Nunca los
individuos hemos tenido acceso a tal variedad de vías espirituales como ahora
lo estamos teniendo en los países desarrollados. Esta era de la abundancia nos ofrece una libertad de elegir el
tipo de alimento para el alma semejante a la libertad de elección que uno tiene
para alimentar el cuerpo. Si
antiguamente el pueblo tenía que conformarse frecuentemente con pan y agua para
alimentarse ―cuando no se estaba muriendo de hambre―, ahora sólo tenemos que visitar un
supermercado para observar que la abundancia y la libertad de elección alcanza
proporciones extraordinarias. Cada
persona puede alimentarse con aquello que se le antoje y considere que le
sienta bien para su organismo. Y
hablando del alimento espiritual sucede algo semejante: la variedad de los
caminos espirituales que podemos escoger es cada día mayor, pues constantemente
se están creando nuevas formas de tratar nuestras dimensiones ocultas.
La gran
diferencia en el abastecimiento de un alimento o de otro radica en que no
tenemos supermercado espiritual donde dirigirnos para adquirir aquello que
deseamos, no disponemos de ricas estanterías donde se exponga toda la variedad
que existe en el mercado, no podemos comparar precios, calidades ni cantidades;
y si a esto añadimos que las organizaciones de consumidores no incluyen en sus
estudios este tipo de productos, resulta obvio que el consumidor de productos
esotéricos está muy desatendido en comparación con los consumidores de otros
productos.
Solamente en las
librerías encontraremos gran variedad de libros que nos hablen de estos temas,
de hecho es la única fuente de información decente que tiene el aficionado al
esoterismo para llegar a conocer toda la gama de ofertas espirituales; pero
puede resultar agotador tenerse que leer todos los libros necesarios para
obtener una visión equilibrada y profunda.
Recordemos que la mayoría de los textos son folletos propagandísticos,
ediciones realizadas por las propias sectas con la primordial intención de
crear nuevos adeptos, donde se exaltan los supuestos beneficios que uno
obtendrá ―si se introduce en la secta― y donde se ocultan las
dificultades y problemas con los que se encontrará. Y, por otro lado, de un tiempo a esta parte, han ido apareciendo,
en oposición a estos textos, otros, no menos extremistas, que pintan todo el
universo de las sectas más negro que el carbón, exagerando en plan negativo lo
que los otros exageran en plan positivo.
Así que el lector lo tiene muy difícil para saber qué le ofrece
realmente cada secta, cual es su precio y los riesgos que va a correr.
Por ello,
habitualmente, no es ese tipo de información el que le conduce a uno a
introducirse en una secta. La mayoría
de las veces se trata de una información transmitida por otro sectario: persona
entusiasmada que consigue contagiar su euforia a quien está recibiendo la
información, convenciéndole de que aquello es lo que necesita, lo que está
buscando. De tal forma que uno acaba
aceptando la oferta, no porque sea lo mejor para él, sino porque no le
ofrecieron otro producto que se adaptase mejor a sus necesidades.
Como podemos ver es
un mercado difícil, al que podemos añadirle ―para empeorarlo― una competencia muy
desleal: El producto que cada cual vende es inmejorable porque lleva el
auténtico sello divino, y porque lo que ofrece la competencia es una auténtica
porquería muy dañina para la salud, además de llevar un sello divino falso,
claro está.
Este tipo de
agresividad competitiva, si bien es verdad que en ocasiones no resulta tan
extrema, en el fondo casi siempre la llegamos a descubrir tal y como la estamos
presentando: brutal. Por mucho que se presuma
del respeto a las libertades humanas en los ambientes espirituales, la
competencia entre creencias religiosas, entre sectas, es sumamente
agresiva. Baste observar la
intransigencia de cada religión con el resto de religiones a lo largo de la
Historia, para hacernos sospechar que en otro tipo de asociaciones esotérico
espirituales no va a resultar muy diferente.
Prueba de ello es que el mercadillo espiritual no lo encontramos en la
calle del mercado central o en galería comercial alguna. Los tenderetes de venta se dispersan por la
superficie de cada una de nuestras ciudades, evitando toda vecindad con la
competencia.
Existen excepciones a
esta norma general: en los recintos feriales de algunas grandes ciudades se
reúnen de vez en cuando multitud de videntes, astrólogos, expertos en ciencias
ocultas, parapsicólogos, curanderos, sanadores, y expertos en todo tipo de
terapias alternativas, mostrando su producto al público, y mostrándose, de
paso, los dientes entre ellos; no es difícil descubrir a algún ocultista
protegiendo su stand como puede y sabe del mal de ojo que según él le hecha la
competencia excesivamente próxima. Esta
“sana” convivencia, aunque haya males de ojo de por medio, es todo un logro. Mas conviene aclarar que los vendedores de
este tipo de mercados son de la línea blanda, pertenecientes al movimiento
esotérico llamado de la nueva era, mucho más tolerantes que los viejos
vendedores de la línea dura, los cuales nunca entrarían a formar parte de
semejante mercadillo, pues cada uno de ellos se considera poseedor de la única
verdad divina, y en vez de echarse un mal de ojo se echarían veneno en sus
bebidas. ¿Cómo podría existir un
mercado de ofertas espirituales si cada uno de los vendedores considerara a
todos los demás demoniacos charlatanes embaucadores?
Los medios
informativos realizan auténticos esfuerzos para aclarar todo este turbio
enmarañado de ofertas totalitarias. Los
debates entre partes enfrentadas es una aceptable forma de ofrecer al público
una información equilibrada. Pero ese
tipo de reuniones públicas resulta muy difícil de conseguir, cuando no
imposible. La intransigente parte
sectaria habitualmente se niega a enfrentarse a sus detractores; huyen de ellos
como si del diablo se tratara, porque todo detractor de la secta es
precisamente eso, un demonio, pues sólo la encarnación del mal se atrevería a
oponerse a la voluntad divina, de la que, por supuesto, ellos son los únicos
portavoces.
Cada una de esas
sectas calificará de infernal este libro porque no le damos la razón a ella en
particular. ¿Quién se atreve a
sentenciar cual de ellas lleva la razón divina? Si nos inclináramos por darle la razón a una de ellas, las otras
se arrojarían sobre nosotros como fieras.
Cuando se decide caminar por el mundo de las sectas, uno ha de acostumbrarse a tratar con este tipo de actitudes “espirituales”. Creo que habremos de esperar bastante tiempo hasta que el mercadillo espiritual de nuestros días alcance el grado de madurez competitiva y de tolerancia que hemos alcanzado en el ámbito económico y político en los países desarrollados. Mientras tanto, la persona buscadora hará bien en no prestar oídos a semejantes descalificaciones si tiene decidido llegar a conocer todas las ofertas del mercado.