La experiencia de lo sagrado
estimula multitud de sensaciones positivas y de aportaciones creativas. Mientras no se entra en contacto con nuestro
lado oscuro, con la maldad de los infiernos, la alegría y el amor que se pueden
llegar a experimentar son desbordantes.
El místico puede vivir sumergido en una fiesta de devoción amorosa, de
amor correspondido; una fiesta donde la música y la danza tienen un importante
protagonismo. Un ascenso a los cielos
suele permitir escuchar la música celestial y observar la danza de los
ángeles. Es indudable que, aparte de
los peligros que esconde toda experiencia extrasensorial, la vivencia de lo
sagrado puede transportarnos a un tipo de realidad donde se pueden alcanzar
cotas de felicidad insospechadas.
Uno de los ingredientes básicos de
toda atmósfera sagrada es la armonía, y, como consecuencia de ella, la
musicalidad. Por supuesto que existen
diferentes grados o texturas de armonización, lo que induce diferentes estados
felices de plenitud, de perfección, y, por lo tanto, diferentes grados de
musicalidad en las diferentes atmósferas sagradas. Goces que han sido siempre privilegio de los grandes místicos,
conseguidos a base de grandes esfuerzos, sacrificios y mortificaciones; estados
de felicidad vetados para las personas normales. La alta sensibilidad mística permite escuchar la armonía
celestial, la música de los cielos, los felices sonidos que vive toda alma
elevada a las altas cotas de la espiritualidad.
Sin embargo, en la actualidad, los caminos
espirituales más vanguardistas, se esfuerzan por traernos el cielo a la tierra
a todos aquellos que nos somos capaces de volar tan alto; intentando hacernos
sentir las grandes sensaciones celestiales, sin pedirnos ―aparte de
nuestro dinero― grandes sacrificios ni martirios. Y para conseguir insuflar las delicias
celestiales a los profanos, lo hacen trayéndonos el cielo a la tierra por
partes, para que no tengamos dificultad en digerir las vivencias sagradas, algo
que resulta mucho más fácil que intentar hacerlo por completo. Además, se presupone que si se vive alguna
propiedad del cielo imaginado, como escuchar sublimes composiciones musicales,
las otras facultades celestiales emergerán por simpatía. Se trata de intentar vivir con nuestros
sentidos las sensaciones que deberíamos de vivir con los sentidos del
alma. Una imitación que da algunos
resultados; pero, como toda imitación, no es igual que lo auténtico.
El glorioso objetivo de conseguir lo
sublime viviendo una imitación ―musical en nuestro caso― casi nunca
se consigue. Los intentos se suelen
quedar en ciertas elevaciones temporales del grado de felicidad. Las oscuras y pesadas facetas humanas, que
se ignoran en el intento de dar el gran salto, impiden conseguir la permanencia
en las alturas; aunque en momentos se consiga volar muy alto. Incluso el tirón hacia abajo puede ser tan
fuerte que es muy fácil acabar estrellados en suelo, quedándonos peor que antes
de empezar la aventura celestial, por intentar imitar un vuelo cuando todavía
no se sabe volar. Es la típica
frustración de todo aquel que intenta conseguir un atajo que no lleva a ninguna
parte.
De todas formas, estos métodos
oportunistas, aunque no concedan una permanencia feliz por mucho tiempo en los
limbos celestiales, consiguen tentar en ocasiones a la persona, convenciéndola
de que se puede aumentar la permanencia en esos estados felices sin grandes
esfuerzos.
Escuchar las composiciones de música
espiritual es uno de los más importantes de estos prometedores métodos. Presente en casi todos los rituales de la
antigüedad, aquella música se vivía como una consecuencia de lo sagrado, en su
esencia original. Sin embargo, hoy en
día se nos intenta convencer de que la vivencia sagrada nos vendrá de escuchar
composiciones espirituales. No se nos
presenta la música espiritual como consecuencia de lo sagrado, mas bien se nos
presenta lo sagrado como consecuencia de ella.
Tanto es así que la música se ha convertido en una gran invitada de
todos los modernos caminos de realización, su presencia en toda atmósfera
sagrada ayuda a elevar el alma y llena de júbilo al creyente que incluso puede
bailar gozoso al son de esas composiciones.
El trato que en muchas ocasiones se le da a la música es semejante al de
una diosa, se le considera una gran mediadora entre el cielo y la tierra, una
herramienta fabulosa para transportarnos a la felicidad mística; una
panacea. Un sagrado recurso material:
música espiritual, para oírla con los oídos del cuerpo, para todos aquellos que
todavía no somos capaces de oír la música celestial, esa que se oye con los
oídos del alma.
Y si bien es cierto que la mayoría
de las composiciones de música espiritual fueron creadas para elevar el
espíritu, también es cierto que han de darse otras condiciones para que cumpla
su cometido. La música por sí misma
apenas tiene el poder de elevarnos que se le atribuye. Lo que convierte a una música en espiritual
es el ingrediente sagrado que ha de aportar el individuo o grupo de individuos
que la escuchan, la música en sí apenas contiene dicho ingrediente, en un
noventa por ciento lo tiene que aportar la actitud del oyente. Una obra de elevada espiritualidad, si es
escuchada mientras se piensa en los problemas que hemos tenido en la jornada
del trabajo, probablemente se convierta en algo que nos está molestando en vez
de algo que nos transporta a un estado feliz.
El fluir de lo sagrado habrá de estar unido a la música espiritual para
hacernos vivir una experiencia inefable.
Habitualmente se cree que no es así, y se pretende que la música nos
aporte el mismo estado feliz que conseguimos cuando reunidos en hermandad,
practicando rituales religiosos y respirando una densa atmósfera sagrada, nos
vimos transportados al séptimo cielo escuchando esa gran obra musical. No existe tal música celestial, es nuestra
vivencia interna la que la convierte en espiritual. Cualquier tipo de música puede llevarnos al cielo (no hay nada
que nos impida bailar con los ángeles al ritmo del rock).
Cierto es que existen ciertos grados
o calidades de músicas espirituales.
La música clásica tiene una gran espiritualidad, así como las
composiciones religiosas tanto orientales como occidentales. Se asegura por los pasillos sectarios que
las obras más sublimes de la música son copias de la música que suena en los
cielos, pues los grandes compositores no hicieron otra cosa que dignarse a
escribir aquello que oían en su interior con sus oídos del alma. Con argumentos semejantes ¿quién se atreve a
dudar que la música es un poderoso elixir celestial?
Los instrumentos también parecen imprimir, unos
más que otros, espiritualidad a las composiciones. Sutiles flautas llenan de música muchas de las atmósferas
sagradas orientales, las trompetas celestiales parecen ser el instrumento
favorito para mostrar la gloria de los cielos de muchas realidades virtuales
espirituales, y los tambores del chamanismo, aunque nos parezcan menos sutiles,
también nos hacen vivir en sus rituales profundas fuerzas de nuestro
espíritu. Y lo más novedoso, tanto en
instrumentos como en composiciones, lo tenemos en la música de la nueva
era. Intentos de aproximarnos a las
exquisiteces melódicas del alma.
Modernas creaciones emergidas de atmósferas sagradas contemporáneas en
unos casos, y en otros, sin casarse con creencia alguna, se anuncian como
creaciones que nos pueden hacer sentir lo más exquisito de nuestra propia
alma. Sin embargo, insisto en que la
música espiritual, por sí misma, sin que el oyente respire un mínimo de
atmósfera sagrada, no puede cumplir el principal cometido para el que fue
creada.
Para hacernos una idea de lo que
quiero decir, vamos a recordar esas canciones que sonaron en los momentos más
maravillosos de nuestra vida, instantes sagrados inmersos en nuestra propia
divinidad, como por ejemplo: cuando estábamos bailando con esa persona con la
que vivimos un gran amor. Cada vez que
escuchemos esa canción podemos sentirnos contagiados de aquello que nos
evoca. Pero hemos de tener esa predisposición
de desear volver a recordar; y a otra persona puede no decirle absolutamente
nada dicha melodía. En este ejemplo
sucede algo muy similar a lo que ocurre con la música espiritual, no es la
composición en sí la que nos transporta a ese cielo, es la unión de nuestra
actitud espiritual con la composición lo que produce la alquimia mágica; no es
el sonido, sino nuestra aportación de lo sagrado unida a él lo que nos hace tan
felices.
Y de la
misma forma que se vende música romántica, sin que ello nos garantice ser
transportados a nuestros momentos más felices, no esperemos que comprándonos
todas las composiciones de música espiritual, que se anuncian como tal, vamos
conseguir elevados estados de conciencia sin aportar nosotros el ingrediente
básico que la convierte en espiritual.
No nos dejemos engañar. Si
deseamos disfrutar de la música espiritual, adelante; pero no la convirtamos en
una panacea. Ella, sin nuestra
aportación de lo sagrado, no es más que un vulgar ruido en ocasiones.
Recordemos el cantar de los mantras,
sonidos que nos prometen llevarnos al cielo, utilizados como puente con la
divinidad por innumerables vías de realización espiritual; y no son otra cosa
que machaconas canciones repetidas hasta la saciedad, repeticiones reiterativas
de frases, de palabras o de sílabas, entonadas rítmicamente durante horas y horas,
durante días y días; durante toda la vida para quienes creen en ellos como
puente indispensable entre el cielo y la tierra. Y para el no creyente en la magia de esos sonidos, no son otra
cosa que molestos ruidos insoportables.
A la hora de escuchar en el domicilio de una
familia uno u otro tipo de música, se produce un típico conflicto generacional
cuando los miembros más jóvenes ponen sus equipos musicales a un poco más alto
de lo que los mayores aseguran soportar.
Molestias que no siempre son debidas a la potencia sonora, sino más bien
al gusto de cada uno, pues cuando los mayores ponen la música, que a ellos les
gusta, la suben de volumen tanto o más que sus hijos.
Las composiciones que para una generación son
sagradas, evocadoras de momentos sublimes, para otra son ruidos sin
sentido. Los éxitos superventas que
sonaron en las épocas más gloriosas de nuestra vida son diferentes a los
superventas que suenan hoy en día en los momentos más gloriosos de la eufórica
juventud de nuestros chavales. Esta
incompatibilidad de gustos es la principal consecuencia de los conflictos
hogareños a la hora de escuchar la familia una música u otra. Los insultos como: la música del demonio de
nuestros hijos; o lo que los jóvenes llaman: la música de los carrozas, no son
nada más que ataques defensivos de unos sonidos que son ya una íntima parte de
nuestra vida; actitudes que provocan un distanciamiento generacional nada
recomendable para la convivencia.
En algunos círculos esotéricos se
afirma que existen sonidos demoníacos.
Las composiciones de heavy metal cargadas de rabia, de cólera, de enloquecimiento y de drogas, envueltas en
atmósferas siniestras, son calificadas por los puros del alma como creaciones
del demonio. Y quienes asisten a esos
conciertos punk o de rock duro son siervos de Satanás. Los miembros de estos grupos musicales son
considerados gurús del mal, y sus seguidores fanáticos miembros de sectas
demoníacas.
En mi opinión, estas opiniones no son sino
consecuencia del puritanismo espiritual pacifista que invade muchos de los
caminos espirituales y a nuestra civilización en general. No vamos a negar que la música con un alto
grado de violencia parezca estar alejada del ingrediente básico de la paz de
una atmósfera sagrada de calidad; pero me atrevería a afirmar que no existe en
este mundo atmósfera sagrada perfecta, todas cojean de una pata o de otra. No podemos criticar las imperfecciones de
quienes eligen ciertas vivencias gozosas de dudosa perfección, cuando todavía
no hemos sido capaces de encontrar la vivencia gozosa perfecta. En capítulos posteriores hablaremos del lado
oscuro humano, de ese que no quieren ver, ni oír, ni hablar de él los puritanos
del alma porque hace muchos siglos que lo arrojaron a los infiernos. Nuestros jóvenes amantes de la música
violenta no hacen sino vivir más sinceramente la realidad humana que los
culturetas del espíritu no hacen sino ocultar.
Si bien es cierto que en esos conciertos hay violencia, imperfección
humana según los conceptos perfeccionistas del espíritu, también es cierto que
hay alegría, amor y fuerza de juventud, e incluso éxtasis.
El distanciamiento entre generaciones viene
reforzado porque mientras algunos adultos consideran a los jóvenes como
seguidores del demonio, muchos jóvenes nos consideran a nosotros como falsos
puritanos, hipócritas de la existencia, defensores del bien a ultranza mientras
vivimos con el mal en las entrañas.
¿Existe alguna diferencia entre los violentos conciertos del heavy metal
y los candorosos coros celestiales del medievo, que tanto nos gustan escuchar
hoy en día a muchos de nosotros, cuándo estos servían para arengar a las tropas
antes de iniciar las santas cruzadas?
¿No son más espirituales esos conciertos de rock duro que esos dulces
cánticos de ángeles que llenan el alma de quienes después se dedican a clavar
puñales por la espalda?
En
fin, el drama de las grandes contradicciones humanas tiene infinidad de
matices. Dejemos la sinceridad
transcendental para otros capítulos más profundos. Olvidemos la sincera violencia de muchos de nuestros jóvenes, y
volvamos a regodearnos escuchando creaciones de gran belleza, sublimes cánticos
celestiales, melodiosas oraciones, invocaciones musicales, plegarias, alabanzas
y agradecimientos, glorias y aleluyas dirigidos a los cielos o a los dioses que
se adoren.
Creaciones musicales de una exquisita belleza
son utilizadas por muchas vías religiosas para estimular y evocar en sus
seguidores las grandes maravillas de la espiritualidad. Algunas vías consideran a la música como
ingrediente indispensable para evolucionar espiritualmente, y trabajan
principalmente, o exclusivamente, con la música en sus ejercicios
espirituales. Llegué a conocer a un
importante gurú indio, mujer en este caso, que no daba otra instrucción a sus
devotos para alcanzar el cielo que la de estar cantando y bailando, y puedo
garantizar que aquellas canciones, bailadas en comunidad, provocaban auténticos
éxtasis de felicidad. Si a una
atmósfera sagrada de calidad le añadimos una buena música y la danza, viviremos
un baile celestial envidia de los ángeles.
(Exagerando un poco).
Llegué a conocer otra vía espiritual ―de
moderna creación― que después de hacer un estudio muy serio de la
evolución histórica de la música, y un minucioso análisis de las composiciones
musicales ―en especial de la música clásica―, propone como método
de evolución espiritual el imbuirse en las grandes obras a base de escucharlas
reiteradamente y profundamente, de vivirlas y de sentirlas incluso físicamente,
realizando movimientos acordes con las sinfonías, como si de una danza
celestial se tratara.
La música como manifestación física
de la armonía celestial, y la danza como el resultado espontáneo de tal
vivencia. Bailando con los dioses. Danzas prehistóricas recordadas en la macumba,
en el vudú y por los tambores de los chamanes.
Inmortales mediadores, como Krisna, que descienden de los cielos para
bailar con sus devotas. Derviches
danzantes como peonzas embriagados por las gracias de su dios. Bailes sagrados que emborrachan de elixires
a quienes los disfrutan. Danzantes
esotéricos que desnudan su alma poco a poco, en un fascinante strip-tease
espiritual, con la sola intención de seducir a su dios amado y conseguir una
noche de amor con él. Devociones
arrebatadoras, casi físicas, vividas al son de la música y de la danza.
No voy a ocultar que me encanta escuchar esas
composiciones que me acompañaron en los momentos celestiales más importantes de
mi vida. En unos casos en compañía de
la mujer amada de un tiempo pasado, y, en otros casos, cantos devocionales
vividos en hermandad, respirando exquisitas atmósferas sagradas, cantos
gloriosos de amor espiritual, inefables, exquisitos, coros de devotos cantando
al gran amor místico de su vida, música llena de gloria, impregnada de los
elixires sagrados que traen mis recuerdos.
Corales que me complazco en escuchar.
Mas siempre he de realizar ese esfuerzo, o
tener esa predisposición, para evocar la felicidad que viví cuando sonaron esas
creaciones musicales. Y soy consciente
de que al vecino le puede estar molestando los ruidos de las glorias que yo
estoy viviendo. Y al decir esto vuelvo
a insistir en que no es en la música donde están las glorias musicales que
nosotros vivimos. Nuestras vivencias
espirituales están en nosotros mismos, la gloria de las composiciones musicales
radica en la gloria de nuestra propia divinidad.
Es típico en toda secta que, a la salida de sus
programas públicos, haya unas mesas o un chiringuito donde venden, junto con
sus estampitas, grabaciones musicales de las composiciones que ellos usan en
sus rituales. Y es habitual que el
visitante se sienta tentado a comprar esa música que le elevó el alma en alguna
de las sesiones públicas de la secta.
Muy a menudo nos la venderán como una auténtica música celestial. Entonces conviene recordar que nos podrán
vender una música, pero que lo celestial no nos lo pueden vender, eso es algo
que tendremos que poner nosotros.