciar contactos más materiales, romances que acabaron en relaciones de pareja.  En ocasiones resulta inevitable que los efluvios sexuales se mezclen con los divinos cuando nos abrazamos a esa persona que nos resulta atractiva.

No está nada mal que en el seno de la espiritualidad hagamos más el amor que la guerra, aunque muy a menudo sea un amor fingido o vivido temporalmente.  Sea cual sea nuestra vivencia, siempre es conveniente reconocer que es debido al elixir de santidad, propio de la atmósfera sagrada, vivido en los rituales o en los cursillos espirituales, lo que nos hace sentir benditos los abrazos, los besos y las caricias.  Y si este elixir no nos embriaga lo suficiente, todas esas muestras afectivas se convierten en fríos rituales, en imposiciones costumbristas que no garantizan lo que pretenden demostrar.  Un abrazo puede llenarte de amor, pero también puede no ser otra cosa que un apretón físico, incluso desagradable.  Sucede igual que con la música sagrada que comentábamos en el anterior capítulo.  En cualquier cosa que nos ofrezcan como sagrada, lo sagrado habremos de ponerlo siempre nosotros; no olvidemos que toda manifestación sagrada emerge de nuestro interior.  Tanto en una música como en un abrazo, si deseamos que sean celestiales, lo celestial habremos de ponerlo nosotros.

Necesitando incluso realizar una criba de vivencias, pues lo divino, en los seres humanos, suele presentarse unido a lo profano.  Cuando vivimos tal santidad en las reuniones espirituales, que nos hace sentir divinos los abrazos, también podemos observar muy frecuentemente que nuestra percepción corporal es muy selectiva.  Como la mayoría de nosotros estamos más a menudo en nuestro cuerpo que en los mundos sutiles del espíritu, no podemos evitar sentirnos mejor o peor según nos abrace una persona un otra.  Esto suele producir una rivalidad que crea sutiles envidias entre los cofrades o sectarios:  “A mi no me abrazas tanto como a aquella persona.  Esta persona no me hace sentir lo mismo que aquella.  Tu abrazo da más lástima que amor.  Aquellas dos personas se ponen siempre juntas en las reuniones para darse un apretón de espanto cuando llegue el momento de los abrazos”,  etc.  Y no olvidemos los ataques de celos que puede llegar a sentir uno de los miembros de una pareja cuando observa al otro miembro abrazarse, a quien pudiera ser su rival, más efusivamente de cómo mandan los cánones,

En esta especie de competición afectiva, también hay personas que se sienten menospreciadas por la mayoría en el ritual de los abrazos, ―suelen ser las menos agraciadas― mientras que otras personas están muy solicitadas.  También hay líderes, como en toda competición.  Normalmente el liderazgo lo ostentan los propios líderes de la secta, su abrazo es tan anhelado por todos sus seguidores que es frecuente tener que hacer fila para conseguirlo.  Porque siempre se tratará de un abrazo divino, naturalmente.

 


LA DROGADICCIÓN MÍSTICA                      

            A los miembros de las sectas se les suele considerar adictos al fanatismo de su credo particular, enfermos de una de las drogadicciones más perniciosas.  Creencia popular semejante a la que se tiene del consumo de las drogas ilegales, mientras que las legales se consumen sin preocupación e incluso apoyadas por la cultura del pueblo que las acoge.  Situación similar a la que padecen los adictos a los juegos de azar, buscadores enfermizos de la buena suerte, que la sociedad compadece mientras por otro lado les tienta con la publicidad que se hace de los sorteos de loterías oficiales o apuestas deportivas.

            En el mundo de la espiritualidad no es diferente: el consumo de las ofertas sectarias se considera una perniciosa drogadicción, mientras el consumo de las religiones oficiales no.

            Si deseamos realizar un análisis serio sobre la adicción que se puede dar en el mundo del espíritu, hemos de abandonar todo tipo de preferencias culturales.  Cuando se consigue sortear los peligros que tanto abundan por los caminos espirituales, superar la resistencia a evolucionar espiritualmente y el pánico a arrojarse al infinito vacío celestial, la vivencia de lo sagrado implica en la mayoría de las ocasiones un aumento del bienestar.  La paz que se puede llegar a sentir, cuando nos invade la presencia divina, es uno de los mejores analgésicos existentes para contrarrestar los dolorosos trances por los que puede transcurrir nuestra vida.  Cuando la santidad se siente en las venas, por haber entrado en contacto con lo sagrado, una plenitud feliz invade al afortunado que consiguió probar las mieles del cielo.  A partir de ahí, si la suerte se repite, tendremos a una persona adicta a las drogas sagradas, adicta a los regalos de los dioses.

             Los contrastes que experimenta nuestro bienestar influyen de forma muy importante en nuestra vida.  La espiritualidad puede proporcionar tan importantes aportaciones a nuestra felicidad que es muy fácil convertimos en adictos a una vía espiritual si estamos viviendo en ella gozosas experiencias.  Está demostrado que nuestro cerebro sintetiza drogas en nuestros momentos más felices, como por ejemplo durante un orgasmo, de ahí que la mayoría seamos adictos al sexo.  Las endorfinas, opiáceos generados por nuestra glándula pituitaria, nos emborrachan de bienestar cuando la felicidad nos envuelve.  Las diferentes experiencias de lo divino nos pueden embriagar de dicha y engancharnos, son unas de las drogas más fuertes que puede disfrutar o padecer ―según se mire― el ser humano. 

La drogadicción espiritual, como la sexual, no tiene contraindicaciones biológicas; es provocada por drogas que genera nuestro organismo de forma natural, no afecta a nuestra salud sino es para mejorarla.  Sin embargo, como cuando se usan tóxicos, dependiendo de la dosis, existen peligros para nuestra salud o nuestra vida, en este caso peligros psíquicos.  La drogadicción sexual puede convertirse en grave obsesión e impulsar a cometer locuras, y con la drogadicción espiritual puede suceder lo mismo.  Si se llega a un elevado estado de embriaguez frecuentemente, el borracho de dios puede actuar con un notable descontrol y caer en un irracional fanatismo; puede convertirse en un defensor a ultranza de la fuente proveedora de la droga mística, del cártel al que pertenezca; grupo de fanáticos que puede entrar en guerra contra otros cárteles que, como mafias de lo sagrado, quieren imponer por la fuerza su especial polvo blanco en el mercado espiritual.

Las diferencias más notables entre la adicción sexual y la espiritual se basan en el culto, en un caso es una adoración material y en el otro se trata de un culto espiritual.  La desinhibición sexual de nuestra civilización propicia un exceso de fluidos eróticos en muchas personas, que pueden acabar convertidas en fanáticas defensoras del placer sexual, en adoradoras del cuerpo.  El culto al cuerpo está muy extendido hoy en día entre la población occidental.  Sin embargo, el exceso de las bebidas celestiales, propicia el culto al espíritu, a los espíritus o a las deidades, y muy a menudo el menosprecio de la vida.  Recordemos el típico rechazo del cuerpo como algo pecaminoso, los suicidios colectivos ―que estudiaremos más adelante― y las guerras santas, que no cesamos de citar, repletas de kamikazes suicidas.

Cuando las endorfinas las genera el sexo, creemos que los goces provienen de nuestro cuerpo o del cuerpo de la pareja que copula con nosotros.  La felicidad sexual es un goce corporal que puede prescindir de lo espiritual.  Sin embargo, los placeres espirituales parecen no provenir del mundo físico, aunque la drogadicción suceda en el cuerpo.  Y al no tener limitaciones físicas la sensación de su procedencia, los goces espirituales cubren un abanico de matices y de calidades tan amplio que nos va a resultar muy difícil llegar a alcanzar una idea aproximada de todos ellos.  Los diferentes elixires que pueden producirse en cada individuo sumido en el seno de diferentes atmósferas sagradas son infinitos.  Cada gurú, cada ritual, cada secta o cada religión, produce un tipo de elixir sagrado particular en cada individuo, como si de innumerables tipos de drogas se tratara, provocando una gran cantidad de tipos de adicciones.   

Las propiedades analgésicas y relajantes de las drogas generadas por nuestro organismo en las vivencias espirituales son indudables.  Los mártires sin ellas nunca hubieran podido permanecer impasibles, e incluso felices, en las torturas que les tocó vivir; la sedante paz espiritual no falta en cualquier atmósfera sagrada.  Incluso todo parece indicar que también somos capaces de generar alucinógenos en los trances místicos, pues la percepción sufre muy a menudo notables cambios cuando respiramos densas atmósferas sagradas, tan notables como que cada uno de nuestros cinco sentidos físicos puede empezar a percibir “alucinaciones”, como ya vimos en el capítulo sobre las percepciones extrasensoriales. 

 Exceptuando las conexiones con dimensiones del mas allá infernales (pesadillas de todo drogodependiente) y las terroríficas visiones apocalípticas, los contactos con las glorias celestiales siempre son contactos felices, gozosos, llenos de dicha.  El alucinado que alcanza la realidad virtual espiritual en la que cree, el sueño esotérico que le ha tocado en suerte soñar, puede percibir gloriosas visiones celestiales que le llenarán de felicidad; también puede oír otros dulces sonidos diferentes a los escuchados con nuestros oídos ―como ya dijimos en el capítulo sobre la música y la danza―; también puede oler el perfume de los ángeles, y creer que lo está oliendo con sus narices, sin haber olor alguno en el ambiente que le rodea; y gustar las mieles del maná celestial, sentir en su boca una dulce sensación, sin estar gustando pastel alguno; así como también puede sentir sensaciones en su cuerpo venidas de otro mundo, caricias divinas de sublime amor. 

            Entre las más notables diferencias que la drogadicción por endorfinas tiene con la generada por sustancias preparadas, tenemos en primer lugar que todavía no hemos sido capaces de fabricarlas, son drogas que no se pueden ingerir ni inyectar en la sangre, las produce nuestro organismo; y, en segundo lugar, todavía nadie ha conseguido controlar su elaboración en nuestro cuerpo.  Drogas que no se pueden comprar, y no hay forma alguna ―todavía― de asegurarse su abastecimiento de por vida.  Por lo tanto, conviene dejar bien claro que toda persona enganchada a este tipo de adicción tiene asegurado padecer, tarde o temprano, el síndrome de abstinencia, pues no hay forma de asegurarse su abastecimiento de por vida. 

Las investigaciones farmacéuticas, a pesar de no cesar en su empeño por sintetizar endorfinas, no lo han conseguido todavía.  Pero, aunque se consiguiera algún día, me temo que su dosificación y la elección del tipo de droga nunca serían tan adecuadas ni tan naturales como cuando se originan espontáneamente en cada persona.  Todo parece indicar que, en los casos en los que no se alcanza la borrachera, el cerebro de cada individuo genera su propia droga, la adecuada para su organismo, y habitualmente en la cantidad justa para aumentar notablemente su grado de bienestar, y sin contraindicaciones biológicas.

Quien prueba asiduamente las drogas de los cielos se convierte en un drogadicto de la armonía feliz, muy difícil de sustituir con cualquier otro tipo de inyección en nuestro cuerpo.  Por ello, el drogadicto de dios, se convierte en un buscador incansable de los camellos venidos de arriba con la mercancía sagrada alucinógena, y no cesará de buscar a los repartidores de la experiencia mística, a los maestros de los rituales sagrados y de las creencias que harán segregar de su cerebro las sustancias de la felicidad.  Multitud de mediadores aseguran repartir el sagrado polvo blanco de los cielos a diestro y a siniestro, charlatanes en muchos casos que ofrecen lo sagrado mezclado con venenos, sustancias divinas adulteradas con credos enfermizos, toxinas para el alma, creencias de infelicidad. 

Probablemente sean los grandes gurús orientales en la actualidad los mejores proveedores de experiencias divinas, son capaces de sintetizar atmósferas sagradas de una pureza extraordinaria y de hacernos segregar como nadie endorfinas de felicidad.  Lástima que vayan acompañadas habitualmente de tóxicos para la mente, de creencias extrañas e irracionales, del gran fraude espiritual. 

Conseguir que nuestro cerebro sintetice en su estado puro la droga que es capaz de generar la divinidad del hombre, es un empeño todavía no logrado, pues siempre suele ir acompañada de sustancias intelectuales dañinas para la salud mental.  Algo semejante a lo que sucede con la pura droga que es capaz de generar nuestra sexualidad, delicia de placer tan a menudo intoxicada por anormalidades psicológicas.

Uno de mis empeños de estos últimos años de mi vida consiste en intentar generar por mí mismo, en mi organismo, en mi cerebro, las drogas espirituales de la felicidad, sin camellos ni traficantes ni intermediarios que tan caro nos las hacen pagar; es decir, sin dioses ni gurús, sin ningún mediador que especule con lo que es nuestro.  Y sobre todo sin sus doctrinas o creencias impuestas.  Si nosotros creamos a los dioses, y los dioses nos proporcionan las drogas celestiales de la felicidad, resulta evidente que nosotros somos los únicos que deberíamos de tener el control sobre estas drogas.  Las drogas divinas las genera nuestra propia divinidad, nuestro propio organismo, nosotros.

 Más cuando somos creyentes no lo sentimos así, creemos que la felicidad nos viene del cielo, convencidos por la fe.  Una sola vez que hayamos probado los elixires de la divinidad a través de la fe, puede ser suficiente para continuar buscándolos de por vida por los territorios virtuales espirituales. 

Y si se ha vivido durante tiempo borracho de elixires, cuando estos desaparecen, uno puede convertiste en un consumidor de todo tipo de adulteraciones espirituales, padeciendo una penosa situación semejante a la que padece el drogodependiente típico, consumidor de tóxicos perniciosos para su salud por no poder adquirir la droga pura.

Pues conviene saber que la gracia de dios sobreviene muy a menudo como por arte de magia, y desaparece también como por arte de magia.  Cuando perseguimos los goces divinos de los dioses, conviene no olvidar que no tenemos garantizado su abastecimiento.  En toda búsqueda de dios hemos de tener presente que podemos llegar a encontrarlo con la misma facilidad que podemos llegar a perderlo.  La experiencia divina es una de las más escurridizas que puede sentir el ser humano. 

            Si estudiamos las vidas de los santos, observaremos las fluctuaciones del fluir divino en sus vidas y todo lo que sufrían cuando padecían el mono de la ausencia divina.

            Aunque yo no soy un santo, en mi vida he sufrido muy a menudo el síndrome de abstinencia, así como también lo he visto padecer a otras personas compañeras de camino.  No sé como será el mono provocado por la ausencia de continuar inyectándose droga en el caso del drogadicto de tóxicos, pero no creo que sea muy diferente.  Cuando viví la pérdida del amor de Cristo, allá por la juventud, padecí un mono desesperante.  Y durante el resto de los años de mi vida, en mi recorrido por las sectas, esta situación se ha ido repitiendo con sorprendente asiduidad.  Había temporadas que conseguía beber a raudales los elixires sagrados, seguidas de otras temporadas de desasosegada y dolorosa abstinencia.  Y en la actualidad, habiéndome negado a seguir tomando toxinas intelectuales ―dogmas de fe ya inaceptables para mi inteligencia― apenas soy capaz de conseguir generar las drogas de la felicidad espiritual.  Y he de reconocer que la alegría y la paz interior se han reducido notablemente en mi vida, aunque no hasta extremos desesperantes.

            Parece ser que el drogarse, de forma natural o antinatural, es típico del ser humano en su búsqueda de la felicidad.  Si yo nunca me decidí a ingerir sustancias fue porque mi débil organismo apenas aguantaba la ingestión de droga alguna si resentirse demasiado.  Pero las generadas por mi propio cerebro no me provocaban daños físicos, e incluso me sentaban bien, así que me convertí en un en un adicto a ellas, experto en encontrarlas en densas atmósferas sagradas.

            Hoy puedo dar gracias que a mi cerebro no le dio por generar intensamente alucinógenos, a pesar de haber estado inmerso en densas atmósferas sagradas que sumían en profundos trances alucinatorios a otras personas, porque entonces sí que hubiera tenido problemas más serios.  No voy a negar que he tenido sueños esotéricos en suaves trances meditativos, pero siendo consciente en la mayoría de los casos de que eran sueños.  Algo que no siempre resulta fácil, porque todo creyente tiene cierta predisposición a creer que son verdad. 

Podemos dudar de todo lo que vivimos por los caminos espirituales, de lo que creemos por fe aunque no lo veamos, de los paraísos, de los infiernos, de los dioses y de los demonios; pero cuando nos convertimos en videntes y “vemos” las realidades virtuales espirituales, cuesta mucho creer que no son verdad.  Las creencias se han forjado de esta manera, así creamos a los dioses, en borracheras alucinatorias; y creímos que el sagrado vino nos lo daban ellos, los dioses, cuando en realidad se genera en nuestras propias glándulas.  Las bodegas de los divinos vinos están en nosotros, en nuestro cuerpo, por mucho que las creamos ubicadas en los cielos y que los dioses tienen sus llaves.

            Es esencial comprender el fenómeno de la drogadicción mística para entender como se crearon las realidades virtuales espirituales y a los personajes que las pueblan.  Las impresiones extrasensoriales son muy fuertes bajo los efectos de las drogas, (todo drogadicto de alucinógenos sabe lo intensas que pueden llegar a ser las sensaciones o las alucinaciones).  Y si se repiten una y otra vez las mismas sensaciones o la misma videncia, el místico acaba creyendo que su estado proviene de la aparición virtual, creencia que le permitirá de ahora en adelante emborracharse con sólo invocarla mediante algún ritual que le evoque la experiencia extrasensorial. 

Ahora podemos comprender mejor porqué las creencias se defienden con tanto ahínco, pues de la fe depende el suministro de las drogas místicas.  En nuestra mente colectiva debe de estar tan grabado que las poderosas drogas de la felicidad nos llegan del cielo, que, cuando dejamos de creer en dios, lo tenemos muy crudo para acceder a ellas.  No parece haber otra forma de conseguirlas con frecuencia que a través de la fe.  Se echan en falta cuando se decide dar el paso del agnosticismo o del ateísmo, a pesar de las adulteraciones de insanas creencias que contienen, y de lo aleatorio de su abastecimiento.  Sería un gran logro dar con la clave que nos permitiera sintetizar la poderosas drogas místicas sin tóxicos credos.

Pero todavía no lo hemos conseguido.  Una fría estadística actual nos mostraría que lo más frecuente es sentir esporádicamente las vivencias divinas con cierta moderación en el seno de la fe, sin grandes borracheras, en momentos que nos llenan de gozo y que desaparecen tarde o temprano, sin provocar fuertes drogadicciones.  Muchas personas se conforman con eso y aseguran que dios no da para más, que ellos están recibiendo lo máximo del cielo.  Pero si realizamos análisis comparativos en diferentes individuos borrachos de dios, entre aquellos que se drogaron más de lo habitual, observaremos que la divinidad da para mucho más y de infinidad de formas diferentes.  Las drogas divinas que podemos generar nosotros mismos nos pueden otorgar multitud de estados felices.  En unos casos nos pueden dar más fortaleza, en otros más alegría, más paz, más belleza, etc.  Es una lástima que todavía no se conozca método espiritual alguno que nos ofrezca todos los beneficios que es capaz de darnos la nuestra divinidad.  Es obvio que hacen falta más investigadores al respecto, y, sobre todo, hace falta una auténtica revolución espiritual.

 


LA REVOLUCIÓN ESPIRITUAL 

            No creo equivocarme si me atrevo a afirmar que estamos comenzando a vivir, en Occidente, una revolución en nuestra dimensión espiritual semejante a las otras grandes revoluciones que cambiaron en pocas décadas nuestra sociedad.

            La proliferación de sectas en los países libres occidentales, a pesar anunciarse a los cuatro vientos su peligrosidad, es una muestra del inconformismo de una gran parte del pueblo con los poderes religiosos oficiales o con el ateísmo que niega la existencia de todo lo sagrado.  Rebeldía popular que está creando una auténtica revolución en el mundo del espíritu.

            Derrocar a los viejos poderes espirituales es uno de los principales fines de dicha sublevación.  Destronar a los tiranos dioses, que llevan milenios reinando en las almas de los hombres, es una meta revolucionaria que poco a poco se está consiguiendo. 

Pero, como sucedió en otras de nuestras revoluciones, muchos de los dirigentes revolucionarios están cayendo en la tentación de apropiarse de los poderes usurpados, mientras que a sus seguidores los emborrachan con el vino encontrado en las bodegas de los todopoderosos, elixires divinos, drogas celestiales robadas a los dioses. 

Muchos de estos revolucionarios del alma se están convirtiendo en los nuevos tiranos del espíritu, pues, aunque ahora apenas tiranicen a sus seguidores con el látigo del castigo divino, ejercen el control utilizando las drogas divinas, manteniendo enganchados a sus seguidores gracias al consumo de las mieles celestiales cosechadas en los infinitos campos del cielo, goces prohibidos para el pueblo desde hace miles de años.

Así hemos vivido durante años muchos de nosotros esta nueva revolución, borrachos de felicidad, enganchados a la droga diaria, sin vivir un auténtico despertar revolucionario. 

El fin primordial de toda revolución no es el de suplantar a un tirano por otro, sino el de entregar el poder al pueblo, a cada individuo, tal y como lo estamos intentando hacer con la democracia en la dimensión de la política.  Pero para ello es necesario que las personas se crean que eso es posible.  Y si entregar al pueblo el poder político resultaba increíble hace unos siglos, mucho menos creíble resulta en la actualidad entregar al pueblo el poder religioso.  Sin embargo, ese es el propósito final de toda revolución.  Tarde o temprano serán usurpadas las riquezas a los todopoderosos dioses, y el pueblo podrá hacer uso de ellas, sin condiciones y sin necesidad de besarle los pies a nadie por ello.  Pero primero tendremos que comprender que la divinidad no es una exclusividad de los dioses, sino de todo ser humano.  Después podremos aceptar a los auténticos revolucionarios espirituales, capaces de robar la divinidad a los dioses y de entregársela al pueblo, a sus antiguos propietarios; pues, al fin y al cabo, fueron nuestros antepasados quienes se la dieron a los dioses.

            Las revoluciones experimentadas en los niveles cultural, científico, industrial, político y sexual, siguieron en sus principios una pautas liberadoras con ciertas semejanzas a las que estamos viviendo en la actualidad en nuestra dimensión espiritual.  ¿Quién se iba a imaginar hace unos siglos que la sexualidad iba ser disfrutada libremente por cada individuo?  ¿O quién podía sospechar la abundancia y la libertad económica que hoy disfrutamos?  Los viejos temores que vaticinaban el fracaso de nuestras revoluciones hoy nos resultan hasta graciosos.  Nos podemos reír de aquellos vaticinios que nos pronosticaban que toda mujer liberada sexualmente se iba a convertir en una prostituta, al igual que pensábamos que liberar nuestro pensamiento político nos iba a mantener en una guerra constante con quienes no pensaban igual, o que la revolución industrial nos iba a convertir en robots de una sociedad dominada por la tecnología.  Ninguno de aquellos oscuros pronósticos se ha llegado a cumplir, y es de esperar que tampoco se cumplan ninguno de los oscuros pronósticos vaticinados por los detractores de esta nueva revolución humana.  Aunque, bien es cierto, que son de mayor magnitud las oscuras amenazas pronosticadas en la dimensión del espíritu que las que se pronosticaron en las otras revoluciones; pues tengamos en cuenta que no se tratan de amenazas humanas, sino de amenazas divinas cargadas de pronósticos infernales, castigos apocalípticos que caerán sobre los sacrílegos revolucionarios y sobre todo aquel que se atreva a seguirlos. 

            Para que toda revolución progrese es necesario que los ejércitos de revolucionarios superen el miedo a caer en combate.  Ahora bien, en esta revolución espiritual no se trata de superar el miedo a perder el cuerpo, sino superar el miedo a perder el alma, cuestión que nos puede llegar a aterrorizar mucho más de lo que pensamos.  De ahí que, probablemente, necesitemos de más tiempo que el que hemos necesitado para concluir las otras revoluciones.  Y no sólo por los temores que hemos de superar, sino por la enorme envergadura del cambio, pues recordemos que las propiedades divinas, que se pretenderán sean asumidas en un futuro por los individuos, son de carácter infinito, y las personas estamos más acostumbradas a asumir nuestras propias limitaciones que a reconocernos seres de facultades ilimitadas.  

            Más el desánimo nunca hace presa en los revolucionarios.  Hace unas pocas décadas, el disfrute de la actividad sexual era algo prohibitivo, un vicio pecaminoso e insano, una perniciosa adicción y a la vez un placer reservado a unos pocos afortunados; hoy, el disfrute de la sexualidad, es una saludable virtud, y la adicción al placer sexual se considera como algo natural.  La mayoría de los individuos la consideramos algo propio que podemos utilizar libremente. 

Es de esperar que pronto nos suceda lo mismo con nuestra dimensión divina.  En mi opinión, la liberación de la espiritualidad sigue unas pautas semejantes a la liberación sexual: Hoy se considera una perniciosa adicción las asiduas prácticas o rituales destinados a gozar de las dichas espirituales fuera de los contextos tradicionales.  Los perjuicios en torno a las novedades sectarias propician que muchas personas rechacen las nuevas revoluciones espirituales y no lleguen a conocer sus delicias.  Como sucedió con el sexo, los miedos y los tabúes nos impiden disfrutar de una importante dimensión humana. 

Tampoco vamos a olvidar los errores propios que habitualmente se cometen en los inicios de toda revolución, pues al igual que sucedió en los primeros tiempos de las libertades sexuales, la libertad espiritual de nuestros días contiene las típicas torpezas de los principios de una liberación prácticamente recién nacida.  La libertad religiosa ha propiciado la liberación del consumo de diferentes métodos de estimular nuestra espiritualidad.  Pero, como sucedió con el sexo, su consumo se realiza como una ciega drogadicción, atendiendo a los primarios instintos de búsqueda de la felicidad, rompiendo los tabúes a golpe de vivencias, caminando en ocasiones a ciegas, adoptando nuevas ideologías aperturistas pasionales contrarias a las creencias tradicionales; más por estimular una revolución incipiente contra los poderes espirituales establecidos que porque realmente sean unas ideologías equilibradas del alma.

            Estas nuevas ideologías espirituales suelen pecar de fanatismos semejantes a los que padecen las antiguas creencias.  Todas compiten entre sí para intentar llevarse el premio de la razón que apoye su nueva forma de ser feliz.  Mas las explicaciones de los divinos hechos, que se experimentan en su seno, se continúan obteniendo a través de códigos de fe, sin apenas lógica alguna, donde la razón brilla por su ausencia.

 


CON O SIN RAZÓN 

            Uno de los impulsos que más estimulan el crecimiento de nuestros conocimientos es el de la curiosidad por encontrar explicación a todo lo que nos sucede y a todo lo que nos rodea.  Nuestro entendimiento ha ido creciendo a golpe de ir comprendiendo poco a poco lo que nos resultaba incomprensible.  La evolución de las ciencias es el más claro ejemplo de este crecimiento, su ámbito de estudio no cesa de crecer tanto en cantidad como en calidad.  Pero aun existen grandes terrenos inexplorados llenos de misterios, en especial en la dimensión espiritual del hombre.  La psicología es una de las ciencias que más se atreve a sumergirse en esas profundidades, sin encontrar en muchas ocasiones explicación a ciertos fenómenos del alma humana, aunque poco a poco va robándole terreno a los misterios.  Intromisión nunca bien vista por los creyentes, pues de siempre han estado convencidos de que la inteligencia humana nunca será capaz de entender los misterios divinos.

            Tanto es así que al buscador de caminos espirituales se le suele aconsejar que deje en la cuneta su sabiduría si quiere llegar a alguna parte.  Los creyentes saben que para conseguir ciertas metas de elevada santidad es necesario sumergirse en la ignorancia más absoluta, pues nuestro entendimiento estorba más que otra cosa en nuestra ascensión a los cielos más elevados.  Una inteligencia formada para desenvolvernos en este mundo, sirve de muy poco para movernos por el otro.  Las leyes que rigen la materia no funcionan en las dimensiones espirituales.  Y nuestra sabiduría habitual se ha de volver ignorancia si deseamos llegar a conseguir el escondido conocimiento.  Es necesario vaciar de viejos programas y de viejos datos el ordenador de nuestra mente para que los nuevos ocupen su lugar.

Por todo ello, en la mayoría de las sectas, vías espirituales o religiones, se nos dice que en los mundos de dios el raciocinio nos sirve de muy poco, la lógica no funciona como habitualmente la conocemos, y la explicación más usual de los hechos divinos es: “misterio, hijo, misterio”.  Buscarles una explicación es un terrible pecado de soberbia.  La ignorancia siempre será una virtud indispensable para todo aquel que desee progresar en el conocimiento espiritual.  Si no abandonamos nuestra erudición, no dejaremos espacio para que la sabiduría divina deposite en nosotros las migajas del conocimiento sagrado que, como regalo de los dioses, podemos llegar a alcanzar.

Todo esto propicia que los intelectuales no seamos bien vistos en el mundo de las sectas.  Cuando uno está acostumbrado a ir de listo por la vida le resulta muy difícil ir de tonto aunque se lo proponga.  Cuanto mayor sea el saber que uno acumula, mayor esfuerzo habrá de realizar para vaciarse de él.  Esto lo saben los dirigentes sectarios, y por ello exigen más que a nadie al intelectual que se vacíe de su saber antes de enseñarle los conocimientos ocultos.  Para mí siempre resultó muy dura tal exigencia, y creo que nunca la  cumplí del todo.  Para conseguir mi empeño de aprender en las escuelas de lo oculto me convertí en un experto en poner cara de tonto.  En muy poco tiempo terminaba por convencer de que estaba listo para recibir las instrucciones, mi aspecto de ignorante, unido a las ganas que tenía de aprender, convencía a los exigentes maestros.  Así fui acumulando conocimientos sin necesidad de tirar a la basura todo mi saber.  (También he de reconocer que hubo algunos instructores esotéricos a los que no pude engañar, y a los que abandoné, pues me exigían un duro proceso de desprogramación mental que yo no estaba dispuesto a seguir). 

De todas formas, es hasta cierto punto comprensible que se pida el abandono del discurrir al principiante.  Hay que tener en cuenta que los valores espirituales de cada secta, vía espiritual o religión, son diferentes a los habituales.  Si recordamos lo expuesto en el capítulo de “La visión”, cuando comentábamos que la visión del mundo no nos la dan nuestros ojos sino nuestro cerebro, a través del programa cerebral de selección de preferencias, resulta obvio que para entrar en otro mundo sólo es necesario cambiar dicho programa, de esta forma tendremos otra visión del mundo, veremos otro mundo y, por lo tanto, será en el que vivamos.

Cambiar los códigos del programa cerebral no es nada fácil.  Y existe el tan cacareado riesgo de volverse loco, a causa del fuerte cambio intelectual o del exceso de dosis de droga mística que puede desequilíbranos psíquicamente.  Aunque no es frecuente que esto suceda, pues pocas personas pueden respirar grandes dosis de atmósfera sagrada; la mayoría las toman en pequeñas cantidades.

No se puede negar que cambiar los programas de selección de preferencias cerebrales produzca una crisis en el individuo, pero la drogadicción mística, en vez de empeorar la crisis de adaptación a las nuevas creencias, suele incluso ayudar a superarla.  (Algunos estudiantes toman drogas en época de exámenes para ayudarse a realizar el esfuerzo intelectual).  La paz y la armonía de toda atmósfera sagrada son ingredientes clave para concluir con éxito el delicado cambio intelectual.  La drogadicción mística, si se lleva a cabo con cuidada dosificación, ayuda a asentar el nuevo cambio intelectual en vez de perturbarlo.  Este es un proceso que las sectas llevan miles de años experimentando con un alto porcentaje de éxito.

  Existe un miedo exagerado a volverse loco.  El cambio de los programas cerebrales se suele hacer de forma muy estudiada por las escuelas de lo espiritual, y nuestra resistencia a la locura es mayor de lo que habitualmente se cree.  El tipo de locura que se le suele achacar al sectario viene más determinado porque sus hábitos no son los habituales de nuestra sociedad que por un desequilibrio de su mente diferente al de una persona normal.  Al miembro de las sectas típico se le llama loco porque sus locuras no son las mismas que las aceptadas socialmente, pero no porque esté más loco que los que estamos fuera de las sectas.

Cierto es que el cambio del programa de selección de preferencias humano es un proceso que necesita tiempo.  Realizarlo demasiado deprisa puede generar desequilibrios psíquicos.  Por ello las sectas suelen dar “tiempo” a los adeptos para que vayan digiriendo los cambios.  Tengamos en cuenta que las creencias espirituales están muy arraigadas en nuestra mente, son ancestrales creencias que pertenecen al inconsciente colectivo de la sociedad en la que hemos crecido.  Cambiarlas puede llevarnos años, aunque pensemos que no creemos mucho en ellas.

No existe un proceso de cambio típico, cada secta o cada religión, cuando capta nuevos adeptos los adiestra a su manera.  La experiencia religiosa suele ser un factor importante para el cambio de creencia, cuanto mayor sea el goce espiritual que vivan los nuevos seguidores, menor será el poder de convencimiento que habrán de usar los instructores o sacerdotes para seducir al primerizo.  Cuanto más elixires divinos droguen a los adeptos, más alegremente dejarán a un lado su inteligencia para afrontar el nuevo cambio en sus vidas.  Aunque, como venimos diciendo, si tomamos excesiva dosis de droga mística, la locura o el descontrol puede esperarnos a la vuelta de la esquina.

No es fácil delimitar las fronteras de la locura, sobre todo en los caminos espirituales.  Todos sabemos que un pequeño grado de “locuras” a nuestra vida le da cierto aliciente.  Y no por ello perdemos el entendimiento de forma absoluta, pues ―en mi opinión― la razón es algo tan esencial de la mente humana que es necesaria una gran locura para extirparla del todo. 

El proceso del cambio del programa cerebral de selección de preferencias se realiza en un tiempo determinado, y, mientras dura ese proceso, la lógica puede llegar a no funcionar con normalidad, la razón suele entrar en crisis, y nuestra capacidad de discurrir puede permanecer mermada hasta que el nuevo programa cerebral se asiente definitivamente en nuestras neuronas.  Después de que esto se haya completado, nuestra inteligencia, con un nuevo programa de preferencias, volverá funcionar como lo hacía antes, o incluso mejor si el cambio fue positivo.  Pues no vamos a negar que en el sistema cultural occidental existen conceptos religiosos dignos de ser eliminados de los individuos.

Los insistentes consejos que dan en el seno de las sectas para que abandonemos los patrones de lo aprendido, en realidad, la mayoría de las veces, no van destinados a fomentar nuestra ignorancia ni a mermar nuestra capacidad de raciocinio, sino a invitarnos a cambiar las preferencias de nuestra vida.

Sin embargo, esto puede no presentarse tal y como es.  La lógica puede llegar a ser desprestigiada brutalmente, y considerarse nuestra capacidad de raciocinio poco más que un estorbo para la evolución espiritual; lo que es un tremendo contrasentido.  Pues si al principio se le aconseja insistentemente al adepto principiante que abandone toda lógica, después se le incitará para que vuelva a usarla, pero utilizando los valores que ya habrá aprendido de cada secta en particular. 

Las realidades virtuales espirituales no son otra cosa que sistemas lógicos donde las entidades divinas, las fuerzas celestiales y nuestras almas, desarrollan sus actividades.  Son explicaciones virtuales a lo que todavía no sabemos explicarnos de otra manera.  En los universos celestiales todo funciona con lógica, divina, pero lógica al fin y al cabo.  Lo que no tiene explicación se explica por decreto divino.  En estos teatros particulares, de cada religión o secta, se enseña que las razones de dios están muy por encima del razonar del hombre.  Pero el razonar, ya sea divino o humano, nunca se abandona a pesar de que al estudiante se le aconseje no utilizar el raciocinio.  Cuando se desconocen las razones de las actuaciones divinas, se apela a nuestra ignorancia para hacernos reconocer nuestra incapacidad para descubrir las razones que dios tiene para actuar como actúa.  Pero la razón, ya sea conocida o desconocida, siempre reina en los teatros de lo divino.  Por ello, cuando nos aconsejen abandonarla, hemos de recordar que lo único que pretenden es que abandonemos nuestras razones para imponernos las suyas.  (Dejando bien claro que al decir esto no pretendo dar la razón a nadie en particular).

            Una persona que se haya sumergido en diversas creencias espirituales y haya obtenido experiencias religiosas en cada una de ellas ―tal y como es mi caso―, si hace uso de su razón, no podrá dar la razón en particular a ninguna de las creencias en las que depositó su fe durante su vida; sin embargo, reconocerá que cada una de ellas tiene sus razones para sustentar sus creencias, y que resulta necesario reconocer esas razones para obtener los resultados prácticos que otorga la experiencia de lo sagrado, para conseguir la drogadicción mística particular que proporciona cada creencia y cada ritual. 

Es decir, un análisis como el que estamos realizando en este libro, donde intentamos que la razón se imponga a base del discurrir del entendimiento, basándonos en todos los conocimientos que poseemos sobre diversos caminos espirituales, es una forma de razonar inteligente para quien desee obtener un conocimiento intelectual general de estos temas; sin embargo, no es una sabia forma de razonar si deseamos obtener el conocimiento de dios, ya que dios solamente se revela (hasta ahora) a través de las realidades virtuales espirituales, sistemas lógicos de valores esotéricos ―contradictorios entre sí la mayoría de las veces― donde extrañas razones a la lógica, de un conocimiento general intelectual, permiten obtener la vivencia de lo divino.

Mis conocimientos sobre las sectas o religiones no me han permitido hasta ahora alcanzar lo divino sin pasar por las condiciones que cada una de ellas imponen.  (Es de esperar que la revolución espiritual nos permita conseguirlo).  En el capítulo sobre los “intentos unificadores” hablamos de que, por los caminos espirituales, se comentaba que en un futuro se impondrá una religión universal consensuada entre las ya existentes, pero también observamos que si ponemos sobre la mesa todas las condiciones que cada religión o vía espiritual exige para llegar a su dios particular, con la esperanza de que se trate de un dios único, veremos que no hay forma de conseguir vislumbrar un camino consensuado, más aún, si encontramos alguno en el que coinciden varias formas de fe, observaremos con asombro que unas nos aconsejan seguirlo en una dirección para encontrar a dios, mientras otras nos aconsejan que caminemos en dirección contraria. 

No hay forma de poner de acuerdo a esos sistemas lógicos, porque cada uno de ellos posee una lógica aparte, un mundo virtual aparte, muy diferente a los demás.  Y, si hemos de ser fieles a los más elementales principios de la lógica, obtendremos la conclusión de que esos sistemas de lógica espiritual, vistos todos en conjunto, no guardan lógica alguna.  Cuando los estudiamos llegamos a conclusión de que son dioses y mundos inventados, escenarios virtuales donde cada creyente escenifica su papel, para al final de cada función recibir la satisfacción de la experiencia sagrada.  Da la sensación de que lo importante no es cómo esta hecha la realidad virtual de cada religión o secta, sino su capacidad para producir la experiencia sagrada.  Podríamos crear incesantemente mundos virtuales espirituales que nos permitieran obtener la vivencia de lo sagrado, pero siempre tendríamos que abandonar nuestros sistemas de valores conocidos y adoptar los suyos para conseguir vivir las fantásticas vivencias espirituales que proporciona la drogadicción mística.

Por mucho que los intelectuales reivindiquemos nuestro derecho a vivir lo sagrado, como cualquier otro ser humano menos aficionado a meterse en las profundidades mentales en que nosotros nos metemos, todavía no existe método alguno que nos acoja para hacernos llegar a la divinidad tal y como nosotros somos, partidarios de la razón, científica, si es posible. 

 


RELIGIÓN O CIENCIA           

            Las razones científicas y las razones religiosas siempre han estado enfrentadas.  Si exceptuamos el tremendo esfuerzo que Santo Tomás de Aquino hizo ―allá por el siglo doce― por acercar a estas dos razones, bien podríamos decir que siempre estuvieron muy alejadas la una de la otra.  Son lógicas creadas sobre unas bases muy diferentes.  Mientras las ciencias se basan en las observaciones y en las deducciones lógicas obtenidas a través de nuestros cinco sentidos, las religiones se basan en las revelaciones recibidas a través de las percepciones extrasensoriales.

            Como no cesamos de aclarar, es el programa de selección de preferencias de nuestro cerebro quien nos da una visión de una realidad u otra.  Nuestro entendimiento discurre por el sistema lógico que nuestro cerebro nos crea combinando las preferencias que hayamos elegido.  Podemos crear tantos sistemas lógicos y visiones del mundo, de la vida, de la realidad, como combinaciones de preferencias recibidas a través de nuestras percepciones seamos capaces de elaborar.

A pesar de que el hombre no ha dejado nunca de percibir a través de sus cinco sentidos, el tipo de visión que más ha primado en la Humanidad a lo largo de la Historia ha sido la visión religiosa.  La importancia de todo aquello que presumiblemente existe, aparte de lo que percibimos por los sentidos, ha superado con creces a lo que nos entra por los ojos o por los oídos.  Pero, en los últimos siglos de nuestra Historia, las ciencias le han ido comiendo el terreno a la visión religiosa.  La lógica científica, empírica, matemática, basada en las percepciones físicas, ha robado popularidad a las razones de fe religiosas.

Las causas de semejante cambio no son totalmente nuevas, tienen cierta semejanza con la pérdida de poder de algunas creencias a lo largo de la Historia.  En la antigüedad, cuando no se hizo uso de la fuerza bruta, muchos dioses, con sus sofisticadas realidades virtuales espirituales, desaparecieron por el simple hecho de que el pueblo los olvidó, porque las gentes se aburrieron de ellos, o porque sencillamente fueron suplantados, derrocados, por otros dioses más poderosos o más benefactores. 

Yo me atrevería a asegurar que el éxito popular de la visión científica no ha sido propiciado por su elevado grado de realismo sobre las realidades espirituales, sino por su mayor capacidad para realizar milagros y para beneficiar con ellos al pueblo.

  Los seres humanos no solemos elegir un tipo de visión de la vida u otro porque sea el más próximo a la verdad, sino por su grado de efectividad.  La mayoría no prestamos excesiva atención al rigor de los razonamientos, eso queda para los filósofos, nos suele dar igual que los razonamientos sean correctos o incorrectos, lo que realmente nos importa es que tengan resultados prácticos.  Y las ciencias nos han proporcionado milagros de tal magnitud que han superado en mucho a los milagros religiosos; y, como consecuencia de ello, el pensar científico va robándole terreno al pensar religioso.

Las ciencias nos dan una sensación de realismo superior que las religiones a muchos de nosotros por los fabulosos resultados prácticos que obtenemos de ellas; pero, en su esencia, contienen tantas preguntas sin responder como las religiones, o incluso más.  Los grandes misterios científicos son de un tamaño tan grande o más que los de las religiones; con la diferencia que los místicos acostumbran a enseñar los misterios divinos, mientras que las ciencias acostumbran a enseñar lo que han llegado a comprender y a descubrir, y suelen ocultar lo que desconocen.

Lo que más distingue a la realidad científica de la espiritual es su rigor matemático, pero ese rigor no es absoluto, no se extiende por toda la realidad de nuestro mundo, lo hace exclusivamente en ciertas áreas de estudio.  Cada una de las ciencias desarrolla su rigor científico a base de buscar relaciones matemáticas entre diversos materiales de dichas áreas.  Pero, fuera de esas áreas, el misterio rodea a la realidad científica.  La verdad científica es exacta solamente en su territorio, por lo tanto no es una verdad absoluta, es una verdad incompleta.  Su poder matemático reside en las científicas piezas ya descubiertas del gran puzzle de la existencia, pero las ciencias todavía no han rellenado muchos misteriosos huecos de piezas no encontradas.  Vacíos de misterio que muy a menudo bordean amenazantes los territorios científicos, islas descubiertas en un mar de misterios, grandes edificios con cimientos desconocidos. 

La sólida materia, donde descansa nuestro mundo materialista, contiene multitud de matices ignorados para los científicos.  Los terrenos científicos seguros pertenecen a las piezas del gran puzzle de nuestra existencia que ha conseguido reunir cada ciencia, mas sus bordes tocan lo desconocido.  Y cuando nuevas piezas encontradas, por nuevos investigadores, continúan encajando en los ámbitos científicos y ensanchando su extensión, entonces aparecen nuevos bordes que continúan siendo un misterio.  De tal forma que cuanto más ampliamos la superficie del saber del polígono de una ciencia, más ensanchamos el perímetro de su ignorancia. 

Una gran esperanza científica radica en conseguir que las piezas, que ha conseguido reunir cada ciencia, lleguen a tocarse; y aumenten tanto su perímetro de contacto con el resto de las ciencias que lleguen a unirse todas, se rellenen los huecos que todavía quedan vacíos, y nos muestren el mapa completo de toda la realidad (suponiendo que ese mapa fuera esférico).  Pero las ciencias guardan todavía grandes distancias entre sí.  Además de que, para intentar recomponer el puzzle de nuestra realidad, necesitaremos tener al menos una remota idea de la imagen que tenemos que recomponer.

Cuando compramos un puzzle, adquirimos, aparte de las piezas, la imagen que tendremos que recomponer con ellas.  Pero, para recomponer nuestra realidad, no tenemos ninguna imagen que nos dé una visión aproximada de lo que tenemos que componer.  Nos falta el mapa general.  Muy a menudo no sabemos dónde colocar las piezas que nos descubren los nuevos avances científicos. 

En los comienzos de las ciencias, después de cada ¡eureka!, el entusiasmo cegaba a algunos científicos, suponían que lo descubierto era una importante pieza central del puzzle de nuestra realidad.  El paso de los años, y nuevos descubrimientos, iban relegando aquellos deslumbrantes hallazgos a pequeñas piezas del puzzle general.   Hoy en día, el científico es más cauto, y sospecha que el mapa completo de nuestra realidad es mucho más extenso y complejo de lo que antiguamente se pensaba.

Para que el cientificismo venza por completo a la religiosidad es necesario que encuentre el mapa general de nuestra realidad, algo que las religiones, o cualquier creencia esotérica, han proclamado conocer desde el confín de los tiempos.  El descaro de los místicos a la hora de explicar cómo se realizó la creación, y cómo se sustenta, no tiene límites.  En realidad, el descaro es de los dioses que así lo revelaron.  Existen tantos mitos de creación del mundo, del universo y del hombre, como creencias existen.  Cada dios creador nos dice que hizo todo de una manera y lo mantiene vivo a su manera, explicándonos su mapa particular de fuerzas esotéricas que sustentan nuestra realidad, por lo que tenemos tantos mapas de nuestra realidad como dioses creadores existen.

Contrario a lo que se pudiera pensar, las ciencias tampoco se han quedado cortas, a lo largo de la Historia, a la hora de esgrimir argumentos fundamentales sobre nuestra realidad tan gratuitos como los de las diferentes creencias.  En especial, en los inicios de las ciencias, diferentes mapas generales de nuestra realidad fueron defendidos, y más tarde se comprobó que no eran correctos. 

Esta es una de las virtudes de las ciencias, su capacidad para corregir.  La palabra del científico no se parece en nada a la palabra de dios.  El científico reconoce que se puede equivocar, dios no.  La prepotencia divina, peculiar de los dioses, propicia que el creyente esté orgulloso de ellos; así como también propicia su ocaso, pues a medida que las ciencias van descubriendo la realidad, descubren a su vez la mentira y el engaño de los dioses.  Algo que siempre ha mantenido en pie de guerra a estos dos grades adversarios.

Durante muchos siglos las religiones dominaron sobre las ciencias, y, después, especialmente en el mundo occidental, fueron las ciencias quienes dominaron sobre las religiones.  Hace unos cuantos siglos ser científico podía suponer acabar en la hoguera, la investigación científica era un grave sacrilegio, el hombre no debía de atreverse estudiar la creación divina y poner en duda lo que dios había revelado a los hombres.   Mas tarde, las perseguidas ciencias alcanzaron el poder y arremetieron contra las religiones.  Su venganza fue terrible.  En muchos países, apoyadas por el ateísmo, las ciencias arrinconaron a las religiones a pequeños reductos del ser humano.  Negaron la existencia del dios que llevaba siglos reinando en nuestra civilización.  Borraron del mapa científico al  todopoderoso dios cristiano, creador de todas las cosas.  Científicamente, dios no aparecía por ningún lado, por lo tanto no existía.  En sus comienzos, las ciencias fueron estudiadas por una mayoría de individuos no creyentes que utilizaban a menudo sus descubrimientos para apoyar el ateísmo y atacar así a las religiones.  Se llegó a creer que la victoria sobre la religión fue total, pero no fue así.  Dieron por muerto a un enemigo al que todavía le quedaba mucha vida.  Las creencias espirituales se atrincheraron en lo más profundo del ser humano, allí donde las ciencias no llegaban.  Y hoy en día podemos observar como resurgen con fuerzas renovadas tanto en las religiones tradicionales como en las sectas.

Las ciencias celebraron demasiado a la ligera su victoria.  Tan a la ligera que como se descuiden un poco pueden volver a ser derrotadas.  La enorme proliferación de sectas y de creencias esotéricas en nuestra sociedad es señal de que nos espera una nueva ofensiva de creencias.  En mi opinión esto ha sido debido a que los argumentos que la ciencia utilizó para atacar a la religión eran muy poco científicos.  Estaban impulsados más por la venganza que por el riguroso minucioso estudio que debe de preceder a toda sentencia científica.  Por ello urge iniciar un minucioso y profundo estudio del fenómeno religioso, al estilo científico, si queremos ver reforzada la razonable sabiduría del hombre y evitar regresar al oscuro pasado de las ciegas creencias.  Nosotros lo estamos intentando en este libro. 

Podemos aprovechar estos tiempos de pacifismo y de libertades en las sociedades occidentales, donde, por ahora, la convivencia pacífica entre estos dos grandes enemigos es prácticamente obligada.  Ya nadie puede cortarle la cabeza a nadie porque crea en la ciencia o en la religión, las disputas se llevan a cabo intelectualmente, como lo hacen los políticos, en debates, que aunque puedan ser virulentos, también pueden ser fructíferos.  El ateísmo científico ha llegado a reconocer que puede matar a dios, pero no puede matar la necesidad de divinidad que tiene el hombre; y las religiones reconocen que sus muchas verdades reveladas no son tan verdades.  Incluso la persona religiosa que quiere maravillarse de la sabiduría divina en los descubrimientos científicos puede hacerlo, y la persona no creyente que desee estudiar el fenómeno religioso sin ver a dios por ninguna parte, también puede hacerlo.  En nuestra sociedad occidental, las ciencias y las religiones conviven pacíficamente, aunque continúen siendo viejos oponentes y de vez en cuando se enseñen los dientes.

En los tiempos actuales, el pensamiento científico ya es patrimonio cultural del individuo medio, es parte de nuestra mente y de nuestra forma de pensar.  A todos se nos enseña en las escuelas el método científico. Y, por otro lado, el viejo impulso religioso continua vigente en muchas personas, al que hay que sumar las nuevas tendencias espirituales o esotéricas.  La religiosidad y la mentalidad científica han de convivir unidas queramos o no.  Incluso se sospecha que puedan llegar a integrarse en un abrazo tan furibundos enemigos.  Yo no oculto que albergo tal esperanza (en la ciencia ficción ya está sucediendo).  Por mucho que se pronostique su imposibilidad y peligrosidad, intentar evitarlo sería retrasar lo que tarde o temprano tiene que ocurrir.  La proliferación de sectas, en un mundo en el que reina el materialismo científico, es un síntoma de tal acercamiento.  Y, a un nivel individual, muchas personas ―en las que me incluyo― viven en su interior este viejo conflicto entre religión y ciencia.  Educado su intelecto para ser razonablemente científico, se han visto inmersas en una densa religiosidad, teniendo que soportar una dualidad en su interior tan en conflicto que muy a menudo han tenido que elegir a una tendencia y desechar la otra.

Las ciencias, con su tremenda capacidad para realizar portentos, no son capaces de llenar la dimensión espiritual humana.  Algo que es totalmente lógico, porque el sistema científico es materialista y todavía no alcanza al espíritu.  La psicología es la única ciencia que se atreve a inmiscuirse en las dimensiones espirituales.  Es éste un interesante punto de encuentro entre la ciencia y la espiritualidad.  Espero algún día cobre unas dimensiones mucho más importantes que las que ahora tiene. 

Hasta ahora las ciencias no han sido capaces de saciar la sed de espiritualidad que muchos seres humanos sentimos.  Todos aquellos que hemos decidido saciar la sed de nuestra alma, y somos admiradores del rigor científico, hemos tenido que soportar la irracionalidad de los diferentes caminos espirituales, hemos tenido que creer a ciegas para conseguir un poco de agua celestial.  Muchas personas han decidido abandonar el rigor científico y sumergirse en la sin razón de las realidades virtuales espirituales, mientras otros, como en mi caso, continuamos negándonos a abandonar la lógica científica, a pesar de su incapacidad para hacernos felices, y así nos mantenemos en el viejo conflicto en la espera de algún día resolverlo. 

Yo apuesto por la fusión de estos dos grandes sistemas de pensamiento, aunque nos lleve siglos; pues es algo que ya ha comenzado, las sectas tienen cantidad de adeptos con rigurosa educación científica, y aunque a menudo su ciencia sea derrotada por la creencia o viceversa, es inevitable que tarde o temprano se vayan fundiendo.  Este libro es un intento de aproximación entre ciencia y fe, de hacer razonable lo irrazonable, de reconciliar la fe con el intelecto, dentro de mis limitadas posibilidades intelectuales, naturalmente.  No me puedo considerar una eminencia intelectual cuando me he pasado media vida andando por caminos espirituales que me exigían dejar mi inteligencia en la cuneta.

No puedo disimular que sueño con que algún día encontremos un método científico que nos permita vivir nuestra divinidad.  Me resisto a aceptar la imposibilidad de vivir la esencia sagrada sin abandonar la inteligencia; aunque, hasta ahora, todo aquel que no abandona su razón y su lógica apenas vive lo sagrado en una excelsa plenitud religiosa.  Esperemos que una revolución espiritual consiga otorgarnos a los intelectuales la experiencia de lo divino sin necesidad de abandonar nuestra adicción a hacer discurrir nuestro entendimiento.


 

CIENCIA-FICCIÓN Y EXTRATERRESTRES

 

            A pesar de que la fusión entre ciencia y religiosidad todavía no sea posible en la realidad, en el mundo de la fantasía ―donde todo es posible― las rigurosas ciencias pueden llegar a unirse con nuestras inquietudes espirituales.  En la ciencia-ficción podemos imaginar grandes ilusiones científicas, deseadas o temidas, a la vez que soñamos con grandes esperanzas espirituales.  Las obras de ciencia-ficción que alcanzaron un mayor éxito fueron las que mejor escenificaron nuestras inquietudes interiores.  En un principio fue el miedo a la tecnología, o al mal uso de ella, lo que llenó las páginas de las obras de ciencia-ficción; pero después fue ganando terreno la victoria de los valores humanos al mando de sofisticadas tecnologías de futuro.  La ilusión del poder del hombre sobre la máquina, del alma sobre la materia, y la subordinación de la tecnología al servicio de los más altos valores humanos, son sueños que nos permitimos hoy en día gozar en la ciencia-ficción.

Esta nueva cultura científico-espiritual ha venido a llenar el hueco, en la dimensión espiritual, en muchas de aquellas personas que abandonaron la religiosidad tradicional.  Gran parte del pueblo ya no mira los designios de los profetas para prever el futuro de la Humanidad, ahora es la ciencia-ficción quien muestra el destino del mundo en sus diferentes versiones sobre el futuro, innumerables hipótesis fantásticas basadas en probabilidades de acontecimientos científicos y espirituales.

            La fantasía de la ciencia-ficción ha venido a sustituir en gran parte de la población a la fantasía religiosa.  El hombre moderno es un gran consumidor de ciencia-ficción, ya sea en la literatura o en la cinematografía.  El enorme progreso científico de las últimas décadas, y su gran influencia sobre nuestras vidas, ha conseguido que se mire a la ciencia como un importante motor de cambios futuros.  La inmovilidad de las tradicionales fuerzas religiosas, místicas o esotéricas, apenas puede competir con el imparable crecimiento tecnológico.  Esto puede dar a entender que se está imponiendo un brutal materialismo científico en la sociedad actual, pero, en mi opinión, nada más lejos de la realidad.  Aunque nos lleguemos a sentir muy modernos porque hemos dejado en la cuneta a las viejas religiones, y nos creamos muy alejados ya de ellas, en su esencia se están volviendo a recrear precisamente en ilusiones de ciencia-ficción.

            Si en este estudio estamos llegando a la conclusión de que las realidades virtuales espirituales, donde se asientan las religiones, han sido creadas por nuestros impulsos internos; cuando abandonamos una vieja religión, sin ni siquiera haber reconocido los impulsos internos que la crearon, lo único que conseguiremos, con toda probabilidad, es volver a crear otra nueva muy parecida a la vieja.

            Mientras no alcancemos un profundo conocimiento de nuestra totalidad, todo parece indicar que lo más desconocido de nuestro inconsciente continuará creando realidades virtuales espirituales.  El ateísmo científico que pareció iba a reinar en nuestro mundo no cesa de perder poder.  La mente humana es capaz de crear esperanzas espirituales aun partiendo de la fría realidad científica.  En las extensas lagunas de misterio de las ciencias, la mente espiritual es capaz de anidar e incubar geniales creaciones de realidades virtuales espirituales.

            La mayoría de los dioses y de las religiones dieron respuestas a las grandes preguntas que siempre se ha hecho el ser humano.  La aparición de dioses creadores nos respondió a la pregunta de quién o qué hizo el mundo y el universo.  Pero cuando las teorías evolucionistas empezaron a demostrar que todo lo que nos rodea no fue creado por ninguna mano divina, la religiosidad tuvo que buscarse nuevos argumentos para seguir creyendo en la  función creadora de sus dioses. 

Las ciencias no han cesado de minar la fe del creyente en los últimos siglos.  Pero el espíritu religioso es capaz de realizar portentosas creaciones aun en los ámbitos que le son más hostiles.  Si bien es cierto que las ciencias minaron con su rigor matemático la credibilidad en las viejas religiones, estas mismas ciencias han creado terrenos donde se están asentando grandes circos del ilusionismo religioso. 

El sencillo cálculo de probabilidades astronómicas que nos muestra la gran cantidad de planetas semejante al nuestro, que puede haber en el universo, nos convence de que puede existir vida en otros planetas; en unos en un estado primario, y en otros en un estado evolutivo superior al nuestro. 

Este sencillo cálculo le ha dado a nuestra mente religiosa una oportunidad extraordinaria para crear realidades virtuales espirituales.  Igual que dios se generó en el pensamiento de que es imposible que todo lo existente se haya hecho solo, estas nuevas creencias se justifican en el hecho de que es imposible que estemos solos en el universo.  Nuestra capacidad creadora de fantasías virtuales tiene ahora en el universo sobrados ingredientes para realizar sus creaciones.  Son millones y millones de mundos habitados los que puede haber en el universo.  Cualquier creación de un mundo virtual puede caber en tan amplias expectativas.  Toda forma extraterrestre puede resultar creíble, nuestra imaginación ha encontrado un filón sin fin, se pueden crear tantos mundos virtuales extraterrestres como se desee. 

El fenómeno ovni, como toda realidad virtual espiritual, ha sido creado por nuestros impulsos más profundos.  Y cuando esas pulsaciones psicológicas o espirituales cambian, si no se sellan las creencias con férreos dogmas de fe, también cambiarán las características de la realidad virtual espiritual en la que se crea.  Después de la segunda guerra mundial, cuando el terror todavía imperaba en la mente de las gentes, los extraterrestres eran terroríficos; moldeados por ese impulso interno dominante, venían a invadirnos, a destruir nuestro mundo.  La visión de los extraterrestres era espantosa, tanto como el espanto que nos dejó en las venas la gran contienda bélica.  Pero cuando el miedo fue desapareciendo a lo largo de décadas de paz, también fue desapareciendo el miedo a los extraterrestres, que acabaron siendo tan feos como siempre pero mucho más bondadosos.  Incluso decididos a enseñarnos a evolucionar espiritualmente, profundo anhelo de nuestro espíritu, también escenificado en la realidad virtual espiritual ovni.

Resulta sorprendente que haya sido la ciencia, vieja enemiga de la religiosidad, quien haya plantado la semilla de la última gran religión universal en Occidente.

            Los estudiosos del fenómeno religioso tienen una oportunidad extraordinaria en la actualidad, en pocos años pueden observar como de la nada surge una religión que se está extendiendo por toda nuestra civilización.  Es la realidad virtual espiritual más joven de nuestro tiempo.  Estudiándola podremos comprender cómo surgieron otras realidades virtuales espirituales que gobernaron en amplias zonas del mundo en otras épocas.  La realidad del fenómeno ovni es semejante a la realidad del demonio o de los ángeles, de los seres de la mitología griega o egipcia, de los entes del espiritismo o de los innumerables dioses de la magia negra.  Y para quienes duden que estamos estudiando un fenómeno religioso, baste observar la gran cantidad de puntos en común que el fenómeno ovni tiene con el resto de religiones.

Toda religión se considera el ombligo del mundo, y el creyente en ella la ve eterna y origen de todas las cosas; y en las creencias extraterrestres no iba a ser menos.  Sus seguidores consideran que las demás religiones no fueron sino desviaciones de la verdad extraterrestre:  Todos los fenómenos paranormales de las otras religiones no fueron sino provocados por extraterrestres, los ángeles son extraterrestres, la estrella de Belén fue una nave extraterrestre, el profeta Elías se fue de este mundo en una nave extraterrestre, todos los dioses mitológicos son extraterrestres, y los adornos de los antiguos sumos sacerdotes y de sus dioses no son otra cosa que sofisticados artilugios extraterrestres de tecnología muy avanzada, incluso los sofisticados trajes de los mayas no dejan lugar a dudas de que son trajes espaciales extraterrestres. Y así seguiríamos dando ejemplos de la enorme capacidad de absorción que cada nueva religión tiene para absorber a las demás, para demostrarse a su modo que el pasado histórico de la Humanidad fue originado en su realidad virtual, en este caso extraterrestre.

El fenómeno ovni ya se ha convertido en un fenómeno religioso de lo más normal.  Incluso su grado de desarrollo es ya tan elevado que ha empezado su proceso de división.  Sabemos que las realidades virtuales espirituales, con sus dioses y demonios incluidos, nacen, crecen, se reproducen y acaban muriendo.  Las creencias extraterrestres hace años que llegaron a ser adultas y ya han iniciado su proceso reproductor diversificándose en varias vías espirituales.  Los videntes cósmicos no cesan de descubrir nuevos mundos y nuevos personajes extraterrestres que se dignan a ofrecer sus consejos a los ignorantes humanos y a convencernos de su indispensable participación en la vida del universo.  Por lo tanto, no estamos hablando de una sola religión, son más bien una amalgama de religiones con una misma base.  Como sucede en el cristianismo o en el budismo, el fenómeno ovni es la base para multitud de creencias.  Bajo bandera extraterrestre existen multitud de religiones según el planeta con el que se mantienen contactos o el gran gurú extraterrestre que le ha tocado en suerte dirigir la vida de sus adeptos, infelices mortales terrestres.  Multitud de sectas se crean en torno a diferentes mundos extraterrestres, las enseñanzas de más allá de las estrellas pueden ser tan variadas como planetas con vidas más evolucionadas que la nuestra creamos que hay en el universo.  Y, como no tuvimos dificultad en comunicarnos con los cielos para crear las religiones, ahora tampoco tenemos ahora dificultad para comunicarnos con las más alejadas galaxias.

El fenómeno ovni se sustenta en los mismos fundamentos o percepciones paranormales que lo hacen las religiones.  La única diferencia notable que se puede observar es que muchas de las viejas religiones son creencias en hechos sucedidos en el pasado, y el fenómeno ovni es algo que está sucediendo ahora; pero, si observamos el origen de esas religiones, veremos que los hechos o vivencias que sucedieron en el pasado son muy semejantes a lo que está sucediendo en la actualidad en torno al fenómeno ovni. 

Nuestros intelectuales ni siquiera son conscientes en muchos casos de lo que está sucediendo en torno al fenómeno ovni.  Nuestra ignorancia en torno a las pautas evolutivas del fenómeno religioso es enorme: siglos y siglos de culturas impuestas por intereses de religiones en el poder nos ha impedido ser objetivos a la hora estudiar aquello que lleva miles de años gobernando sobre nosotros.  Estamos indefensos ante las sorprendentes evoluciones de la mente humana, religiosa en este caso.

La fascinante novedad del tema extraterrestre ha atraído a multitud de personas, en especial a los jóvenes, sedientos de frescas creencias revolucionarias.  Pocos son conscientes de que esta nueva revolución cultural, supuestamente venida de las estrellas, no viene de más allá de nuestra propia mente.  Las señales y las pruebas de la existencia del fenómeno ovni, no son mayores que las pruebas y señales que en los cielos se observaron en el pasado venidas de otras realidades virtuales espirituales, de lo que nos quedó abundante constancia en las diferentes historias sagradas.  Los llamados avistamientos, no son diferentes a las apariciones divinas, de ángeles o de santos, o de la multitud de dioses o seres mitológicos; la única diferencia es que ahora se aparecen en platillos volantes.  Los contactos con las apariciones son tan viejos como el mundo.  Incluso las aducciones fue algo típico en aquellos santos que fueron elevados a los cielos para después ser traídos de regreso a la tierra.  Y no hablemos del morbo de los extraterrestres, cuando deciden copular con nuestras mujeres terrícolas; las copulas de seres celestiales o infernales con humanos también han sido siempre frecuentes en el pasado, y todavía se producen casos en nuestro tiempo.

Como podemos ver, del seno de la ciencia-ficción puede emerger modernas religiones muy semejantes a las antiguas.  Si no deseamos caer en la religiosidad y disfrutar de la ciencia-ficción, es necesario afinar el entendimiento para discernir cuándo estamos hablando de una religión o de una creación fantasiosa literaria.  La línea entre ambas es apenas imperceptible, podemos cruzarla sin darnos cuenta y meternos en una religión sin desearlo. 

Para que esto no suceda primero es necesario comprender por qué la ciencia-ficción es terreno abonado para que de ella broten nuevas religiones.  La principal circunstancia que utiliza la mente humana para crear realidades virtuales espirituales es la creencia popular de que cierta fantasía pueda tener visos de realidad.  Cuando esto sucede en una cultura ya está plantada la principal semilla para que brote una realidad virtual espiritual.  Y, en nuestra cultura, la ciencia-ficción es una fantasía a la que muy a menudo se le atribuyen ciertos visos de realidad gracias a los ingredientes científicos que sazonan estas modernas creaciones literarias.  Las verdades científicas son utilizadas descaradamente para dar realismo a una ficción.  Para evitar que la mente humana siga creando realidades virtuales espirituales es necesario separar la ficción de la realidad, dos conceptos irreconciliables que siempre ha gustado mezclar a los creadores de fantasías literarias para dar una cierta categoría de realismo a sus obras.  Cualquier caprichosa mezcla de realidad con la ficción a un nivel popular conlleva el peligro de convertirse en una realidad virtual espiritual, en una creencia. 

Y el concepto de ciencia-ficción ya nos anuncia descaradamente la unión de la realidad, científica en este caso, con la fantasía.  Algo que a poco que nos paremos a pensar es insostenible, imposible de conseguir; porque, si una obra literaria es de ficción, no puede ser científica; y, si es científica, no puede ser una fantasía.  La ciencia es todo lo opuesto a la fantasía, por lo tanto, una obra de ciencia-ficción es una pura fantasía; en la ciencia no cabe la ficción.  En cuanto la fantasía penetra en la ciencia, ésta deja de ser ciencia.  La justificación de llamar a estas creaciones literarias con un título tan contradictorio, supongo que vendrá porque muchas de ellas están basadas en las expectativas de futuro que nos pueden deparar las investigaciones científicas.  Pero aun así hemos de tener claro que siempre se tratará de ficciones de futuro.  Vamos a dejar a la ciencia en el lugar que le corresponde y a la fantasía donde ha estado siempre.  No es honesto utilizar la ciencia para dar seriedad a una obra de fantasía, ni para intentar dar realismo a las fantásticas realidades virtuales espirituales.

El hecho de que sea imposible una alta culturización popular científica, debido a tremendo esfuerzo intelectual que ello supondría a la mayoría de las gentes, propicia que la mayoría de las personas sean incapaces de distinguir la ciencia de la ficción.  Esto lo saben los dirigentes de las sectas, y lo aprovechan siempre que pueden.  No es infrecuente encontrarnos en sus folletos explicativos, o en sus discursos, aquellos argumentos científicos con los que pretenden reforzar sus doctrinas y darles cierto apoyo racional a sus  irracionales creencias.

Los científicos que se pasan media vida investigando, devanándose los sesos en los laboratorios, no salen de su asombro cuando, después de publicar sus últimos descubrimientos, al poco tiempo les llega la noticia de que su trabajo está siendo utilizado para reforzar ―sin justificación científica alguna― las más extrañas creencias esotéricas.

Esto no es jugar limpio, es otra de las facetas que puede adoptar el gran fraude espiritual.  Es una descarada forma de aprovecharse de la ignorancia científica del pueblo.  Es aconsejable desconfiar de los argumentos científicos con los que se pretende reforzar las creencias.  Cuando la ciencia entre en una creencia, está dejará de ser una doctrina, se convertirá en una ciencia conducida por científicos, y dejará de ser una fe encauzada por predicadores.

Resumiendo: cuando observemos que se intentan mezclar a las ciencias con las creencias, con los fenómenos esotéricos ―incluidos los ovnis―, o con cualquier tipo de ficción, es conveniente reconocer que ese tipo de mezclas no se pueden dar nunca, por lo que es recomendable desecharlas, o sencillamente considerarlas lo que son: fantasías, creaciones de nuestra mente fantástica. 

Y al decir esto no quiero quitar importancia a capacidad de disfrutar de la fantasía que tenemos los seres humanos.  No hay por qué avergonzarse de fantasear, nuestra imaginación puede realizar creaciones extraordinarias, los misterios de nuestro mundo dan todavía para muchas fantasías; lo que es inadmisible es considerarlas reales o pretender convertirlas en ciencia.  Podemos incluso disfrutar de ellas, siempre sabiendo que se trata de ficciones.  Cuando hemos comprendido que nunca pueden unirse la ficción con la ciencia, podemos disfrutar de ambas sin graves equívocos. 

Las fantasías nos permiten obtener vivencias imposibles de conseguir de otra manera.  La imaginación del hombre puede crear mundos fabulosos con los que podemos soñar, la ficción nos puede hacer gozar de dimensiones ocultas en nuestro interior; no veo por qué no podemos disfrutar de ello siempre que sepamos que se trata de una fantasía.  La gran mentira de las fantásticas realidades virtuales espirituales es que se presentan como reales, si los creyentes en ellas las viesen como fantasías de la mente humana no esconderían los graves peligros de fanatismo que esconden.  En toda fantasía se pueden mostrar el bien y el mal humano, los impulsos creadores y destructores del hombre.  En la ficción podemos observar nuestros impulsos más ancestrales e incluso vivirlos sin temor cuando somos conscientes que los estamos evocando utilizando la imaginación.

Los grandes éxitos literarios y cinematográficos de ciencia-ficción o de cualquier otro tipo de fantasía han sido aquellos que mejor nos mostraron nuestros grandes temores y esperanzas.  En este capítulo estamos denunciado el peligro y el engaño que en el mundo de las sectas podemos padecer respecto a la ciencia-ficción, y en especial respecto al fenómeno ovni.  Pero la mayoría de las personas sabemos que cuando estamos contemplando una película de ciencia-ficción estamos viendo una fantasía.  La mayoría de los espectadores de E.T. o de la Guerra de las galaxias sabíamos que se trataban de fantasías.  Aunque podamos observar a extraterrestres genialmente escenificados en la pantalla, no creemos que existan, sabemos que se trata de ficción.  Lo que no nos impide vivir los sentimientos que nos evocan, emociones que surgen de nuestras profundidades. 

La trama principal de los grandes éxitos de ficción gira en torno a la lucha entre el bien y el mal que padecemos los humanos desde nuestros orígenes.  En toda realidad virtual espiritual también esta ancestral lucha se escenifica, con la diferencia de que los creyentes creen que los actores que la representan son reales. 

Los millones de espectadores de la Guerra de las galaxias pudimos sentir vibrar nuestras propias pulsaciones internas, sin necesidad de creer que los personajes de la película eran reales.  La fantasía fue capaz de hacernos sentir a muchos de nosotros, miembros de una civilización tan fervorosa del todopoderoso dios, que éramos capaces de sentir como nuestro el poder de una fuerza divina sin dios alguno de por medio.  Pudimos soñar vencer al mal sin ayuda de ningún dios.  Fue un paso para empezar a asumir que la divinidad que proyectamos en los dioses es nuestra.  Aquella trilogía cinematográfica también nos enseñó que podríamos seguir el camino del reverso de la fuerza, y vivir en sintonía con un poderoso mal sin demonios de por medio.  Fue otro paso para empezar a asumir que el mal que proyectamos en los demonios también es nuestro.

Vamos a soñar despiertos, evocando el gozoso final de aquellas obras de fantasía en las que el mal vence al bien, mientras continuamos caminando en nuestro paseo por el interior de las sectas, penetrando poco a poco en nuestro lado oscuro.  ¡Que la fuerza nos acompañe!

 


LAS INICIACIONES

             Sin riesgo a equivocarnos, podríamos decir que las iniciaciones son los rituales más importantes del mundo de las sectas.  En ellos se condensa lo más exquisito y poderoso de la atmósfera sagrada que los dirigentes, los grupos o las religiones, son capaces de generar.  Habitualmente provoca en el acólito un impacto emocional causado por algún tipo de percepción extrasensorial, aunque en muchos casos se llegan a realizar rituales de iniciación que son meros formalismos sin apenas vivencias extraordinarias.  Lo más habitual es que en tan importantes rituales se provoque la videncia gracias a la borrachera mística, y se inicie al discípulo en la maestría de contactar con las realidades virtuales espirituales ―en las que se crea― y en sus personajes.

Las iniciaciones son tan viejas como el mundo.  En las tribus son los rituales de iniciación los que marcan las diferencias entre sus miembros.  Es a través de un ritual cómo el niño se convierte en hombre, y cómo el hombre se convierte en cazador o en guerrero.  Hasta que nuestra civilización no separó el sexo y la violencia de lo sagrado, nuestros antiguos ―y en actuales tribus sin civilizar― incluían en sus iniciaciones religiosas tanto a la sexualidad como a la violencia, dos importantes pulsaciones en todo ser vivo, en las que los seres humanos podemos ser iniciados.  Aunque, si no tenemos maestros que nos inicien en esas lides, nosotros solitos nos iniciamos de todas maneras.  Nuestras primeras vivencias sexuales ―por ejemplo― marcan nuestras preferencias en la búsqueda del placer.  Y las iniciaciones espirituales marcan el futuro por donde vamos a caminar espiritualmente en la vida.  Esto nos puede dar una idea de la importancia de las iniciaciones en la vida espiritual del hombre.  Una fantasía sexual vivida en los inicios del despertar de la sexualidad, será una fantasía que nos proporcionará una intensa vivencia durante toda nuestra vida.  Y una fantasía espiritual, como puede ser sentir la presencia de un dios y su realidad virtual particular, vivida en los inicios del despertar de la conciencia a la divinidad, será una fantasía que nos proporcionará vivencias espirituales de por vida.

            Para que nos hagamos una idea de la importancia de las iniciaciones y del elevado grado de adicción que generan, no tenemos nada más que observar