ABRAZOS,
BESOS Y CARICIAS
El fluir de lo sagrado es un tipo de energía creativa que puede ser
utilizada para conseguir aquello que se desea.
La satisfacción de los deseos es uno de los mayores beneficios que de él
se esperan. La persona religiosa,
sabiendo esto, implora a los cielos en sus oraciones aquello que anhela.
La grandeza, el poder y la infinitud, experimentados en torno a los
dioses, propician la sensación de que no existen dificultades para conseguir
satisfacer nuestros deseos más insospechados.
Y en ocasiones estos deseos se consiguen, el poder de la fe unido al
poder de dios parece no tener límites. Si
revisamos la Historia veremos que del seno de la espiritualidad han emergido
toda una serie de sorprendentes fenómenos que cambiaron el curso de la
Historia. Las guerras santas son un
claro ejemplo ―y lamentable― de la utilización de la creatividad
sagrada al servicio de los deseos, violentos y conquistadores en este caso.
Los profesionales de la espiritualidad, sabiendo la mala fama que les ha
aportado la violenta utilización en el pasado del elixir sagrado, en la
actualidad se están esmerando en mejorar su imagen, acomodándola a los nuevos
aires pacifistas, y nos están proponiendo atractivos cambios en la utilización
de lo divino. Ahora, además de
poder cantar y bailar con los dioses, en éxtasis amorosos, envueltos por ese
amor, también podemos amarnos entre nosotros.
Un gran porcentaje de religiones y de sectas parece que se han puesto de
acuerdo en conseguir tan anhelado y difícil propósito.
En las congregaciones de los rituales religiosos se está poniendo de
moda darse la mano, abrazarse, besarse, e incluso acariciarse.
Todo dirigido a manifestar físicamente el perseguido y tan pocas veces
conseguido amor al prójimo.
Estas manifestaciones de amor y de cariño están produciendo un impacto
entre quienes las experimentan. No
estamos acostumbrados a semejantes muestras afectivas excepto con nuestros más
allegados. Y, en ocasiones, ni con
nuestros parientes más próximos las vivimos.
Por ello resulta impresionante, para la persona común, vivir esas
manifestaciones de cariño con personas que no pertenecen a su entorno familiar
o de amigos.
La
primera deducción lógica que se obtiene al vivir esas muestras de afectividad,
con personas prácticamente desconocidas, es el convencimiento de que en esa
religión, o comunidad sectaria, se está viviendo un auténtico amor fraterno.
La personas con carencias emocionales se sienten muy atraídas por tanta
efusión amorosa, esperando que van a encontrarse en un entorno de amor y de
comprensión; pero muy a menudo acaban desengañadas.
En las reuniones en hermandad, donde se experimenta lo sagrado, todas
esas muestras de afectividad surgen sin apenas dificultad entre personas
embriagadas por las benditas cualidades de lo divino.
Pero, cuando pasa la borrachera y todo vuelve a su estado normal, el
desengaño suele hacer acto de presencia. Cierto
es que existen comunidades donde sus miembros se unen como una piña, viven en
comunas, y son los unos para los otros como auténticos hermanos, (aunque pocos
se libran de las peleas entre ellos que cuestionan su fraternidad).
Pero en la mayoría de comunidades no sucede así, sus miembros se reúnen
unas pocas veces durante la semana, y los efusivos gestos amorosos no
transcienden más allá de sus reuniones. Aquellos
caminantes de lo esotérico novatos, que creían en la existencia de un amor
fraterno real, convencidos por tanta amorosa efusión física, pueden sentir
como un mazazo al comprobar que no es así.
Puertas afuera de los rituales de la comunidad las cosas continúan con
la fría convivencia típica de nuestra sociedad; y aquellos que se manifestaban
como auténticos amorosos hermanos en los rituales del templo o de la sala de
reuniones, en la calle no pasan de parientes lejanos que se preocupan muy poco
de cómo le va en la vida a aquél que acaban de abrazar efusivamente en la
fiesta espiritual.
Sin
embargo, aunque habitualmente esas muestras de cariño se den solamente de
puertas adentro, la utilización de ellas está teniendo un notable éxito.
La falta de amor en el mundo propicia que esas efusiones sean bien
recibidas por el público; aunque sean fingidas, terminan por ser uno de los
ingredientes más importantes para la captación de adeptos.
Es tal el éxito que los abrazos están alcanzando en la actualidad que
hay personas sumergidas en el mundo
de las sectas únicamente por el hecho de vivirlos.
A nadie le amarga el dulce acariciarse o el abrazo de varios minutos;
sobre todo si es con esa persona que nos resulta atractiva y con la que nos
gustaría hacerlo más intensamente en la intimidad.
No creo exagerar si afirmo que para una de las cosas que más han servido
las efusiones cariñosas “espirituales” ha sido para iniciar contactos más
materiales, romances que acabaron en relaciones de pareja.
En ocasiones resulta inevitable que los efluvios sexuales se mezclen con
los divinos cuando nos abrazamos a esa persona que nos resulta atractiva.
No
está nada mal que en el seno de la espiritualidad hagamos más el amor que la
guerra, aunque muy a menudo sea un amor fingido o vivido temporalmente.
Sea cual sea nuestra vivencia, siempre es conveniente reconocer que es
debido al elixir de santidad, propio de la atmósfera sagrada, vivido en los
rituales o en los cursillos espirituales, lo que nos hace sentir benditos los
abrazos, los besos y las caricias. Y
si este elixir no nos embriaga lo suficiente, todas esas muestras afectivas se
convierten en fríos rituales, en imposiciones costumbristas que no garantizan
lo que pretenden demostrar. Un
abrazo puede llenarte de amor, pero también puede no ser otra cosa que un apretón
físico, incluso desagradable. Sucede
igual que con la música sagrada que comentábamos en el anterior capítulo.
En cualquier cosa que nos ofrezcan como sagrada, lo sagrado habremos de
ponerlo siempre nosotros; no olvidemos que toda manifestación sagrada emerge de
nuestro interior. Tanto en una música
como en un abrazo, si deseamos que sean celestiales, lo celestial habremos de
ponerlo nosotros.
Necesitando
incluso realizar una criba de vivencias, pues lo divino, en los seres humanos,
suele presentarse unido a lo profano. Cuando
vivimos tal santidad en las reuniones espirituales, que nos hace sentir divinos
los abrazos, también podemos observar muy frecuentemente que nuestra percepción
corporal es muy selectiva. Como la
mayoría de nosotros estamos más a menudo en nuestro cuerpo que en los mundos
sutiles del espíritu, no podemos evitar sentirnos mejor o peor según nos
abrace una persona un otra. Esto
suele producir una rivalidad que crea sutiles envidias entre los cofrades o
sectarios: “A mi no me abrazas
tanto como a aquella persona. Esta
persona no me hace sentir lo mismo que aquella.
Tu abrazo da más lástima que amor.
Aquellas dos personas se ponen siempre juntas en las reuniones para darse
un apretón de espanto cuando llegue el momento de los abrazos”,
etc. Y no olvidemos los
ataques de celos que puede llegar a sentir uno de los miembros de una pareja
cuando observa al otro miembro abrazarse, a quien pudiera ser su rival, más
efusivamente de cómo mandan los cánones,
En
esta especie de competición afectiva, también hay personas que se sienten
menospreciadas por la mayoría en el ritual de los abrazos, ―suelen ser
las menos agraciadas― mientras que otras personas están muy solicitadas.
También hay líderes, como en toda competición.
Normalmente el liderazgo lo ostentan los propios líderes de la secta, su
abrazo es tan anhelado por todos sus seguidores que es frecuente tener que hacer
fila para conseguirlo. Porque
siempre se tratará de un abrazo divino, naturalmente.
LA
DROGADICCIÓN MÍSTICA
A los miembros de las sectas se les suele considerar adictos al fanatismo
de su credo particular, enfermos de una de las drogadicciones más perniciosas.
Creencia popular semejante a la que se tiene del consumo de las drogas
ilegales, mientras que las legales se consumen sin preocupación e incluso
apoyadas por la cultura del pueblo que las acoge.
Situación similar a la que padecen los adictos a los juegos de azar,
buscadores enfermizos de la buena suerte, que la sociedad compadece mientras por
otro lado les tienta con la publicidad que se hace de los sorteos de loterías
oficiales o apuestas deportivas.
En el mundo de la espiritualidad no es diferente: el consumo de las
ofertas sectarias se considera una perniciosa drogadicción, mientras el consumo
de las religiones oficiales no.
Si deseamos realizar un análisis serio sobre la adicción que se puede
dar en el mundo del espíritu, hemos de abandonar todo tipo de preferencias
culturales. Cuando se consigue
sortear los peligros que tanto abundan por los caminos espirituales, superar la
resistencia a evolucionar espiritualmente y el pánico a arrojarse al infinito
vacío celestial, la vivencia de lo sagrado implica en la mayoría de las
ocasiones un aumento del bienestar. La
paz que se puede llegar a sentir, cuando nos invade la presencia divina, es uno
de los mejores analgésicos existentes para contrarrestar los dolorosos trances
por los que puede transcurrir nuestra vida.
Cuando la santidad se siente en las venas, por haber entrado en contacto
con lo sagrado, una plenitud feliz invade al afortunado que consiguió probar
las mieles del cielo. A partir de
ahí, si la suerte se repite, tendremos a una persona adicta a las drogas
sagradas, adicta a los regalos de los dioses.
Los contrastes que
experimenta nuestro bienestar influyen de forma muy importante en nuestra vida.
La espiritualidad puede proporcionar tan importantes aportaciones a
nuestra felicidad que es muy fácil convertimos en adictos a una vía espiritual
si estamos viviendo en ella gozosas experiencias.
Está demostrado que nuestro cerebro sintetiza drogas en nuestros
momentos más felices, como por ejemplo durante un orgasmo, de ahí que la mayoría
seamos adictos al sexo. Las
endorfinas, opiáceos generados por nuestra glándula pituitaria, nos
emborrachan de bienestar cuando la felicidad nos envuelve.
Las diferentes experiencias de lo divino nos pueden embriagar de dicha y
engancharnos, son unas de las drogas más fuertes que puede disfrutar o padecer
―según se mire― el ser humano.
La
drogadicción espiritual, como la sexual, no tiene contraindicaciones biológicas;
es provocada por drogas que genera nuestro organismo de forma natural, no afecta
a nuestra salud sino es para mejorarla. Sin
embargo, como cuando se usan tóxicos, dependiendo de la dosis, existen peligros
para nuestra salud o nuestra vida, en este caso peligros psíquicos.
La drogadicción sexual puede convertirse en grave obsesión e impulsar a
cometer locuras, y con la drogadicción espiritual puede suceder lo mismo.
Si se llega a un elevado estado de embriaguez frecuentemente, el borracho
de dios puede actuar con un notable descontrol y caer en un irracional
fanatismo; puede convertirse en un defensor a ultranza de la fuente proveedora
de la droga mística, del cártel al que pertenezca; grupo de fanáticos que
puede entrar en guerra contra otros cárteles que, como mafias de lo sagrado,
quieren imponer por la fuerza su especial polvo blanco en el mercado espiritual.
Las
diferencias más notables entre la adicción sexual y la espiritual se basan en
el culto, en un caso es una adoración material y en el otro se trata de un
culto espiritual. La desinhibición
sexual de nuestra civilización propicia un exceso de fluidos eróticos en
muchas personas, que pueden acabar convertidas en fanáticas defensoras del
placer sexual, en adoradoras del cuerpo. El
culto al cuerpo está muy extendido hoy en día entre la población occidental.
Sin embargo, el exceso de las bebidas celestiales, propicia el culto al
espíritu, a los espíritus o a las deidades, y muy a menudo el menosprecio de
la vida. Recordemos el típico
rechazo del cuerpo como algo pecaminoso, los suicidios colectivos ―que
estudiaremos más adelante― y las guerras santas, que no cesamos de citar,
repletas de kamikazes suicidas.
Cuando
las endorfinas las genera el sexo, creemos que los goces provienen de nuestro
cuerpo o del cuerpo de la pareja que copula con nosotros.
La felicidad sexual es un goce corporal que puede prescindir de lo
espiritual. Sin embargo, los
placeres espirituales parecen no provenir del mundo físico, aunque la
drogadicción suceda en el cuerpo. Y
al no tener limitaciones físicas la sensación de su procedencia, los goces
espirituales cubren un abanico de matices y de calidades tan amplio que nos va a
resultar muy difícil llegar a alcanzar una idea aproximada de todos ellos.
Los diferentes elixires que pueden producirse en cada individuo sumido en
el seno de diferentes atmósferas sagradas son infinitos.
Cada gurú, cada ritual, cada secta o cada religión, produce un tipo de
elixir sagrado particular en cada individuo, como si de innumerables tipos de
drogas se tratara, provocando una gran cantidad de tipos de adicciones.
Las
propiedades analgésicas y relajantes de las drogas generadas por nuestro
organismo en las vivencias espirituales son indudables.
Los mártires sin ellas nunca hubieran podido permanecer impasibles, e
incluso felices, en las torturas que les tocó vivir; la sedante paz espiritual
no falta en cualquier atmósfera sagrada. Incluso
todo parece indicar que también somos capaces de generar alucinógenos en los
trances místicos, pues la percepción sufre muy a menudo notables cambios
cuando respiramos densas atmósferas sagradas, tan notables como que cada uno de
nuestros cinco sentidos físicos puede empezar a percibir “alucinaciones”,
como ya vimos en el capítulo sobre las percepciones extrasensoriales.
Exceptuando
las conexiones con dimensiones del mas allá infernales (pesadillas de todo
drogodependiente) y las terroríficas visiones apocalípticas, los contactos con
las glorias celestiales siempre son contactos felices, gozosos, llenos de dicha.
El alucinado que alcanza la realidad virtual espiritual en la que cree,
el sueño esotérico que le ha tocado en suerte soñar, puede percibir gloriosas
visiones celestiales que le llenarán de felicidad; también puede oír otros
dulces sonidos diferentes a los escuchados con nuestros oídos ―como ya
dijimos en el capítulo sobre la música y la danza―; también puede oler
el perfume de los ángeles, y creer que lo está oliendo con sus narices, sin
haber olor alguno en el ambiente que le rodea; y gustar las mieles del maná
celestial, sentir en su boca una dulce sensación, sin estar gustando pastel
alguno; así como también puede sentir sensaciones en su cuerpo venidas de otro
mundo, caricias divinas de sublime amor.
Entre las más notables diferencias que la drogadicción por endorfinas
tiene con la generada por sustancias preparadas, tenemos en primer lugar que
todavía no hemos sido capaces de fabricarlas, son drogas que no se pueden
ingerir ni inyectar en la sangre, las produce nuestro organismo; y, en segundo
lugar, todavía nadie ha conseguido controlar su elaboración en nuestro cuerpo.
Drogas que no se pueden comprar, y no hay forma alguna ―todavía―
de asegurarse su abastecimiento de por vida.
Por lo tanto, conviene dejar bien claro que toda persona enganchada a
este tipo de adicción tiene asegurado padecer, tarde o temprano, el síndrome
de abstinencia, pues no hay forma de asegurarse su abastecimiento de por vida.
Las
investigaciones farmacéuticas, a pesar de no cesar en su empeño por sintetizar
endorfinas, no lo han conseguido todavía.
Pero, aunque se consiguiera algún día, me temo que su dosificación y
la elección del tipo de droga nunca serían tan adecuadas ni tan naturales como
cuando se originan espontáneamente en cada persona.
Todo parece indicar que, en los casos en los que no se alcanza la
borrachera, el cerebro de cada individuo genera su propia droga, la adecuada
para su organismo, y habitualmente en la cantidad justa para aumentar
notablemente su grado de bienestar, y sin contraindicaciones biológicas.
Quien
prueba asiduamente las drogas de los cielos se convierte en un drogadicto de la
armonía feliz, muy difícil de sustituir con cualquier otro tipo de inyección
en nuestro cuerpo. Por ello, el
drogadicto de dios, se convierte en un buscador incansable de los camellos
venidos de arriba con la mercancía sagrada alucinógena, y no cesará de buscar
a los repartidores de la experiencia mística, a los maestros de los rituales
sagrados y de las creencias que harán segregar de su cerebro las sustancias de
la felicidad. Multitud de
mediadores aseguran repartir el sagrado polvo blanco de los cielos a diestro y a
siniestro, charlatanes en muchos casos que ofrecen lo sagrado mezclado con
venenos, sustancias divinas adulteradas con credos enfermizos, toxinas para el
alma, creencias de infelicidad.
Probablemente
sean los grandes gurús orientales en la actualidad los mejores proveedores de
experiencias divinas, son capaces de sintetizar atmósferas sagradas de una
pureza extraordinaria y de hacernos segregar como nadie endorfinas de felicidad.
Lástima que vayan acompañadas habitualmente de tóxicos para la mente,
de creencias extrañas e irracionales, del gran fraude espiritual.
Conseguir
que nuestro cerebro sintetice en su estado puro la droga que es capaz de generar
la divinidad del hombre, es un empeño todavía no logrado, pues siempre suele
ir acompañada de sustancias intelectuales dañinas para la salud mental.
Algo semejante a lo que sucede con la pura droga que es capaz de generar
nuestra sexualidad, delicia de placer tan a menudo intoxicada por anormalidades
psicológicas.
Uno
de mis empeños de estos últimos años de mi vida consiste en intentar generar
por mí mismo, en mi organismo, en mi cerebro, las drogas espirituales de la
felicidad, sin camellos ni traficantes ni intermediarios que tan caro nos las
hacen pagar; es decir, sin dioses ni gurús, sin ningún mediador que especule
con lo que es nuestro. Y sobre todo
sin sus doctrinas o creencias impuestas. Si
nosotros creamos a los dioses, y los dioses nos proporcionan las drogas
celestiales de la felicidad, resulta evidente que nosotros somos los únicos que
deberíamos de tener el control sobre estas drogas.
Las drogas divinas las genera nuestra propia divinidad, nuestro propio
organismo, nosotros.
Más
cuando somos creyentes no lo sentimos así, creemos que la felicidad nos viene
del cielo, convencidos por la fe. Una
sola vez que hayamos probado los elixires de la divinidad a través de la fe,
puede ser suficiente para continuar buscándolos de por vida por los territorios
virtuales espirituales.
Y
si se ha vivido durante tiempo borracho de elixires, cuando estos desaparecen,
uno puede convertiste en un consumidor de todo tipo de adulteraciones
espirituales, padeciendo una penosa situación semejante a la que padece el
drogodependiente típico, consumidor de tóxicos perniciosos para su salud por
no poder adquirir la droga pura.
Pues
conviene saber que la gracia de dios sobreviene muy a menudo como por arte de
magia, y desaparece también como por arte de magia.
Cuando perseguimos los goces divinos de los dioses, conviene no olvidar
que no tenemos garantizado su abastecimiento.
En toda búsqueda de dios hemos de tener presente que podemos llegar a
encontrarlo con la misma facilidad que podemos llegar a perderlo.
La experiencia divina es una de las más escurridizas que puede sentir el
ser humano.
Si estudiamos las vidas de los santos, observaremos las fluctuaciones del
fluir divino en sus vidas y todo lo que sufrían cuando padecían el mono de la
ausencia divina.
Aunque yo no soy un santo, en mi vida he sufrido muy a menudo el síndrome
de abstinencia, así como también lo he visto padecer a otras personas compañeras
de camino. No sé como será el
mono provocado por la ausencia de continuar inyectándose droga en el caso del
drogadicto de tóxicos, pero no creo que sea muy diferente.
Cuando viví la pérdida del amor de Cristo, allá por la juventud, padecí
un mono desesperante. Y durante el
resto de los años de mi vida, en mi recorrido por las sectas, esta situación
se ha ido repitiendo con sorprendente asiduidad.
Había temporadas que conseguía beber a raudales los elixires sagrados,
seguidas de otras temporadas de desasosegada y dolorosa abstinencia.
Y en la actualidad, habiéndome negado a seguir tomando toxinas
intelectuales ―dogmas de fe ya inaceptables para mi inteligencia―
apenas soy capaz de conseguir generar las drogas de la felicidad espiritual.
Y he de reconocer que la alegría y la paz interior se han reducido
notablemente en mi vida, aunque no hasta extremos desesperantes.
Parece ser que el drogarse, de forma natural o antinatural, es típico
del ser humano en su búsqueda de la felicidad.
Si yo nunca me decidí a ingerir sustancias fue porque mi débil
organismo apenas aguantaba la ingestión de droga alguna si resentirse
demasiado. Pero las generadas por
mi propio cerebro no me provocaban daños físicos, e incluso me sentaban bien,
así que me convertí en un en un adicto a ellas, experto en encontrarlas en
densas atmósferas sagradas.
Hoy puedo dar gracias que a mi cerebro no le dio por generar intensamente
alucinógenos, a pesar de haber estado inmerso en densas atmósferas sagradas
que sumían en profundos trances alucinatorios a otras personas, porque entonces
sí que hubiera tenido problemas más serios.
No voy a negar que he tenido sueños esotéricos en suaves trances
meditativos, pero siendo consciente en la mayoría de los casos de que eran sueños.
Algo que no siempre resulta fácil, porque todo creyente tiene cierta
predisposición a creer que son verdad.
Podemos
dudar de todo lo que vivimos por los caminos espirituales, de lo que creemos por
fe aunque no lo veamos, de los paraísos, de los infiernos, de los dioses y de
los demonios; pero cuando nos convertimos en videntes y “vemos” las
realidades virtuales espirituales, cuesta mucho creer que no son verdad.
Las creencias se han forjado de esta manera, así creamos a los dioses,
en borracheras alucinatorias; y creímos que el sagrado vino nos lo daban ellos,
los dioses, cuando en realidad se genera en nuestras propias glándulas.
Las bodegas de los divinos vinos están en nosotros, en nuestro cuerpo,
por mucho que las creamos ubicadas en los cielos y que los dioses tienen sus
llaves.
Es esencial comprender el fenómeno de la drogadicción mística para
entender como se crearon las realidades virtuales espirituales y a los
personajes que las pueblan. Las
impresiones extrasensoriales son muy fuertes bajo los efectos de las drogas,
(todo drogadicto de alucinógenos sabe lo intensas que pueden llegar a ser las
sensaciones o las alucinaciones). Y
si se repiten una y otra vez las mismas sensaciones o la misma videncia, el místico
acaba creyendo que su estado proviene de la aparición virtual, creencia que le
permitirá de ahora en adelante emborracharse con sólo invocarla mediante algún
ritual que le evoque la experiencia extrasensorial.
Ahora
podemos comprender mejor porqué las creencias se defienden con tanto ahínco,
pues de la fe depende el suministro de las drogas místicas.
En nuestra mente colectiva debe de estar tan grabado que las poderosas
drogas de la felicidad nos llegan del cielo, que, cuando dejamos de creer en
dios, lo tenemos muy crudo para acceder a ellas.
No parece haber otra forma de conseguirlas con frecuencia que a través
de la fe. Se echan en falta cuando
se decide dar el paso del agnosticismo o del ateísmo, a pesar de las
adulteraciones de insanas creencias que contienen, y de lo aleatorio de su
abastecimiento. Sería un gran
logro dar con la clave que nos permitiera sintetizar la poderosas drogas místicas
sin tóxicos credos.
Pero
todavía no lo hemos conseguido. Una
fría estadística actual nos mostraría que lo más frecuente es sentir esporádicamente
las vivencias divinas con cierta moderación en el seno de la fe, sin grandes
borracheras, en momentos que nos llenan de gozo y que desaparecen tarde o
temprano, sin provocar fuertes drogadicciones.
Muchas personas se conforman con eso y aseguran que dios no da para más,
que ellos están recibiendo lo máximo del cielo.
Pero si realizamos análisis comparativos en diferentes individuos
borrachos de dios, entre aquellos que se drogaron más de lo habitual,
observaremos que la divinidad da para mucho más y de infinidad de formas
diferentes. Las drogas divinas que
podemos generar nosotros mismos nos pueden otorgar multitud de estados felices.
En unos casos nos pueden dar más fortaleza, en otros más alegría, más
paz, más belleza, etc. Es una lástima
que todavía no se conozca método espiritual alguno que nos ofrezca todos los
beneficios que es capaz de darnos la nuestra divinidad.
Es obvio que hacen falta más investigadores al respecto, y, sobre todo,
hace falta una auténtica revolución espiritual.
LA
REVOLUCIÓN ESPIRITUAL
No creo equivocarme si me atrevo a afirmar que estamos comenzando a
vivir, en Occidente, una revolución en nuestra dimensión espiritual semejante
a las otras grandes revoluciones que cambiaron en pocas décadas nuestra
sociedad.
La proliferación de sectas en los países libres occidentales, a pesar
anunciarse a los cuatro vientos su peligrosidad, es una muestra del
inconformismo de una gran parte del pueblo con los poderes religiosos oficiales
o con el ateísmo que niega la existencia de todo lo sagrado.
Rebeldía popular que está creando una auténtica revolución en el
mundo del espíritu.
Derrocar a los viejos poderes espirituales es uno de los principales
fines de dicha sublevación. Destronar
a los tiranos dioses, que llevan milenios reinando en las almas de los hombres,
es una meta revolucionaria que poco a poco se está consiguiendo.
Pero,
como sucedió en otras de nuestras revoluciones, muchos de los dirigentes
revolucionarios están cayendo en la tentación de apropiarse de los poderes
usurpados, mientras que a sus seguidores los emborrachan con el vino encontrado
en las bodegas de los todopoderosos, elixires divinos, drogas celestiales
robadas a los dioses.
Muchos
de estos revolucionarios del alma se están convirtiendo en los nuevos tiranos
del espíritu, pues, aunque ahora apenas tiranicen a sus seguidores con el látigo
del castigo divino, ejercen el control utilizando las drogas divinas,
manteniendo enganchados a sus seguidores gracias al consumo de las mieles
celestiales cosechadas en los infinitos campos del cielo, goces prohibidos para
el pueblo desde hace miles de años.
Así
hemos vivido durante años muchos de nosotros esta nueva revolución, borrachos
de felicidad, enganchados a la droga diaria, sin vivir un auténtico despertar
revolucionario.
El
fin primordial de toda revolución no es el de suplantar a un tirano por otro,
sino el de entregar el poder al pueblo, a cada individuo, tal y como lo estamos
intentando hacer con la democracia en la dimensión de la política.
Pero para ello es necesario que las personas se crean que eso es posible.
Y si entregar al pueblo el poder político resultaba increíble hace unos
siglos, mucho menos creíble resulta en la actualidad entregar al pueblo el
poder religioso. Sin embargo, ese
es el propósito final de toda revolución.
Tarde o temprano serán usurpadas las riquezas a los todopoderosos
dioses, y el pueblo podrá hacer uso de ellas, sin condiciones y sin necesidad
de besarle los pies a nadie por ello. Pero
primero tendremos que comprender que la divinidad no es una exclusividad de los
dioses, sino de todo ser humano. Después
podremos aceptar a los auténticos revolucionarios espirituales, capaces de
robar la divinidad a los dioses y de entregársela al pueblo, a sus antiguos
propietarios; pues, al fin y al cabo, fueron nuestros antepasados quienes se la
dieron a los dioses.
Las revoluciones experimentadas en los niveles cultural, científico,
industrial, político y sexual, siguieron en sus principios una pautas
liberadoras con ciertas semejanzas a las que estamos viviendo en la actualidad
en nuestra dimensión espiritual. ¿Quién
se iba a imaginar hace unos siglos que la sexualidad iba ser disfrutada
libremente por cada individuo? ¿O
quién podía sospechar la abundancia y la libertad económica que hoy
disfrutamos? Los viejos temores que
vaticinaban el fracaso de nuestras revoluciones hoy nos resultan hasta
graciosos. Nos podemos reír de
aquellos vaticinios que nos pronosticaban que toda mujer liberada sexualmente se
iba a convertir en una prostituta, al igual que pensábamos que liberar nuestro
pensamiento político nos iba a mantener en una guerra constante con quienes no
pensaban igual, o que la revolución industrial nos iba a convertir en robots de
una sociedad dominada por la tecnología. Ninguno
de aquellos oscuros pronósticos se ha llegado a cumplir, y es de esperar que
tampoco se cumplan ninguno de los oscuros pronósticos vaticinados por los
detractores de esta nueva revolución humana.
Aunque, bien es cierto, que son de mayor magnitud las oscuras amenazas
pronosticadas en la dimensión del espíritu que las que se pronosticaron en las
otras revoluciones; pues tengamos en cuenta que no se tratan de amenazas
humanas, sino de amenazas divinas cargadas de pronósticos infernales, castigos
apocalípticos que caerán sobre los sacrílegos revolucionarios y sobre todo
aquel que se atreva a seguirlos.
Para que toda revolución progrese es necesario que los ejércitos de
revolucionarios superen el miedo a caer en combate.
Ahora bien, en esta revolución espiritual no se trata de superar el
miedo a perder el cuerpo, sino superar el miedo a perder el alma, cuestión que
nos puede llegar a aterrorizar mucho más de lo que pensamos.
De ahí que, probablemente, necesitemos de más tiempo que el que hemos
necesitado para concluir las otras revoluciones.
Y no sólo por los temores que hemos de superar, sino por la enorme
envergadura del cambio, pues recordemos que las propiedades divinas, que se
pretenderán sean asumidas en un futuro por los individuos, son de carácter
infinito, y las personas estamos más acostumbradas a asumir nuestras propias
limitaciones que a reconocernos seres de facultades ilimitadas.
Más el desánimo nunca hace presa en los revolucionarios.
Hace unas pocas décadas, el disfrute de la actividad sexual era algo
prohibitivo, un vicio pecaminoso e insano, una perniciosa adicción y a la vez
un placer reservado a unos pocos afortunados; hoy, el disfrute de la sexualidad,
es una saludable virtud, y la adicción al placer sexual se considera como algo
natural. La mayoría de los
individuos la consideramos algo propio que podemos utilizar libremente.
Es
de esperar que pronto nos suceda lo mismo con nuestra dimensión divina.
En mi opinión, la liberación de la espiritualidad sigue unas pautas
semejantes a la liberación sexual: Hoy se considera una perniciosa adicción
las asiduas prácticas o rituales destinados a gozar de las dichas espirituales
fuera de los contextos tradicionales. Los
perjuicios en torno a las novedades sectarias propician que muchas personas
rechacen las nuevas revoluciones espirituales y no lleguen a conocer sus
delicias. Como sucedió con el
sexo, los miedos y los tabúes nos impiden disfrutar de una importante dimensión
humana.
Tampoco
vamos a olvidar los errores propios que habitualmente se cometen en los inicios
de toda revolución, pues al igual que sucedió en los primeros tiempos de las
libertades sexuales, la libertad espiritual de nuestros días contiene las típicas
torpezas de los principios de una liberación prácticamente recién nacida.
La libertad religiosa ha propiciado la liberación del consumo de
diferentes métodos de estimular nuestra espiritualidad.
Pero, como sucedió con el sexo, su consumo se realiza como una ciega
drogadicción, atendiendo a los primarios instintos de búsqueda de la
felicidad, rompiendo los tabúes a golpe de vivencias, caminando en ocasiones a
ciegas, adoptando nuevas ideologías aperturistas pasionales contrarias a las
creencias tradicionales; más por estimular una revolución incipiente contra
los poderes espirituales establecidos que porque realmente sean unas ideologías
equilibradas del alma.
Estas nuevas ideologías espirituales suelen pecar de fanatismos
semejantes a los que padecen las antiguas creencias.
Todas compiten entre sí para intentar llevarse el premio de la razón
que apoye su nueva forma de ser feliz. Mas
las explicaciones de los divinos hechos, que se experimentan en su seno, se
continúan obteniendo a través de códigos de fe, sin apenas lógica alguna,
donde la razón brilla por su ausencia.
CON
O SIN RAZÓN
Uno de los impulsos que más estimulan el crecimiento de nuestros
conocimientos es el de la curiosidad por encontrar explicación a todo lo que
nos sucede y a todo lo que nos rodea. Nuestro
entendimiento ha ido creciendo a golpe de ir comprendiendo poco a poco lo que
nos resultaba incomprensible. La
evolución de las ciencias es el más claro ejemplo de este crecimiento, su ámbito
de estudio no cesa de crecer tanto en cantidad como en calidad.
Pero aun existen grandes terrenos inexplorados llenos de misterios, en
especial en la dimensión espiritual del hombre.
La psicología es una de las ciencias que más se atreve a sumergirse en
esas profundidades, sin encontrar en muchas ocasiones explicación a ciertos fenómenos
del alma humana, aunque poco a poco va robándole terreno a los misterios.
Intromisión nunca bien vista por los creyentes, pues de siempre han
estado convencidos de que la inteligencia humana nunca será capaz de entender
los misterios divinos.
Tanto es así que al buscador de caminos espirituales se le suele
aconsejar que deje en la cuneta su sabiduría si quiere llegar a alguna parte.
Los creyentes saben que para conseguir ciertas metas de elevada santidad
es necesario sumergirse en la ignorancia más absoluta, pues nuestro
entendimiento estorba más que otra cosa en nuestra ascensión a los cielos más
elevados. Una inteligencia formada
para desenvolvernos en este mundo, sirve de muy poco para movernos por el otro.
Las leyes que rigen la materia no funcionan en las dimensiones
espirituales. Y nuestra sabiduría
habitual se ha de volver ignorancia si deseamos llegar a conseguir el escondido
conocimiento. Es necesario vaciar
de viejos programas y de viejos datos el ordenador de nuestra mente para que los
nuevos ocupen su lugar.
Por
todo ello, en la mayoría de las sectas, vías espirituales o religiones, se nos
dice que en los mundos de dios el raciocinio nos sirve de muy poco, la lógica
no funciona como habitualmente la conocemos, y la explicación más usual de los
hechos divinos es: “misterio, hijo, misterio”.
Buscarles una explicación es un terrible pecado de soberbia.
La ignorancia siempre será una virtud indispensable para todo aquel que
desee progresar en el conocimiento espiritual.
Si no abandonamos nuestra erudición, no dejaremos espacio para que la
sabiduría divina deposite en nosotros las migajas del conocimiento sagrado que,
como regalo de los dioses, podemos llegar a alcanzar.
Todo
esto propicia que los intelectuales no seamos bien vistos en el mundo de las
sectas. Cuando uno está
acostumbrado a ir de listo por la vida le resulta muy difícil ir de tonto
aunque se lo proponga. Cuanto mayor
sea el saber que uno acumula, mayor esfuerzo habrá de realizar para vaciarse de
él. Esto lo saben los dirigentes
sectarios, y por ello exigen más que a nadie al intelectual que se vacíe de su
saber antes de enseñarle los conocimientos ocultos.
Para mí siempre resultó muy dura tal exigencia, y creo que nunca la
cumplí del todo. Para
conseguir mi empeño de aprender en las escuelas de lo oculto me convertí en un
experto en poner cara de tonto. En
muy poco tiempo terminaba por convencer de que estaba listo para recibir las
instrucciones, mi aspecto de ignorante, unido a las ganas que tenía de
aprender, convencía a los exigentes maestros.
Así fui acumulando conocimientos sin necesidad de tirar a la basura todo
mi saber. (También he de reconocer
que hubo algunos instructores esotéricos a los que no pude engañar, y a los
que abandoné, pues me exigían un duro proceso de desprogramación mental que
yo no estaba dispuesto a seguir).
De
todas formas, es hasta cierto punto comprensible que se pida el abandono del
discurrir al principiante. Hay que
tener en cuenta que los valores espirituales de cada secta, vía espiritual o
religión, son diferentes a los habituales.
Si recordamos lo expuesto en el capítulo de “La visión”, cuando
comentábamos que la visión del mundo no nos la dan nuestros ojos sino nuestro
cerebro, a través del programa cerebral de selección de preferencias, resulta
obvio que para entrar en otro mundo sólo es necesario cambiar dicho programa,
de esta forma tendremos otra visión del mundo, veremos otro mundo y, por lo
tanto, será en el que vivamos.
Cambiar
los códigos del programa cerebral no es nada fácil.
Y existe el tan cacareado riesgo de volverse loco, a causa del fuerte
cambio intelectual o del exceso de dosis de droga mística que puede desequilíbranos
psíquicamente. Aunque no es
frecuente que esto suceda, pues pocas personas pueden respirar grandes dosis de
atmósfera sagrada; la mayoría las toman en pequeñas cantidades.
No
se puede negar que cambiar los programas de selección de preferencias
cerebrales produzca una crisis en el individuo, pero la drogadicción mística,
en vez de empeorar la crisis de adaptación a las nuevas creencias, suele
incluso ayudar a superarla. (Algunos
estudiantes toman drogas en época de exámenes para ayudarse a realizar el
esfuerzo intelectual). La paz y la
armonía de toda atmósfera sagrada son ingredientes clave para concluir con éxito
el delicado cambio intelectual. La
drogadicción mística, si se lleva a cabo con cuidada dosificación, ayuda a
asentar el nuevo cambio intelectual en vez de perturbarlo.
Este es un proceso que las sectas llevan miles de años experimentando
con un alto porcentaje de éxito.
Existe un miedo exagerado a volverse loco.
El cambio de los programas cerebrales se suele hacer de forma muy
estudiada por las escuelas de lo espiritual, y nuestra resistencia a la locura
es mayor de lo que habitualmente se cree. El
tipo de locura que se le suele achacar al sectario viene más determinado porque
sus hábitos no son los habituales de nuestra sociedad que por un desequilibrio
de su mente diferente al de una persona normal.
Al miembro de las sectas típico se le llama loco porque sus locuras no
son las mismas que las aceptadas socialmente, pero no porque esté más loco que
los que estamos fuera de las sectas.
Cierto
es que el cambio del programa de selección de preferencias humano es un proceso
que necesita tiempo. Realizarlo
demasiado deprisa puede generar desequilibrios psíquicos.
Por ello las sectas suelen dar “tiempo” a los adeptos para que vayan
digiriendo los cambios. Tengamos en
cuenta que las creencias espirituales están muy arraigadas en nuestra mente,
son ancestrales creencias que pertenecen al inconsciente colectivo de la
sociedad en la que hemos crecido. Cambiarlas
puede llevarnos años, aunque pensemos que no creemos mucho en ellas.
No
existe un proceso de cambio típico, cada secta o cada religión, cuando capta
nuevos adeptos los adiestra a su manera. La
experiencia religiosa suele ser un factor importante para el cambio de creencia,
cuanto mayor sea el goce espiritual que vivan los nuevos seguidores, menor será
el poder de convencimiento que habrán de usar los instructores o sacerdotes
para seducir al primerizo. Cuanto más
elixires divinos droguen a los adeptos, más alegremente dejarán a un lado su
inteligencia para afrontar el nuevo cambio en sus vidas.
Aunque, como venimos diciendo, si tomamos excesiva dosis de droga mística,
la locura o el descontrol puede esperarnos a la vuelta de la esquina.
No
es fácil delimitar las fronteras de la locura, sobre todo en los caminos
espirituales. Todos sabemos que un
pequeño grado de “locuras” a nuestra vida le da cierto aliciente.
Y no por ello perdemos el entendimiento de forma absoluta, pues ―en
mi opinión― la razón es algo tan esencial de la mente humana que es
necesaria una gran locura para extirparla del todo.
El
proceso del cambio del programa cerebral de selección de preferencias se
realiza en un tiempo determinado, y, mientras dura ese proceso, la lógica puede
llegar a no funcionar con normalidad, la razón suele entrar en crisis, y
nuestra capacidad de discurrir puede permanecer mermada hasta que el nuevo
programa cerebral se asiente definitivamente en nuestras neuronas.
Después de que esto se haya completado, nuestra inteligencia, con un
nuevo programa de preferencias, volverá funcionar como lo hacía antes, o
incluso mejor si el cambio fue positivo. Pues
no vamos a negar que en el sistema cultural occidental existen conceptos
religiosos dignos de ser eliminados de los individuos.
Los
insistentes consejos que dan en el seno de las sectas para que abandonemos los
patrones de lo aprendido, en realidad, la mayoría de las veces, no van
destinados a fomentar nuestra ignorancia ni a mermar nuestra capacidad de
raciocinio, sino a invitarnos a cambiar las preferencias de nuestra vida.
Sin
embargo, esto puede no presentarse tal y como es.
La lógica puede llegar a ser desprestigiada brutalmente, y considerarse
nuestra capacidad de raciocinio poco más que un estorbo para la evolución
espiritual; lo que es un tremendo contrasentido.
Pues si al principio se le aconseja insistentemente al adepto
principiante que abandone toda lógica, después se le incitará para que vuelva
a usarla, pero utilizando los valores que ya habrá aprendido de cada secta en
particular.
Las
realidades virtuales espirituales no son otra cosa que sistemas lógicos donde
las entidades divinas, las fuerzas celestiales y nuestras almas, desarrollan sus
actividades. Son explicaciones
virtuales a lo que todavía no sabemos explicarnos de otra manera.
En los universos celestiales todo funciona con lógica, divina, pero lógica
al fin y al cabo. Lo que no tiene
explicación se explica por decreto divino.
En estos teatros particulares, de cada religión o secta, se enseña que
las razones de dios están muy por encima del razonar del hombre.
Pero el razonar, ya sea divino o humano, nunca se abandona a pesar de que
al estudiante se le aconseje no utilizar el raciocinio.
Cuando se desconocen las razones de las actuaciones divinas, se apela a
nuestra ignorancia para hacernos reconocer nuestra incapacidad para descubrir
las razones que dios tiene para actuar como actúa.
Pero la razón, ya sea conocida o desconocida, siempre reina en los
teatros de lo divino. Por ello,
cuando nos aconsejen abandonarla, hemos de recordar que lo único que pretenden
es que abandonemos nuestras razones para imponernos las suyas.
(Dejando bien claro que al decir esto no pretendo dar la razón a nadie
en particular).
Una persona que se haya sumergido en diversas creencias espirituales y
haya obtenido experiencias religiosas en cada una de ellas ―tal y como es
mi caso―, si hace uso de su razón, no podrá dar la razón en particular
a ninguna de las creencias en las que depositó su fe durante su vida; sin
embargo, reconocerá que cada una de ellas tiene sus razones para sustentar sus
creencias, y que resulta necesario reconocer esas razones para obtener los
resultados prácticos que otorga la experiencia de lo sagrado, para conseguir la
drogadicción mística particular que proporciona cada creencia y cada ritual.
Es
decir, un análisis como el que estamos realizando en este libro, donde
intentamos que la razón se imponga a base del discurrir del entendimiento, basándonos
en todos los conocimientos que poseemos sobre diversos caminos espirituales, es
una forma de razonar inteligente para quien desee obtener un conocimiento
intelectual general de estos temas; sin embargo, no es una sabia forma de
razonar si deseamos obtener el conocimiento de dios, ya que dios solamente se
revela (hasta ahora) a través de las realidades virtuales espirituales,
sistemas lógicos de valores esotéricos ―contradictorios entre sí la
mayoría de las veces― donde extrañas razones a la lógica, de un
conocimiento general intelectual, permiten obtener la vivencia de lo divino.
Mis
conocimientos sobre las sectas o religiones no me han permitido hasta ahora
alcanzar lo divino sin pasar por las condiciones que cada una de ellas imponen.
(Es de esperar que la revolución espiritual nos permita conseguirlo).
En el capítulo sobre los “intentos unificadores” hablamos de que,
por los caminos espirituales, se comentaba que en un futuro se impondrá una
religión universal consensuada entre las ya existentes, pero también
observamos que si ponemos sobre la mesa todas las condiciones que cada religión
o vía espiritual exige para llegar a su dios particular, con la esperanza de
que se trate de un dios único, veremos que no hay forma de conseguir vislumbrar
un camino consensuado, más aún, si encontramos alguno en el que coinciden
varias formas de fe, observaremos con asombro que unas nos aconsejan seguirlo en
una dirección para encontrar a dios, mientras otras nos aconsejan que caminemos
en dirección contraria.
No
hay forma de poner de acuerdo a esos sistemas lógicos, porque cada uno de ellos
posee una lógica aparte, un mundo virtual aparte, muy diferente a los demás.
Y, si hemos de ser fieles a los más elementales principios de la lógica,
obtendremos la conclusión de que esos sistemas de lógica espiritual, vistos
todos en conjunto, no guardan lógica alguna.
Cuando los estudiamos llegamos a conclusión de que son dioses y mundos
inventados, escenarios virtuales donde cada creyente escenifica su papel, para
al final de cada función recibir la satisfacción de la experiencia sagrada.
Da la sensación de que lo importante no es cómo esta hecha la realidad
virtual de cada religión o secta, sino su capacidad para producir la
experiencia sagrada. Podríamos
crear incesantemente mundos virtuales espirituales que nos permitieran obtener
la vivencia de lo sagrado, pero siempre tendríamos
que abandonar nuestros sistemas de valores conocidos y adoptar los suyos para
conseguir vivir las fantásticas vivencias espirituales que proporciona la
drogadicción mística.
Por
mucho que los intelectuales reivindiquemos nuestro derecho a vivir lo sagrado,
como cualquier otro ser humano menos aficionado a meterse en las profundidades
mentales en que nosotros nos metemos, todavía no existe método alguno que nos
acoja para hacernos llegar a la divinidad tal y como nosotros somos, partidarios
de la razón, científica, si es posible.
RELIGIÓN
O CIENCIA
Las razones científicas y las razones religiosas siempre han estado
enfrentadas. Si exceptuamos el
tremendo esfuerzo que Santo Tomás de Aquino hizo ―allá por el siglo
doce― por acercar a estas dos razones, bien podríamos decir que siempre
estuvieron muy alejadas la una de la otra.
Son lógicas creadas sobre unas bases muy diferentes.
Mientras las ciencias se basan en las observaciones y en las deducciones
lógicas obtenidas a través de nuestros cinco sentidos, las religiones se basan
en las revelaciones recibidas a través de las percepciones extrasensoriales.
Como no cesamos de aclarar, es el programa de selección de preferencias
de nuestro cerebro quien nos da una visión de una realidad u otra.
Nuestro entendimiento discurre por el sistema lógico que nuestro cerebro
nos crea combinando las preferencias que hayamos elegido.
Podemos crear tantos sistemas lógicos y visiones del mundo, de la vida,
de la realidad, como combinaciones de preferencias recibidas a través de
nuestras percepciones seamos capaces de elaborar.
A
pesar de que el hombre no ha dejado nunca de percibir a través de sus cinco
sentidos, el tipo de visión que más ha primado en la Humanidad a lo largo de
la Historia ha sido la visión religiosa. La
importancia de todo aquello que presumiblemente existe, aparte de lo que
percibimos por los sentidos, ha superado con creces a lo que nos entra por los
ojos o por los oídos. Pero, en los
últimos siglos de nuestra Historia, las ciencias le han ido comiendo el terreno
a la visión religiosa. La lógica
científica, empírica, matemática, basada en las percepciones físicas, ha
robado popularidad a las razones de fe religiosas.
Las
causas de semejante cambio no son totalmente nuevas, tienen cierta semejanza con
la pérdida de poder de algunas creencias a lo largo de la Historia.
En la antigüedad, cuando no se hizo uso de la fuerza bruta, muchos
dioses, con sus sofisticadas realidades virtuales espirituales, desaparecieron
por el simple hecho de que el pueblo los olvidó, porque las gentes se
aburrieron de ellos, o porque sencillamente fueron suplantados, derrocados, por
otros dioses más poderosos o más benefactores.
Yo
me atrevería a asegurar que el éxito popular de la visión científica no ha
sido propiciado por su elevado grado de realismo sobre las realidades
espirituales, sino por su mayor capacidad para realizar milagros y para
beneficiar con ellos al pueblo.
Los seres humanos no solemos elegir un tipo de visión de la vida u otro
porque sea el más próximo a la verdad, sino por su grado de efectividad.
La mayoría no prestamos excesiva atención al rigor de los
razonamientos, eso queda para los filósofos, nos suele dar igual que los
razonamientos sean correctos o incorrectos, lo que realmente nos importa es que
tengan resultados prácticos. Y las
ciencias nos han proporcionado milagros de tal magnitud que han superado en
mucho a los milagros religiosos; y, como consecuencia de ello, el pensar científico
va robándole terreno al pensar religioso.
Las
ciencias nos dan una sensación de realismo superior que las religiones a muchos
de nosotros por los fabulosos resultados prácticos que obtenemos de ellas;
pero, en su esencia, contienen tantas preguntas sin responder como las
religiones, o incluso más. Los
grandes misterios científicos son de un tamaño tan grande o más que los de
las religiones; con la diferencia que los místicos acostumbran a enseñar los
misterios divinos, mientras que las ciencias acostumbran a enseñar lo que han
llegado a comprender y a descubrir, y suelen ocultar lo que desconocen.
Lo
que más distingue a la realidad científica de la espiritual es su rigor matemático,
pero ese rigor no es absoluto, no se extiende por toda la realidad de nuestro
mundo, lo hace exclusivamente en ciertas áreas de estudio.
Cada una de las ciencias desarrolla su rigor científico a base de buscar
relaciones matemáticas entre diversos materiales de dichas áreas.
Pero, fuera de esas áreas, el misterio rodea a la realidad científica.
La verdad científica es exacta solamente en su territorio, por lo tanto
no es una verdad absoluta, es una verdad incompleta.
Su poder matemático reside en las científicas piezas ya descubiertas
del gran puzzle de la existencia, pero las ciencias todavía no han rellenado
muchos misteriosos huecos de piezas no encontradas.
Vacíos de misterio que muy a menudo bordean amenazantes los territorios
científicos, islas descubiertas en un mar de misterios, grandes edificios con
cimientos desconocidos.
La sólida materia, donde descansa nuestro mundo materialista, contiene multitud de matices ignorados para los científicos. Los terrenos científicos seguros pertenecen a las piezas del gran puzzle de nuestra existencia que ha conseguido reunir cada ciencia, mas sus bordes tocan lo desconocido. Y cuando nuevas piezas encontradas, por nuevos investigadores, continúan encajando en los ámbitos científicos y ensanchando su extensión, entonces aparecen nuevos bordes que continúan siendo un misterio. De tal forma que cuanto más ampliamos la superficie del saber del polígono de una ciencia, más ensanchamos el perímetro de su ignorancia.
Una gran esperanza científica radica en conseguir que las piezas, que ha conseguido reunir cada ciencia, lleguen a tocarse; y aumenten tanto su perímetro de contacto con el resto de las ciencias que lleguen a unirse todas, se rellenen los huecos que todavía quedan vacíos, y nos muestren el mapa completo de toda la realidad (suponiendo que ese mapa fuera esférico). Pero las ciencias guardan todavía grandes distancias entre sí. Además de que, para intentar recomponer el puzzle de nuestra realidad, necesitaremos tener al menos una remota idea de la imagen que tenemos que recomponer.
Cuando compramos un puzzle, adquirimos, aparte de las piezas, la imagen que tendremos que recomponer con ellas. Pero, para recomponer nuestra realidad, no tenemos ninguna imagen que nos dé una visión aproximada de lo que tenemos que componer. Nos falta el mapa general. Muy a menudo no sabemos dónde colocar las piezas que nos descubren los nuevos avances científicos.
En los comienzos de las ciencias, después de cada ¡eureka!, el entusiasmo cegaba a algunos científicos, suponían que lo descubierto era una importante pieza central del puzzle de nuestra realidad. El paso de los años, y nuevos descubrimientos, iban relegando aquellos deslumbrantes hallazgos a pequeñas piezas del puzzle general. Hoy en día, el científico es más cauto, y sospecha que el mapa completo de nuestra realidad es mucho más extenso y complejo de lo que antiguamente se pensaba.
Para que el cientificismo venza por completo a la religiosidad es necesario que encuentre el mapa general de nuestra realidad, algo que las religiones, o cualquier creencia esotérica, han proclamado conocer desde el confín de los tiempos. El descaro de los místicos a la hora de explicar cómo se realizó la creación, y cómo se sustenta, no tiene límites. En realidad, el descaro es de los dioses que así lo revelaron. Existen tantos mitos de creación del mundo, del universo y del hombre, como creencias existen. Cada dios creador nos dice que hizo todo de una manera y lo mantiene vivo a su manera, explicándonos su mapa particular de fuerzas esotéricas que sustentan nuestra realidad, por lo que tenemos tantos mapas de nuestra realidad como dioses creadores existen.
Contrario a lo que se pudiera pensar, las ciencias tampoco se han quedado cortas, a lo largo de la Historia, a la hora de esgrimir argumentos fundamentales sobre nuestra realidad tan gratuitos como los de las diferentes creencias. En especial, en los inicios de las ciencias, diferentes mapas generales de nuestra realidad fueron defendidos, y más tarde se comprobó que no eran correctos.
Esta es una de las virtudes de las ciencias, su capacidad para corregir. La palabra del científico no se parece en nada a la palabra de dios. El científico reconoce que se puede equivocar, dios no. La prepotencia divina, peculiar de los dioses, propicia que el creyente esté orgulloso de ellos; así como también propicia su ocaso, pues a medida que las ciencias van descubriendo la realidad, descubren a su vez la mentira y el engaño de los dioses. Algo que siempre ha mantenido en pie de guerra a estos dos grades adversarios.
Durante muchos siglos las religiones dominaron sobre las ciencias, y, después, especialmente en el mundo occidental, fueron las ciencias quienes dominaron sobre las religiones. Hace unos cuantos siglos ser científico podía suponer acabar en la hoguera, la investigación científica era un grave sacrilegio, el hombre no debía de atreverse estudiar la creación divina y poner en duda lo que dios había revelado a los hombres. Mas tarde, las perseguidas ciencias alcanzaron el poder y arremetieron contra las religiones. Su venganza fue terrible. En muchos países, apoyadas por el ateísmo, las ciencias arrinconaron a las religiones a pequeños reductos del ser humano. Negaron la existencia del dios que llevaba siglos reinando en nuestra civilización. Borraron del mapa científico al todopoderoso dios cristiano, creador de todas las cosas. Científicamente, dios no aparecía por ningún lado, por lo tanto no existía. En sus comienzos, las ciencias fueron estudiadas por una mayoría de individuos no creyentes que utilizaban a menudo sus descubrimientos para apoyar el ateísmo y atacar así a las religiones. Se llegó a creer que la victoria sobre la religión fue total, pero no fue así. Dieron por muerto a un enemigo al que todavía le quedaba mucha vida. Las creencias espirituales se atrincheraron en lo más profundo del ser humano, allí donde las ciencias no llegaban. Y hoy en día podemos observar como resurgen con fuerzas renovadas tanto en las religiones tradicionales como en las sectas.
Las ciencias celebraron demasiado a la ligera su victoria. Tan a la ligera que como se descuiden un poco pueden volver a ser derrotadas. La enorme proliferación de sectas y de creencias esotéricas en nuestra sociedad es señal de que nos espera una nueva ofensiva de creencias. En mi opinión esto ha sido debido a que los argumentos que la ciencia utilizó para atacar a la religión eran muy poco científicos. Estaban impulsados más por la venganza que por el riguroso minucioso estudio que debe de preceder a toda sentencia científica. Por ello urge iniciar un minucioso y profundo estudio del fenómeno religioso, al estilo científico, si queremos ver reforzada la razonable sabiduría del hombre y evitar regresar al oscuro pasado de las ciegas creencias. Nosotros lo estamos intentando en este libro.
Podemos aprovechar estos tiempos de pacifismo y de libertades en las sociedades occidentales, donde, por ahora, la convivencia pacífica entre estos dos grandes enemigos es prácticamente obligada. Ya nadie puede cortarle la cabeza a nadie porque crea en la ciencia o en la religión, las disputas se llevan a cabo intelectualmente, como lo hacen los políticos, en debates, que aunque puedan ser virulentos, también pueden ser fructíferos. El ateísmo científico ha llegado a reconocer que puede matar a dios, pero no puede matar la necesidad de divinidad que tiene el hombre; y las religiones reconocen que sus muchas verdades reveladas no son tan verdades. Incluso la persona religiosa que quiere maravillarse de la sabiduría divina en los descubrimientos científicos puede hacerlo, y la persona no creyente que desee estudiar el fenómeno religioso sin ver a dios por ninguna parte, también puede hacerlo. En nuestra sociedad occidental, las ciencias y las religiones conviven pacíficamente, aunque continúen siendo viejos oponentes y de vez en cuando se enseñen los dientes.
En los tiempos actuales, el pensamiento científico ya es patrimonio cultural del individuo medio, es parte de nuestra mente y de nuestra forma de pensar. A todos se nos enseña en las escuelas el método científico. Y, por otro lado, el viejo impulso religioso continua vigente en muchas personas, al que hay que sumar las nuevas tendencias espirituales o esotéricas. La religiosidad y la mentalidad científica han de convivir unidas queramos o no. Incluso se sospecha que puedan llegar a integrarse en un abrazo tan furibundos enemigos. Yo no oculto que albergo tal esperanza (en la ciencia ficción ya está sucediendo). Por mucho que se pronostique su imposibilidad y peligrosidad, intentar evitarlo sería retrasar lo que tarde o temprano tiene que ocurrir. La proliferación de sectas, en un mundo en el que reina el materialismo científico, es un síntoma de tal acercamiento. Y, a un nivel individual, muchas personas ―en las que me incluyo― viven en su interior este viejo conflicto entre religión y ciencia. Educado su intelecto para ser razonablemente científico, se han visto inmersas en una densa religiosidad, teniendo que soportar una dualidad en su interior tan en conflicto que muy a menudo han tenido que elegir a una tendencia y desechar la otra.
Las
ciencias, con su tremenda capacidad para realizar portentos, no son capaces de
llenar la dimensión espiritual humana. Algo
que es totalmente lógico, porque el sistema científico es materialista y todavía
no alcanza al espíritu. La
psicología es la única ciencia que se atreve a inmiscuirse en las dimensiones
espirituales. Es éste un
interesante punto de encuentro entre la ciencia y la espiritualidad.
Espero algún día cobre unas dimensiones mucho más importantes que las
que ahora tiene.
Hasta
ahora las ciencias no han sido capaces de saciar la sed de espiritualidad que
muchos seres humanos sentimos. Todos
aquellos que hemos decidido saciar la sed de nuestra alma, y somos admiradores
del rigor científico, hemos tenido que soportar la irracionalidad de los
diferentes caminos espirituales, hemos tenido que creer a ciegas para conseguir
un poco de agua celestial. Muchas
personas han decidido abandonar el rigor científico y sumergirse en la sin razón
de las realidades virtuales espirituales, mientras otros, como en mi caso,
continuamos negándonos a abandonar la lógica científica, a pesar de su
incapacidad para hacernos felices, y así nos mantenemos en el viejo conflicto
en la espera de algún día resolverlo.
Yo
apuesto por la fusión de estos dos grandes sistemas de pensamiento, aunque nos
lleve siglos; pues es algo que ya ha comenzado, las sectas tienen cantidad de
adeptos con rigurosa educación científica, y aunque a menudo su ciencia sea
derrotada por la creencia o viceversa, es inevitable que tarde o temprano se
vayan fundiendo. Este libro es un
intento de aproximación entre ciencia y fe, de hacer razonable lo irrazonable,
de reconciliar la fe con el intelecto, dentro de mis limitadas posibilidades
intelectuales, naturalmente. No me
puedo considerar una eminencia intelectual cuando me he pasado media vida
andando por caminos espirituales que me exigían dejar mi inteligencia en la
cuneta.
No
puedo disimular que sueño con que algún día encontremos un método científico
que nos permita vivir nuestra divinidad. Me
resisto a aceptar la imposibilidad de vivir la esencia sagrada sin abandonar la
inteligencia; aunque, hasta ahora, todo aquel que no abandona su razón y su lógica
apenas vive lo sagrado en una excelsa plenitud religiosa.
Esperemos que una revolución espiritual consiga otorgarnos a los
intelectuales la experiencia de lo divino sin necesidad de abandonar nuestra
adicción a hacer discurrir nuestro entendimiento.
CIENCIA-FICCIÓN
Y EXTRATERRESTRES
A pesar de que la fusión entre ciencia y religiosidad todavía no sea
posible en la realidad, en el mundo de la fantasía ―donde todo es
posible― las rigurosas ciencias pueden llegar a unirse con nuestras
inquietudes espirituales. En la
ciencia-ficción podemos imaginar grandes ilusiones científicas, deseadas o
temidas, a la vez que soñamos con grandes esperanzas espirituales.
Las obras de ciencia-ficción que alcanzaron un mayor éxito fueron las
que mejor escenificaron nuestras inquietudes interiores.
En un principio fue el miedo a la tecnología, o al mal uso de ella, lo
que llenó las páginas de las obras de ciencia-ficción; pero después fue
ganando terreno la victoria de los valores humanos al mando de sofisticadas
tecnologías de futuro. La ilusión
del poder del hombre sobre la máquina, del alma sobre la materia, y la
subordinación de la tecnología al servicio de los más altos valores humanos,
son sueños que nos permitimos hoy en día gozar en la ciencia-ficción.
Esta
nueva cultura científico-espiritual ha venido a llenar el hueco, en la dimensión
espiritual, en muchas de aquellas personas que abandonaron la religiosidad
tradicional. Gran parte del pueblo
ya no mira los designios de los profetas para prever el futuro de la Humanidad,
ahora es la ciencia-ficción quien muestra el destino del mundo en sus
diferentes versiones sobre el futuro, innumerables hipótesis fantásticas
basadas en probabilidades de acontecimientos científicos y espirituales.
La fantasía de la ciencia-ficción ha venido a sustituir en gran parte
de la población a la fantasía religiosa.
El hombre moderno es un gran consumidor de ciencia-ficción, ya sea en la
literatura o en la cinematografía. El
enorme progreso científico de las últimas décadas, y su gran influencia sobre
nuestras vidas, ha conseguido que se mire a la ciencia como un importante motor
de cambios futuros. La inmovilidad
de las tradicionales fuerzas religiosas, místicas o esotéricas, apenas puede
competir con el imparable crecimiento tecnológico.
Esto puede dar a entender que se está imponiendo un brutal materialismo
científico en la sociedad actual, pero, en mi opinión, nada más lejos de la
realidad. Aunque nos lleguemos a
sentir muy modernos porque hemos dejado en la cuneta a las viejas religiones, y
nos creamos muy alejados ya de ellas, en su esencia se están volviendo a
recrear precisamente en ilusiones de ciencia-ficción.
Si en este estudio estamos llegando a la conclusión de que las
realidades virtuales espirituales, donde se asientan las religiones, han sido
creadas por nuestros impulsos internos; cuando abandonamos una vieja religión,
sin ni siquiera haber reconocido los impulsos internos que la crearon, lo único
que conseguiremos, con toda probabilidad, es volver a crear otra nueva muy
parecida a la vieja.
Mientras no alcancemos un profundo conocimiento de nuestra totalidad,
todo parece indicar que lo más desconocido de nuestro inconsciente continuará
creando realidades virtuales espirituales.
El ateísmo científico que pareció iba a reinar en nuestro mundo no
cesa de perder poder. La mente
humana es capaz de crear esperanzas espirituales aun partiendo de la fría
realidad científica. En las
extensas lagunas de misterio de las ciencias, la mente espiritual es capaz de
anidar e incubar geniales creaciones de realidades virtuales espirituales.
La mayoría de los dioses y de las religiones dieron respuestas a las
grandes preguntas que siempre se ha hecho el ser humano.
La aparición de dioses creadores nos respondió a la pregunta de quién
o qué hizo el mundo y el universo. Pero
cuando las teorías evolucionistas empezaron a demostrar que todo lo que nos
rodea no fue creado por ninguna mano divina, la religiosidad tuvo que buscarse
nuevos argumentos para seguir creyendo en la
función creadora de sus dioses.
Las
ciencias no han cesado de minar la fe del creyente en los últimos siglos.
Pero el espíritu religioso es capaz de realizar portentosas creaciones
aun en los ámbitos que le son más hostiles.
Si bien es cierto que las ciencias minaron con su rigor matemático la
credibilidad en las viejas religiones, estas mismas ciencias han creado terrenos
donde se están asentando grandes circos del ilusionismo religioso.
El
sencillo cálculo de probabilidades astronómicas que nos muestra la gran
cantidad de planetas semejante al nuestro, que puede haber en el universo, nos
convence de que puede existir vida en otros planetas; en unos en un estado
primario, y en otros en un estado evolutivo superior al nuestro.
Este
sencillo cálculo le ha dado a nuestra mente religiosa una oportunidad
extraordinaria para crear realidades virtuales espirituales.
Igual que dios se generó en el pensamiento de que es imposible que todo
lo existente se haya hecho solo, estas nuevas creencias se justifican en el
hecho de que es imposible que estemos solos en el universo.
Nuestra capacidad creadora de fantasías virtuales tiene ahora en el
universo sobrados ingredientes para realizar sus creaciones.
Son millones y millones de mundos habitados los que puede haber en el
universo. Cualquier creación de un
mundo virtual puede caber en tan amplias expectativas.
Toda forma extraterrestre puede resultar creíble, nuestra imaginación
ha encontrado un filón sin fin, se pueden crear tantos mundos virtuales
extraterrestres como se desee.
El
fenómeno ovni, como toda realidad virtual espiritual, ha sido creado por
nuestros impulsos más profundos. Y
cuando esas pulsaciones psicológicas o espirituales cambian, si no se sellan
las creencias con férreos dogmas de fe, también cambiarán las características
de la realidad virtual espiritual en la que se crea.
Después de la segunda guerra mundial, cuando el terror todavía imperaba
en la mente de las gentes, los extraterrestres eran terroríficos; moldeados por
ese impulso interno dominante, venían a invadirnos, a destruir nuestro mundo.
La visión de los extraterrestres era espantosa, tanto como el espanto
que nos dejó en las venas la gran contienda bélica.
Pero cuando el miedo fue desapareciendo a lo largo de décadas de paz,
también fue desapareciendo el miedo a los extraterrestres, que acabaron siendo
tan feos como siempre pero mucho más bondadosos.
Incluso decididos a enseñarnos a evolucionar espiritualmente, profundo
anhelo de nuestro espíritu, también escenificado en la realidad virtual
espiritual ovni.
Resulta
sorprendente que haya sido la ciencia, vieja enemiga de la religiosidad, quien
haya plantado la semilla de la última gran religión universal en Occidente.
Los estudiosos del fenómeno religioso tienen una oportunidad
extraordinaria en la actualidad, en pocos años pueden observar como de la nada
surge una religión que se está extendiendo por toda nuestra civilización.
Es la realidad virtual espiritual más joven de nuestro tiempo.
Estudiándola podremos comprender cómo surgieron otras realidades
virtuales espirituales que gobernaron en amplias zonas del mundo en otras épocas.
La realidad del fenómeno ovni es semejante a la realidad del demonio o
de los ángeles, de los seres de la mitología griega o egipcia, de los entes
del espiritismo o de los innumerables dioses de la magia negra.
Y para quienes duden que estamos estudiando un fenómeno religioso, baste
observar la gran cantidad de puntos en común que el fenómeno ovni tiene con el
resto de religiones.
Toda
religión se considera el ombligo del mundo, y el creyente en ella la ve eterna
y origen de todas las cosas; y en las creencias extraterrestres no iba a ser
menos. Sus seguidores consideran
que las demás religiones no fueron sino desviaciones de la verdad
extraterrestre: Todos los fenómenos
paranormales de las otras religiones no fueron sino provocados por
extraterrestres, los ángeles son extraterrestres, la estrella de Belén fue una
nave extraterrestre, el profeta Elías se fue de este mundo en una nave
extraterrestre, todos los dioses mitológicos son extraterrestres, y los adornos
de los antiguos sumos sacerdotes y de sus dioses no son otra cosa que
sofisticados artilugios extraterrestres de tecnología muy avanzada, incluso los
sofisticados trajes de los mayas no dejan lugar a dudas de que son trajes
espaciales extraterrestres. Y así seguiríamos dando ejemplos de la enorme
capacidad de absorción que cada nueva religión tiene para absorber a las demás,
para demostrarse a su modo que el pasado histórico de la Humanidad fue
originado en su realidad virtual, en este caso extraterrestre.
El
fenómeno ovni ya se ha convertido en un fenómeno religioso de lo más normal.
Incluso su grado de desarrollo es ya tan elevado que ha empezado su
proceso de división. Sabemos que
las realidades virtuales espirituales, con sus dioses y demonios incluidos,
nacen, crecen, se reproducen y acaban muriendo.
Las creencias extraterrestres hace años que llegaron a ser adultas y ya
han iniciado su proceso reproductor diversificándose en varias vías
espirituales. Los videntes cósmicos
no cesan de descubrir nuevos mundos y nuevos personajes extraterrestres que se
dignan a ofrecer sus consejos a los ignorantes humanos y a convencernos de su
indispensable participación en la vida del universo.
Por lo tanto, no estamos hablando de una sola religión, son más bien
una amalgama de religiones con una misma base.
Como sucede en el cristianismo o en el budismo, el fenómeno ovni es la
base para multitud de creencias. Bajo
bandera extraterrestre existen multitud de religiones según el planeta con el
que se mantienen contactos o el gran gurú extraterrestre que le ha tocado en
suerte dirigir la vida de sus adeptos, infelices mortales terrestres.
Multitud de sectas se crean en torno a diferentes mundos extraterrestres,
las enseñanzas de más allá de las estrellas pueden ser tan variadas como
planetas con vidas más evolucionadas que la nuestra creamos que hay en el
universo. Y, como no tuvimos
dificultad en comunicarnos con los cielos para crear las religiones, ahora
tampoco tenemos ahora dificultad para comunicarnos con las más alejadas
galaxias.
El
fenómeno ovni se sustenta en los mismos fundamentos o percepciones paranormales
que lo hacen las religiones. La única
diferencia notable que se puede observar es que muchas de las viejas religiones
son creencias en hechos sucedidos en el pasado, y el fenómeno ovni es algo que
está sucediendo ahora; pero, si observamos el origen de esas religiones,
veremos que los hechos o vivencias que sucedieron en el pasado son muy
semejantes a lo que está sucediendo en la actualidad en torno al fenómeno
ovni.
Nuestros
intelectuales ni siquiera son conscientes en muchos casos de lo que está
sucediendo en torno al fenómeno ovni. Nuestra
ignorancia en torno a las pautas evolutivas del fenómeno religioso es enorme:
siglos y siglos de culturas impuestas por intereses de religiones en el poder
nos ha impedido ser objetivos a la hora estudiar aquello que lleva miles de años
gobernando sobre nosotros. Estamos
indefensos ante las sorprendentes evoluciones de la mente humana, religiosa en
este caso.
La
fascinante novedad del tema extraterrestre ha atraído a multitud de personas,
en especial a los jóvenes, sedientos de frescas creencias revolucionarias.
Pocos son conscientes de que esta nueva revolución cultural,
supuestamente venida de las estrellas, no viene de más allá de nuestra propia
mente. Las señales y las pruebas
de la existencia del fenómeno ovni, no son mayores que las pruebas y señales
que en los cielos se observaron en el pasado venidas de otras realidades
virtuales espirituales, de lo que nos quedó abundante constancia en las
diferentes historias sagradas. Los
llamados avistamientos, no son diferentes a las apariciones divinas, de ángeles
o de santos, o de la multitud de dioses o seres mitológicos; la única
diferencia es que ahora se aparecen en platillos volantes.
Los contactos con las apariciones son tan viejos como el mundo.
Incluso las aducciones fue algo típico en aquellos santos que fueron
elevados a los cielos para después ser traídos de regreso a la tierra.
Y no hablemos del morbo de los extraterrestres, cuando deciden copular
con nuestras mujeres terrícolas; las copulas de seres celestiales o infernales
con humanos también han sido siempre frecuentes en el pasado, y todavía se
producen casos en nuestro tiempo.
Como
podemos ver, del seno de la ciencia-ficción puede emerger modernas religiones
muy semejantes a las antiguas. Si
no deseamos caer en la religiosidad y disfrutar de la ciencia-ficción, es
necesario afinar el entendimiento para discernir cuándo estamos hablando de una
religión o de una creación fantasiosa literaria.
La línea entre ambas es apenas imperceptible, podemos cruzarla sin
darnos cuenta y meternos en una religión sin desearlo.
Para
que esto no suceda primero es necesario comprender por qué la ciencia-ficción
es terreno abonado para que de ella broten nuevas religiones.
La principal circunstancia que utiliza la mente humana para crear
realidades virtuales espirituales es la creencia popular de que cierta fantasía
pueda tener visos de realidad. Cuando
esto sucede en una cultura ya está plantada la principal semilla para que brote
una realidad virtual espiritual. Y,
en nuestra cultura, la ciencia-ficción es una fantasía a la que muy a menudo
se le atribuyen ciertos visos de realidad gracias a los ingredientes científicos
que sazonan estas modernas creaciones literarias.
Las verdades científicas son utilizadas descaradamente para dar realismo
a una ficción. Para evitar que la
mente humana siga creando realidades virtuales espirituales es necesario separar
la ficción de la realidad, dos conceptos irreconciliables que siempre ha
gustado mezclar a los creadores de fantasías literarias para dar una cierta
categoría de realismo a sus obras. Cualquier
caprichosa mezcla de realidad con la ficción a un nivel popular conlleva el
peligro de convertirse en una realidad virtual espiritual, en una creencia.
Y
el concepto de ciencia-ficción ya nos anuncia descaradamente la unión de la
realidad, científica en este caso, con la fantasía.
Algo que a poco que nos paremos a pensar es insostenible, imposible de
conseguir; porque, si una obra literaria es de ficción, no puede ser científica;
y, si es científica, no puede ser una fantasía.
La ciencia es todo lo opuesto a la fantasía, por lo tanto, una obra de
ciencia-ficción es una pura fantasía; en la ciencia no cabe la ficción.
En cuanto la fantasía penetra en la ciencia, ésta deja de ser ciencia.
La justificación de llamar a estas creaciones literarias con un título
tan contradictorio, supongo que vendrá porque muchas de ellas están basadas en
las expectativas de futuro que nos pueden deparar las investigaciones científicas.
Pero aun así hemos de tener claro que siempre se tratará de ficciones
de futuro. Vamos a dejar a la
ciencia en el lugar que le corresponde y a la fantasía donde ha estado siempre.
No es honesto utilizar la ciencia para dar seriedad a una obra de fantasía,
ni para intentar dar realismo a las fantásticas realidades virtuales
espirituales.
El
hecho de que sea imposible una alta culturización popular científica, debido a
tremendo esfuerzo intelectual que ello supondría a la mayoría de las gentes,
propicia que la mayoría de las personas sean incapaces de distinguir la ciencia
de la ficción. Esto lo saben los
dirigentes de las sectas, y lo aprovechan siempre que pueden.
No es infrecuente encontrarnos en sus folletos explicativos, o en sus
discursos, aquellos argumentos científicos con los que pretenden reforzar sus
doctrinas y darles cierto apoyo racional a sus
irracionales creencias.
Los
científicos que se pasan media vida investigando, devanándose los sesos en los
laboratorios, no salen de su asombro cuando, después de publicar sus últimos
descubrimientos, al poco tiempo les llega la noticia de que su trabajo está
siendo utilizado para reforzar ―sin justificación científica
alguna― las más extrañas creencias esotéricas.
Esto
no es jugar limpio, es otra de las facetas que puede adoptar el gran fraude
espiritual. Es una descarada forma
de aprovecharse de la ignorancia científica del pueblo.
Es aconsejable desconfiar de los argumentos científicos con los que se
pretende reforzar las creencias. Cuando
la ciencia entre en una creencia, está dejará de ser una doctrina, se
convertirá en una ciencia conducida por científicos, y dejará de ser una fe
encauzada por predicadores.
Resumiendo:
cuando observemos que se intentan mezclar a las ciencias con las creencias, con
los fenómenos esotéricos ―incluidos los ovnis―, o con cualquier
tipo de ficción, es conveniente reconocer que ese tipo de mezclas no se pueden
dar nunca, por lo que es recomendable desecharlas, o sencillamente considerarlas
lo que son: fantasías, creaciones de nuestra mente fantástica.
Y
al decir esto no quiero quitar importancia a capacidad de disfrutar de la fantasía
que tenemos los seres humanos. No
hay por qué avergonzarse de fantasear, nuestra imaginación puede realizar
creaciones extraordinarias, los misterios de nuestro mundo dan todavía para
muchas fantasías; lo que es inadmisible es considerarlas reales o pretender
convertirlas en ciencia. Podemos
incluso disfrutar de ellas, siempre sabiendo que se trata de ficciones.
Cuando hemos comprendido que nunca pueden unirse la ficción con la
ciencia, podemos disfrutar de ambas sin graves equívocos.
Las
fantasías nos permiten obtener vivencias imposibles de conseguir de otra
manera. La imaginación del hombre
puede crear mundos fabulosos con los que podemos soñar, la ficción nos puede
hacer gozar de dimensiones ocultas en nuestro interior; no veo por qué no
podemos disfrutar de ello siempre que sepamos que se trata de una fantasía.
La gran mentira de las fantásticas realidades virtuales espirituales es
que se presentan como reales, si los creyentes en ellas las viesen como fantasías
de la mente humana no esconderían los graves peligros de fanatismo que
esconden. En toda fantasía se
pueden mostrar el bien y el mal humano, los impulsos creadores y destructores
del hombre. En la ficción podemos
observar nuestros impulsos más ancestrales e incluso vivirlos sin temor cuando
somos conscientes que los estamos evocando utilizando la imaginación.
Los
grandes éxitos literarios y cinematográficos de ciencia-ficción o de
cualquier otro tipo de fantasía han sido aquellos que mejor nos mostraron
nuestros grandes temores y esperanzas. En
este capítulo estamos denunciado el peligro y el engaño que en el mundo de las
sectas podemos padecer respecto a la ciencia-ficción, y en especial respecto al
fenómeno ovni. Pero la mayoría de
las personas sabemos que cuando estamos contemplando una película de
ciencia-ficción estamos viendo una fantasía.
La mayoría de los espectadores de E.T. o de la Guerra de las galaxias
sabíamos que se trataban de fantasías. Aunque
podamos observar a extraterrestres genialmente escenificados en la pantalla, no
creemos que existan, sabemos que se trata de ficción.
Lo que no nos impide vivir los sentimientos que nos evocan, emociones que
surgen de nuestras profundidades.
La
trama principal de los grandes éxitos de ficción gira en torno a la lucha
entre el bien y
el mal que padecemos los humanos desde nuestros orígenes.
En toda realidad virtual espiritual también esta ancestral lucha se
escenifica, con la diferencia de que los creyentes creen que los actores que la
representan son reales.
Los
millones de espectadores de la Guerra de las galaxias pudimos sentir vibrar
nuestras propias pulsaciones internas, sin necesidad de creer que los personajes
de la película eran reales. La
fantasía fue capaz de hacernos sentir a muchos de nosotros, miembros de una
civilización tan fervorosa del todopoderoso dios, que éramos capaces de sentir
como nuestro el poder de una fuerza divina sin dios alguno de por medio.
Pudimos soñar vencer al mal sin ayuda de ningún dios.
Fue un paso para empezar a asumir que la divinidad que proyectamos en los
dioses es nuestra. Aquella trilogía
cinematográfica también nos enseñó que podríamos seguir el camino del
reverso de la fuerza, y vivir en sintonía con un poderoso mal sin demonios de
por medio. Fue otro paso para
empezar a asumir que el mal que proyectamos en los demonios también es nuestro.
Vamos
a soñar despiertos, evocando el gozoso final de aquellas obras de fantasía en
las que el mal vence al bien, mientras continuamos caminando en nuestro paseo
por el interior de las sectas, penetrando poco a poco en nuestro lado oscuro.
¡Que la fuerza nos acompañe!
LAS INICIACIONES
Sin riesgo a equivocarnos, podríamos decir que las iniciaciones son los rituales más importantes del mundo de las sectas. En ellos se condensa lo más exquisito y poderoso de la atmósfera sagrada que los dirigentes, los grupos o las religiones, son capaces de generar. Habitualmente provoca en el acólito un impacto emocional causado por algún tipo de percepción extrasensorial, aunque en muchos casos se llegan a realizar rituales de iniciación que son meros formalismos sin apenas vivencias extraordinarias. Lo más habitual es que en tan importantes rituales se provoque la videncia gracias a la borrachera mística, y se inicie al discípulo en la maestría de contactar con las realidades virtuales espirituales ―en las que se crea― y en sus personajes.
Las iniciaciones son tan viejas como el mundo. En las tribus son los rituales de iniciación los que marcan las diferencias entre sus miembros. Es a través de un ritual cómo el niño se convierte en hombre, y cómo el hombre se convierte en cazador o en guerrero. Hasta que nuestra civilización no separó el sexo y la violencia de lo sagrado, nuestros antiguos ―y en actuales tribus sin civilizar― incluían en sus iniciaciones religiosas tanto a la sexualidad como a la violencia, dos importantes pulsaciones en todo ser vivo, en las que los seres humanos podemos ser iniciados. Aunque, si no tenemos maestros que nos inicien en esas lides, nosotros solitos nos iniciamos de todas maneras. Nuestras primeras vivencias sexuales ―por ejemplo― marcan nuestras preferencias en la búsqueda del placer. Y las iniciaciones espirituales marcan el futuro por donde vamos a caminar espiritualmente en la vida. Esto nos puede dar una idea de la importancia de las iniciaciones en la vida espiritual del hombre. Una fantasía sexual vivida en los inicios del despertar de la sexualidad, será una fantasía que nos proporcionará una intensa vivencia durante toda nuestra vida. Y una fantasía espiritual, como puede ser sentir la presencia de un dios y su realidad virtual particular, vivida en los inicios del despertar de la conciencia a la divinidad, será una fantasía que nos proporcionará vivencias espirituales de por vida.
Para que nos hagamos una idea de la importancia de las iniciaciones y del elevado grado de adicción que generan, no tenemos nada más que observar