PRIMERA PARTE    Volver al Indice

 

ÍNDICE

 

PRESENTACIÓN                                                     

UN SISTEMA DE AGRUPACIÓN MILENARIO

CAUSAS DE LA CLANDESTINIDAD

LA MALA PRENSA

LA EVOLUCIÓN DE LOS DIOSES

LAS SECTAS Y LA POLÍTICA

LA ETERNA BÚSQUEDA DEL PARAÍSO PERDIDO

EL MERCADILLO ESPIRITUAL DE NUESTROS DÍAS

LAS OFERTAS ESPIRITUALES

LA ERA DE ACUARIO

LA RELACIÓN CALIDAD-PRECIO

LA LIBERTAD DE ESPÍRITU

CÓMO ENTRAR Y PERMANECER EN UNA SECTA

CONSUELO PARA LOS DESENCANTADOS DE LA VIDA

EL TURISMO 

CREER O NO CREER, DOS EXTREMOS DE UNA VARIABLE

LA EXPERIENCIA MÍSTICA Y EL FANATISMO

EL RACISMO SECTARIO

EL ATEÍSMO

LAS FINANZAS

EL DUDOSO SIGNIFICADO DE LA TERMINOLOGÍA ESOTÉRICA

LA ALIMENTACIÓN

EL AYUNO

RENACER A UNA NUEVA VIDA

DIFERENTES FORMAS DE MEDITAR

LOS CHACRAS

EL YOGA

LA RELAJACIÓN

LA VISIÓN

LA PERCEPCIÓN EXTRASENSORIAL

PERCEPCIONES EXTRASENSORIALES EN HERMANDAD

LA ATMÓSFERA SAGRADA

LAS REALIDADES VIRTUALES ESPIRITUALES

LA TRANSMUTACIÓN DE LAS ENERGÍAS

LA ASTROLOGÍA

EL YIN Y EL YANG, EL KI Y EL PRANA

INTENTOS UNIFICADORES

DIFERENTES FORMAS DE INTENTAR LLEGAR A DIOS

LOS MEDIADORES

EL GRAN FRAUDE ESPIRITUAL

LOS GURÚS

LA CREACIÓN DE MITOS

JESUCRISTO

EL PECADO, LA CULPA Y EL KARMA

LA POBREZA Y LA RIQUEZA

EL SERVICIO A LOS DEMÁS

FORMAS Y COLORES

LA MÚSICA Y LA DANZA

ABRAZOS BESOS Y CARICIAS

LA DROGADICCIÓN MÍSTICA

LA REVOLUCIÓN ESPIRITUAL

CON O SIN RAZÓN

RELIGIÓN O CIENCIA

CIENCIA-FICCIÓN Y EXTRATERRESTRES

LAS INICIACIONES

LOS INDICADORES DEL RUMBO

SECTAS DESTRUCTIVAS

EL LAVADO DE CEREBRO

LA DESPROGRAMACIÓN

LA RUPTURA DE LAZOS EMOCIONALES

CAMBIOS EN LOS VALORES ESPIRITUALES

LAS TOXICOMANÍAS

LA SANACIÓN

EL EXORCISMO

LAS MEDICINAS ALTERNATIVAS

LA REENCARNACIÓN

EL DESTINO

LAS ARTES ADIVINATORIAS

LOS PODERES SOBRENATURALES

MAGIA BLANCA Y MAGIA NEGRA

EL SEXO

CASTIDAD O PROMISCUIDAD

EL TANTRA O LA ALQUIMIA SEXUAL 

LAS TRAICIONERAS PASIONES                    

LA VIOLENCIA Y EL INSTINTO DE MUERTE

EL PACIFISMO

SECTAS TERRORISTAS

LA PACIFICA DEMOCRACIA

TERRORISMO POLÍTICO

MENSAJES DEL MÁS ALLÁ

REVELACIONES PUBLICADAS

LAS PROFECIAS

EL FRACASO DE LOS MENSAJES APOCALÍPTICOS

LAS SEMILLAS DEL SUICIDIO COLECTIVO

LOS MILAGROS

LA ETERNA JUVENTUD

(FIGURA)

REPASO ESQUEMÁTICO

EL AMOR

DIOSES A LA CARTA

EL FUTURO

CONCLUSIONES FINALES

MANIFIESTO REVOLUCIONARIO

LA HIPÓTESIS

NUESTRO MUNDO VIRTUAL

AMOR REAL O AMOR VIRTUAL

UN POCO DE FILOSOFÍA

DEDICADO A LA PSICOLOGÍA

LA SALIDA O EL DESPERTAR

EL MAL

SOBRE EL TERROR

EL PROGRAMA

EL INSTINTO RELIGIOSO

PAUTAS DE DESPROGRAMACIÓN

DESPEDIDA

 


 

PRESENTACIÓN

 

            Cuando los populares ámbitos culturales de nuestra civilización no satisfacen plenamente nuestra sed de conocimiento, y estamos dispuestos a aumentar nuestro saber más allá de los cánones establecidos, es habitual recurrir a otros medios especiales de enseñanza que nos ayuden a traspasar las barreras del saber tradicional.  Entre estos medios didácticos se encuentran las sectas, escuelas dispuestas a desvelar grandes misterios y a dar repuesta a las grandes preguntas transcendentales que siempre se ha hecho el hombre.

            Lamentablemente, las personas que eligen una secta para satisfacer su natural impulso de aprender, suelen encontrarse con problemas extraordinarios, con situaciones imprevisibles, e incluso pueden correr graves peligros.  De tal forma que sus expectativas de aprendizaje, además de resultar frustradas, pueden convertirse en un sinfín de inesperadas desgracias.  Riesgos favorecidos por la notable falta de información que el ciudadano medio tiene de lo que realmente sucede en el interior de las sectas,

             A pesar de que en los últimos años se está prestando una atención especial al fenómeno sectario, apenas disfrutamos de informaciones precisas, equilibradas y objetivas.  Frecuentemente, cuando la información no nos llega a través de un descarado proselitismo, son exmiembros de sectas los que nos transfieren testimonios nublados por sus resentimientos, o son comentaristas que a priori descalifican toda actividad sectaria, influenciados por la mala fama que las sectas tienen en nuestra sociedad.  Informaciones muy a menudo tan superficiales que no llegan ni a mostrarnos la punta del iceberg de lo que realmente se vive en el interior de estas asociaciones. 

            “Paseo por el interior de las sectas” pretende cubrir el vacío informativo que existe entre las posturas extremistas de los fanáticos creyentes y la dura oposición de los detractores intransigentes con toda forma de asociación esotérica o religiosa poco corriente.  La lectura de este libro invita a recorrer las sendas que conducen a los ocultos parajes sectarios, examinando los detalles más importantes de los diferentes caminos, estudiando el mundo esotérico con profundidad, de forma imparcial, sin pasiones cegadoras ni deslumbrantes fanatismos.  Pero, siempre, con el primordial objetivo de informar sobre los peligros y engaños que tanto abundan por esos caminos del alma.  Pues, si no evitamos los peligros, y desenmascaramos los espejismos, mal vamos a reunir las condiciones necesarias para explorar, con un mínimo de calidad, un territorio tan desconocido.

            Dos fueron los impulsos más importantes que me llevaron a lo largo de treinta años a recorrer diferentes sectas: por un lado, el hecho de que las enfermedades no me abandonaran desde la infancia, me obligó a buscar otros métodos de curación diferentes a los que proporcionaba la medicina oficial; y, por otro lado, una intensa llamada mística durante la adolescencia, me afectó de tal manera que no he cesado durante toda mi vida de sondear en la dimensión espiritual, con la intención de arrojar luz sobre los misterios escondidos en el  interior del hombre.

            Los logros conseguidos en la dimensión espiritual son difíciles de pesar y de medir.  Lo aprendido me sirve para llevarme medianamente bien conmigo y con los demás, y a disfrutar de un grado de felicidad de lo más normal.  A pesar de haber pasado tanto tiempo en las incubadoras sectarias, no puedo presumir de los grandes éxitos espirituales que tanto se anuncian en las sectas.  Lo más sustancioso, probablemente, sea todo lo que he llegado a observar y a experimentar, conocimientos de los que pretendo dejar detallada constancia en este libro. 

            Los logros conseguidos en la dimensión material ya son más tangibles.  Bien puedo decir que evité la muerte gracias a las enseñanzas curativas naturistas y esotéricas.  Cuando, allá por mi juventud, la medicina oficial no me daba muchas esperanzas de vida, fue a través del yoga como inicié una recuperación que más tarde fue completándose con el uso de otras disciplinas esotéricas y medicinas alternativas; hasta que conseguí abandonar mi fatalidad enfermiza.  Y, aunque no haya conseguido fortalecer totalmente mi constitución física, ―pues nunca conseguí abandonar la delgadez― disfruto habitualmente de buena salud.

Por supuesto que treinta años no es tiempo suficiente para que una persona experimente al detalle todo el abanico de posibilidades que nos ofrece el mundo de lo oculto, aunque se esté introducido en varías sectas simultáneamente durante algunos años, como fue mi caso.  Las limitaciones que impone la integridad psíquica del estudiante impiden realizar estudios excesivamente intensivos.  Al ser el laboratorio de experimentación uno mismo, resulta muy peligroso realizar varios experimentos simultáneos dirigidos por métodos de trabajo dispares.  Riesgo que no llegué a correr, pues mis intereses personales me llevaron a seleccionar sectas de enseñanzas no excesivamente contradictorias.

 A causa de esta selección circunstancial, no podré hablar ―con la propiedad que avala la experiencia― de las sectas de origen satánico, asociaciones que no tuve el “gusto” de conocer.  Por lo tanto, no entraremos en minuciosos detalles sobre la magia negra, aspecto esotérico ignorado por la gran mayoría de las vías espirituales que recorrí; mas ello no nos impedirá observar el lado oscuro del ser humano.  Las tenebrosas sombras de nuestras profundidades siempre se manifiestan en cualquier camino esotérico, aunque éste sea un camino de luz.

También excluiremos del minucioso análisis a las sectas de carácter religioso-militarista.  La violencia es otro mal del que huyen la mayoría de los modernos caminos espirituales occidentales, por lo tanto, no me tocó fomentarla; aunque, como veremos más adelante, no tendremos otro remedio que estudiarla, pues nos la vamos a encontrar de frente incluso en los más sosegados senderos de paz.

A pesar de mis limitaciones experimentales, no nos vamos a privar de estudiar el espíritu humano en gran parte de su extensión.  Los temas que pretendemos analizar son de una amplitud tan extensa y profunda que difícilmente se nos escaparán aspectos importantes del alma humana.  Tan extenso es nuestro temario de estudio que nos veremos obligados a condensar en su esencia todos los temas que vamos a tratar, pues, si no lo hiciéramos así, sería imposible incluirlos en un solo volumen.  Cada capítulo de este estudio trata un tema del que se podrían escribir varios libros, por lo que nos vamos a ver en la obligación de resumirlos al máximo.  Procurando que no se nos quede nada de suma importancia en el tintero, evitaremos perdernos en los minuciosos detalles de cada caso particular y procuraremos realizar los comentarios indispensables sobre personas concretas o determinados grupos.  Generalizar ―además de evitarme algún que otro disgusto― nos va a permitir hablar sin trabas de todo lo que podemos encontrarnos en estos mundos ocultos, y nos ayudará también a enfocarnos en lo esencial, a tener una visión global y consistente de los fenómenos más importantes y frecuentes que nos encontraremos.  Extraordinarias pautas de comportamiento se repiten con asombrosa asiduidad en estas sociedades sean del color que sean.  Ya se adore a un dios o a otro, muy a menudo solamente varía de una secta a otra el grado de intensidad y de calidad con que viven sus experiencias.  Por lo tanto, nos enfocaremos en la esencia de las cosas. 

Para el materialismo occidental no hay otro mundo más propicio para andarse por las ramas que el espiritual, su carácter volátil invita a convertir el pensar en ave soñadora perdida en un bosque de ilusiones.  Resulta habitual centrar la atención sobre las sectas en frivolidades acerca de sus personajes o en llamativos aspectos de escaparate de sus doctrinas, sin prestar atención a lo que realmente está sucediendo en el interior de esas personas que las componen.

            Hemos de ser más rigurosos de lo que hemos sido hasta ahora en el momento de emitir juicios o sacar conclusiones.  La mente humana es ciertamente compleja y profunda, y nuestra espiritualidad apenas la conocemos.  Siglos y siglos de culturas manipuladas por intereses religiosos en el poder nos ha privado de una visión objetiva del fenómeno espiritual del hombre.  El estudio serio de la diversidad de sectas actuales, que emergen en nuestra civilización, es indispensable para acercarnos al conocimiento del espíritu humano.  Las sectas están compuestas por personas que precisamente están comprometidas con su interior, experimentando con su alma. 

Rigurosidad y objetividad serán dos objetivos a los que intentaremos aproximarnos en lo posible en este nuestro paseo por las sectas.  Y digo en lo posible porque, en el mundo espiritual, el cientificismo al que estamos acostumbrados los occidentales, en otros diferentes temas de estudio, no se puede aplicar contundentemente cuando estudiamos el espíritu humano.  Las arenas movedizas, los espejismos, y la imposibilidad de utilizar un sistema de pesas y medidas de magnitudes homologadas, en ocasiones hacen desesperarse al intelectual que busca explicaciones concretas para situaciones determinadas.  Muchas veces habremos de conformarnos con retener la mirada allí, hasta donde nos alcance la vista, e intentar describir lo que vemos, y quizás añadir algún tímido comentario o sacar alguna atrevida conclusión.  Si conseguimos el difícil equilibrio entre el andarse por las ramas y el radicalismo fanático, me daré por satisfecho.  Un cierto toque de informalidad nos hará más ameno el esfuerzo que nos exigirá mantenernos en tan difícil equilibrio.

            No soy poseedor de ningún título ni medalla a pesar de haber dedicado gran parte de mi vida al estudio de nuestros mundos interiores.  No me considero maestro de nada ni de nadie, quizás porque en vez de dedicarme a acumular conocimientos en una doctrina determinada, y a alcanzar en ella alguna elevada categoría, me he dedicado a caminar por los mundos esotéricos, observando todo lo que se ponía a mi alcance, y aprovechándome de aquello que consideraba bueno para mi persona; interesándome en unos casos por una doctrina y en otros por otra.

En la actualidad no pertenezco a ninguna secta en concreto, a pesar de haber pertenecido a muchas de ellas.  No soy muy bien visto por mis antiguos “hermanos”.  La mayoría de las sectas se consideran insuperables en sus funciones aquí en la Tierra, y no entienden muy bien que me haya alejado de ellas ―para acudir a la competencia en muchas ocasiones― después de haber probado sus insuperables glorias divinas.

            La verdad es que, desde el punto de vista de estos grupos de trabajo espiritual, mi aprendizaje se puede considerar un fracaso.  Ya me vaticinaban que con tanto cambio de doctrina, de ambiente religioso, de terapia, no iba a obtener buenos resultados espirituales.  Y cierto es que algo de razón llevan, cambiar de método didáctico puede perjudicar un aprendizaje determinado; pero también ofrece, a la persona que así se comporta, un análisis comparativo entre escuelas difícil de conseguir de otra manera, a la vez que nos descubre aspectos de nuestra mente muy difíciles de descubrir por las personas que se dedican de por vida a un mismo camino espiritual o religión.

            Recorrer diversos caminos espirituales también puede ayudarnos a ser imparciales en nuestras conclusiones.  Procuraremos no emitir juicios bajo el prisma de ninguna doctrina, filosofía o religión.  Ésta será una de nuestras metas más importantes: evitar los abundantes partidismos divinos que observaremos en nuestro paseo por el interior de las sectas.  No nos resultará fácil, pues, como veremos, el fanatismo nos esperará detrás de cada recodo del camino.

            Con este libro espero satisfacer, con cierto grado de calidad, la curiosidad de aquellas personas que se interesan por todo aquello que sucede en estos grupos o sociedades.  Es mi intención aportar mi granito de arena a la creciente demanda de información sobre las sectas de nuestra sociedad, procurando extenderme en aquellos aspectos importantes que se ignoran en las informaciones que habitualmente se dan sobre el tema.

Este libro también puede utilizarse como una introducción o una guía para quienes deseen adentrarse en el mundo del ocultismo o para quienes ya están en su seno.  Y, los detractores de las sectas, aquí encontrarán argumentos más que suficientes para documentar al detalle sus típicas condenas al fenómeno sectario.  En las dimensiones espirituales suele suceder que cada uno encuentra lo que busca. 

Espero abordar con el mayor grado de imparcialidad que esté en mi mano la escritura de este libro.  Siento desengañar a quienes esperen de mí una férrea postura a favor o en contra de las sectas en general.  A pesar de que pueda dar a entender que estoy en algunas ocasiones a favor de ellas cuando hable de sus gozos, o en contra cuando informe de los engaños y peligros que se dan en su seno, no estaré sino informando fríamente de lo que sucede en su interior.

En la actualidad, como en cualquier otro periodo histórico, las sectas son condenadas por la sociedad dominante en la mayoría de los países del mundo; más por tradición, o como defensa de determinados intereses, que por un conocimiento de lo que realmente sucede en el interior de ellas.  Nuestro nivel cultural nos exige informarnos más adecuadamente antes de emitir juicios, aunque tengamos que hacer un esfuerzo intelectual extra, pues el estudio de las sectas nos obliga a profundizar en el ser humano.  Nuestro paseo por el interior de las sectas es también inevitablemente un viaje a nuestro interior.  Los temas que aquí tratamos son difíciles de entender.  Y los idiomas, sobre todo los occidentales, no están diseñados para definir todos los matices espirituales que un ser humano puede llegar a experimentar.  Faltan palabras en nuestros diccionarios, y las que tenemos a duras penas podemos utilizarlas correctamente para describir con claridad los fenómenos esotéricos.  Aun así intentaremos detallar lo mejor posible aquello que nos iremos encontrando en nuestra exploración de los mundos espirituales.

Teniendo en cuenta que no serán las dificultades idiomáticas el principal obstáculo para entender este libro.  En muchas ocasiones no podré hablar tan claro como quisiera, para evitar en lo posible herir susceptibilidades, y, sobre todo, para evitar desatar ―por la cuenta que me tiene― la temible “furia mística” que experimentan algunos creyentes cuando se cuestionan sus creencias.  Aunque sé que no siempre podré conseguirlo por completo.  Ya el abordar con lógica humana los grandes misterios divinos será un sacrílego atrevimiento para muchos creyentes.  Como también lo será la decisión que me he visto obligado a tomar de escribir la palabra dios siempre con minúscula para salvaguardar la imparcialidad de este estudio.  Las reglas ortográficas nos dicen que habremos de escribir con mayúscula la palabra dios y sus atributos, siempre y cuando nos refiramos al dios verdadero.  Sin embargo, en nuestro pasear por el interior de las sectas, nos vamos a encontrar con tal cantidad de dioses diferentes, considerados verdaderos por sus seguidores, y vamos a tratar tantos de sus aspectos y atributos, que yo me siento impotente para saber cuando hay que hacer uso de las mayúsculas y cuando no. 

Conviene recordar que nuestra lengua nació bajo influencias religiosas totalitarias que no dejaban lugar a dudas ortográficas.  Nunca nos cupo ninguna duda de qué deidad tendríamos de escribir con mayúscula y cuales no, (entre otras cosas porque si alguien se atrevía a dudar le cortaban la cabeza).  Pero, si hemos de ser objetivos e imparciales en el presente estudio, no debemos de hacer uso de estas normas ortográficas interesadas.  Sé que esta decisión puede escandalizar a muchos creyentes, pero si no lo hiciésemos así también se escandalizarían, pues les resultaría ofensivo si escribiéramos con mayúscula la palabra dios cuando nos refiriéramos a otra deidad infinita no reconocida por ellos.  Lamento tomar esta decisión por la incomodidad que puede llegar a crear.  Probablemente sean los ateos los únicos que estén satisfechos con esta medida ortográfica.  Con ello no estoy haciendo una defensa del ateísmo, sencillamente estoy abogando por un idioma espiritual imparcial al relatar todo lo que nos vamos a encontrar en nuestro camino.  Lamentablemente, es muy probable que muchos ateos también se sientan indignados al leer estas paginas, pues, aunque escribamos la palabra dios con minúscula, no negamos la existencia de la divinidad.

Y ya, para concluir esta presentación, mostrar mi agradecimiento a todos los maestros, gurús, instructores, sacerdotes, sanadores, y predicadores que me han transferido sus enseñanzas; y, a la vez, pedirles disculpas por hablar de ellas en este libro; así como también pido perdón por atreverme a comentar aspectos íntimos tanto de ellos como de sus sociedades.  Ruego también se me disculpen las audaces conclusiones que en ocasiones me atrevo a formular.  No es muy típico en las sectas que los acólitos cometan semejantes osadías.  Lamento violar el servilismo intelectual del que ―como buen sectario― siempre hice gala.  Actúo así con la esperanza de que mi atrevimiento sirva para arrojar un poco más de luz sobre las inmensas sombras que invaden los caminos espirituales.

 


 

UN SISTEMA DE AGRUPACIÓN MILENARIO

 

            Desde tiempos inmemoriales el hombre a hecho uso de su facultad de reunirse en grupos o sociedades de individuos con ideologías, propósitos o aspectos religiosos en común.  El consenso da firmeza a las opiniones o a las decisiones.  Y las experiencias religiosas alcanzan un notable grado de realismo cuando se viven en hermandad.  Todo grupo compuesto por individuos con intereses afines poco comunes puede alcanzar una convincente visión del mundo diferente a la de los demás y actuar en consecuencia.  Esta diversidad de opiniones y propósitos ha sido la causa de innumerables dramas históricos.  Cuando las opiniones o las actividades de estos grupos se oponían al sistema dirigente del momento o al grupo dominante, eran perseguidos, en ocasiones con gran ensañamiento.  Los grupos discrepantes solían verse obligados a reunirse en la clandestinidad para protegerse, para mejor compartir sus vivencias, o para llevar a cabo las intrigas o ataques contra el poder dominante si el grupo deseaba derrocarlo.  De esta forma surgieron las sectas.

            Obviamente, el grado de clandestinidad venía impuesto por el grado de discrepancia o de agresividad contra el poder social, y el grado de permisividad del sistema dominante o del gobernador de turno.  Cuanto más revolucionario era un grupo social, más se tendría que convertir en una secta si deseaba sobrevivir.  La clandestinidad y el sectarismo, han sido ingredientes claves en el devenir histórico de la Humanidad.  Infinidad de grandes cambios sociales se engendraron en el seno de sectas.

En unas ocasiones el sectarismo vino propiciado por la intransigencia del poder gobernante, representado en la antigüedad la mayoría de las veces por severas y totalitarias deidades.  Cualquier grupo que se atreviera a pensar de forma diferente a esos dioses totalitarios era severamente castigado.  En esas sociedades el sectarismo era algo natural, un sistema de agrupación obligado cuando los individuos intentaban hacer uso de su libertad de pensar.  Pero, en otras ocasiones, el sectarismo surgía en sociedades que acogían gran diversidad de culturas y de religiones.  En estos casos eran los grupos sectarios los que enarbolaban ideologías intransigentes con las libertades sociales, en su clandestinidad no se escondía una ideología liberadora, sino una ideología opresora de las libertades de culto y del pensamiento.

En unos casos u en otros, si la revolución sectaria no se aplastaba en sus principios, y seguía adelante hasta alcanzar el poder, era enorme el precio que había que pagar en vidas humanas, en torturas y en persecuciones, hasta que las nuevas ideas lograban imponerse.  Y cuando lo conseguían, el grupo responsable de ellas alcanzaba el poder, se hacía con el sello divino; y vuelta a empezar.

Las religiones universales han conseguido su expansión a base de duras luchas en el pasado.  Y aunque ahora sean las religiones oficiales de diferentes países, en sus principios fueron sectas que con gran esfuerzo consiguieron el poder que ahora tienen.

No existen apenas grandes diferencias esenciales entre los grupos o sociedades de carácter místico, esotérico, espiritual o religioso, porque unos sean oficiales y otros clandestinos.  Las religiones oficiales de los diferentes países son consideradas sectas en otros países que no las acogen como verdaderas.  Unas agrupaciones sectarias alcanzan la popularidad y el poder en diferentes zonas del mundo, y otras continúan en la sombra esperando que les llegue la hora del éxito.  

Sin intenciones peyorativas, en el presente estudio incluimos a las religiones oficiales.  Espero que nadie se avergüence de sus orígenes.  Además, aunque no se trate expresamente de sectas, las religiones universales, gracias a su enorme extensión, tienen abundantes ramificaciones sectarias: confraternidades que trabajan de forma soterrada en beneficio de su religión universal.

No se pueden estudiar las sectas sin estudiar el fenómeno religioso en general.  Nuestro paseo por el interior de las sectas es también un paseo por el interior de las religiones, e inevitablemente por el interior del hombre.  Obviar la complejidad y la extensión de la espiritualidad humana, y su evolución a través del tiempo, es uno de los grandes errores que se comete a menudo a la hora de estudiar las sectas.

Entre las antiguas sociedades con mayor permisividad religiosa resalta Babilonia.  Todos la recordamos como un desmadre social castigado por la ira divina.  Versión particular de las escrituras sagradas hebraicas que nos enseñaron en las escuelas, historia sagrada que tiene muy poco de Historia aunque tenga mucho de sagrada para quienes creen en ella.

En otras sociedades también permitieron cierta convivencia entre diferentes dioses en sus paraísos particulares ―como por ejemplo en Egipto, en Grecia y en la India―, deidades que se repartían todas las dimensiones humanas, circunstancia consentida por los antiguos que se empeñaban en ver a sus dioses en acción en todo aquello que les rodeaba o les sucedía.  

Hasta la llegada del cristianismo y del Islam, multitud de dioses y sus seguidores, tolerantes con el resto de las deidades, convivían en amplias zonas del planeta, sin necesidad de esconderse ni de convertirse en sectas.  El pueblo judío era de los pocos que se negaba a cohabitar con otros dioses, mas no les quedaba otro remedio que hacerlo, pues el politeísmo era algo natural en las sociedades en las que llegaron a vivir. 

La Meca, antes de la llegada de Mahoma, fue otra gran ciudad acogedora de un gran número de divinidades, gran cantidad de ídolos se agrupaban en la Caaba, en sana competencia.

Estas deidades, ya fueran más o menos permisivas con las demás, siempre estaban presentes en la vida de los pueblos.  Había deidades para todas las actividades humanas, con sus templos, sacerdotes y seguidores.  La prosperidad de todo pueblo debía de estar cuidada por las divinidades.  Naturalmente, las que adquirían un mayor protagonismo eran aquellas que ayudaban a ganar las batallas o dirigían los pasos de los gobernantes en el poder, (cuando los gobernantes no se erigían en dioses vivientes, naturalmente).

En sus principios, tanto los mahometanos como los cristianos podrían haber convivido en paz con el resto de seguidores de otros dioses, pero su voracidad destructiva de toda deidad antigua, que no fuera la suya, les obligó a convertirse en sectas perseguidas.  Hasta que alcanzaron el poder e implantaron sus regímenes totalitarios por gran parte del mundo, obligando así a convertirse en secta clandestina a los seguidores de otras deidades, a los políticos y militares independientes, e incluso a las agrupaciones de pensadores o filósofos no creyentes.

(Para evitar extendernos excesivamente en este capítulo, estamos evitando hablar de otras civilizaciones del mundo, que poco tuvieron que ver en el desarrollo de la nuestra.  Esas culturas que apenas influyeron en  nuestro devenir histórico son cimientos de otras civilizaciones que no difieren en demasía de algunas de las etapas históricas de nuestra civilización occidental.  Y en los países subdesarrollados podemos observar que viven en circunstancias sociales semejantes a alguna de las etapas de nuestro pasado histórico.  Donde las sectas tienen un protagonismo tan importante como lo tuvieron en las sociedades de nuestros antepasados).

En contraposición al fenómeno religioso, probablemente fue en Grecia donde un grupo de personas llamadas filósofos empezaron a cuestionar la validez de las divinidades en los asuntos de los hombres.  La creación de la filosofía elevó al pensamiento humano y a la razón por encima de los caprichos de los dioses (conveniente es recordar que los dioses del Olimpo eran excesivamente caprichosos).  La germinación de las diferentes semillas filosóficas comenzó a concebir sistemas de gobierno que prescindían en un grado notable de los sacerdotes.  La cultura griega creó la democracia.  Más tarde, en los primeros tiempos gloriosos del imperio romano, la separación entre la política y la religión se hizo más palpable, aunque no definitiva, pues todavía se solicitaba el apoyo de los dioses en las batallas y se consultaba el oráculo para recibir su consejo en las grandes empresas.

Los personajes filosóficos, políticos y militares de todo el mundo iban robando la confianza que el pueblo depositaba en a las fuerzas divinas.  Pero la religiosidad no se dio por vencida, y dio tan fulminantes coletazos en la edad media que aplastó las tímidas intentonas de apartarla de la escena social.  Tanto el cristianismo como el Islam alcanzaron un gran poder y acabaron con la libertad de culto y de pensamiento religioso.

Durante muchos siglos el sectarismo estuvo propiciado por la intransigencia de estos dos sistemas dominantes.  Estas religiones totalitarias impusieron su hegemonía en todas las dimensiones humanas.  A poco que la imaginación de los individuos se pusiese en marcha, violaba los estrictos cauces culturales marcados por las sagradas escrituras, pues los textos sagrados impusieron el dogma de fe en todos los ámbitos culturales así como en el poder político.  Uno se convertía en un peligroso hereje por el simple hecho de pensar, y la hoguera u horribles torturas era el final destinado a quienes cometían el terrible delito de manifestar su libertad de pensamiento.

Tuvimos que esperar hasta el Renacimiento para presenciar el renacer de las libertades.  En Occidente, el cristianismo, debilitado por la corrupción y por las grandes divisiones internas, ya no fue capaz de aplastar los nuevos aires revolucionarios, y estallaron con sorprendente creatividad las grandes dimensiones humanas sedientas de manifestarse tras tantos siglos de represión. 

La filosofía, apoyada por el auge de las ciencias, volvió a cuestionar la prepotencia divina. Y los gobernantes empezaron a independizarse de los dioses.  Pero hubo que esperar hasta la llegada de la edad moderna para que las fuerzas de izquierda consiguieran separar totalmente a la política de la religión y emprender un tipo de gobierno sin ninguna influencia divina.  Fue entonces cuando comenzaron a surgir los cambios sociales más sorprendentes.  El ejército rojo, en clara lucha contra los poderes religiosos, se empeñó en matar al gran dios infinito, quiso aniquilar toda manifestación divina e intentó erradicar de la política todo dogmatismo religioso.  Pero, sobre todo al principio, las fuerzas de izquierda fueron tan totalitaristas como los poderes que pretendían derrocar: tras el déspota autoritarismo de los regímenes marxistas existía un endiosado ateísmo tan tiránico como la fanática religiosidad que intentaban destronar.  Fue un brutal y doloroso cambio, pero esta revolución nos abrió las puertas hacia las libertades actuales, pues, al conseguir separar totalmente a la religión de la política, preparó el camino al sistema de gobierno más permisivo de toda nuestra Historia, a la actual democracia, exenta de toda influencia divina.

Al demostrarse que ya no era necesario deidad alguna para gobernar a un pueblo, las religiones, destronadas de su reinado, pasaron a un segundo plano y se incluyeron en el saco de los movimientos culturales, a la altura de los artísticos o intelectuales, lo que nos permite en los países desarrollados volver a disfrutar de una gran variedad de creencias gracias la libertad religiosa. 

Con la llegada de la democracia, los partidos en oposición al gobierno vigente de cada país democrático pudieron salir de la clandestinidad, las ideas apoyadas por el pueblo tienen ahora cabida en los parlamentos de los países más desarrollados, las ideas políticas pueden ser expuestas públicamente por grupos o por individuos sin temor a ser perseguidos por ello.  Las sectas de carácter político ya no tienen razón de ser.  Las leyes son las más permisivas en los países desarrollados que lo que nunca lo han sido a la hora de permitir agrupaciones de individuos.  Y también soplan los aires de libertad en la cultura y en la espiritualidad, ningún grupo o individuo ha de esconderse por el simple hecho de pensar diferente de los demás o de adorar a un dios poco común.  Con la libertad de culto ya no hay motivo ―en teoría― para la existencia de las sectas.  Sin embargo, este milenario sistema de agrupación clandestina continúa existiendo, y las numerosas sectas de carácter religioso, esotérico o espiritual, son una sorprendente realidad que no termina de ser asimilada por nuestra sociedad.

 


 

CAUSAS DE LA CLANDESTINIDAD

 

            Habitualmente se piensa en el delito como la única causa que explica la clandestinidad de las sectas, en nuestros tiempos de grandes libertades no parece existir otro motivo para la ocultación que las actividades ilegales.  Esta sospecha popular ha llevado frecuentemente a las sectas a los tribunales, mas, cuando las denuncias se investigan, la mayoría de las veces se demuestra que esas personas no cometen otra infracción que la de pensar diferente de los demás.  Y el porcentaje de delitos, de injusticias o de corrupciones, no excede de los que puedan tener otro tipo de grupos o comunidades de nuestra sociedad.

            Una de las causas más importante de la clandestinidad de las sectas puede hallarse en nuestro comportamiento con ellas.  Por mucho que presumamos de sociedades permisivas, todavía no sabemos acoger con naturalidad en nuestra sociedad al profundamente distinto que nos vino de afuera, o a quien era como nosotros y ahora ha decidido no serlo.  Nuestra sociedad está acostumbrada a las diferencias en el pensamiento filosófico y político, pero no a las profundas diferencias en la forma de pensar y de vivir que se pueden alcanzar en el interior de caminos religiosos muy diferentes a los nuestros.  Aunque la exótica persona religiosa no haga otra cosa hacer uso de las libertades que le otorga la constitución del país libre en el que resida, casi siempre tiene esa sensación de persona incomprendida y rechazada por sus semejantes. 

            A nuestra sociedad le cuesta acoger a quienes siempre han creado grandes conflictos sociales.  No termina de desaparecer de la memoria del pueblo el dramático recuerdo histórico de las viejas contiendas sectarias, como tampoco desaparece de la persona sectaria el recuerdo de las persecuciones y de las masacres que sufrieron en el pasado los miembros de las sectas.  Existe un temor recíproco ―soterrado en la actualidad en la mayoría de las ocasiones―  entre quienes están dentro y los que están fuera de las sectas, entre quienes siempre fueron enemigos.  Probablemente esa sea la causa más importante que justifica la clandestinidad. 

No terminamos unos y otros de firmar una paz duradera: el mundo siempre ha sido y continúa siendo el gran enemigo de las sectas de carácter espiritual; y para el mundo, tras el ocultismo sectario, subyace el latente peligro de unas sociedades, que se rigen por patrones desconocidos, capaces de derrocar al sistema social vigente, como en tantas ocasiones sucedió en el pasado.

Resulta inevitable un cierto temor provocado por todo aquello que desconocemos.  El estudio minucioso de las sectas es la única manera de superar ese miedo ancestral; cuando se conocen los peligros, los ataques indiscriminados provocados por el miedo ya no tienen razón de ser, y la prudencia sustituye al desasosiego ante lo desconocido.

Peor lo tiene el sectario para librarse de su condición de perseguido, el temible complejo de víctima lo padecen muchos de los viandantes de los diversos caminos espirituales que existen en el mundo, creyentes en que la santidad es sinónimo de martirio.  Tragedia masoquista, deseada y temida, que inevitablemente ―según muchas doctrinas― habrán de padecer las personas que deseen conseguir las más altas gracias que les promete su religión.

Como vemos, existe más de un argumento para que los miembros de las sectas continúen escondiéndose.  Y todavía nos quedan por nombrar las terribles luchas entre sectas, que siempre han sido de una virulencia espantosa entre las más radicales.  En Occidente, en la actualidad, aunque la sangre no llega al río, se aprecia una notable violencia soterrada entre sectas o diferentes vías espirituales.  Los ataques ya no se efectúan con el filo de la espada, como antiguamente, pero las actitudes agresivas entre ellas continúan siendo extremas:  “El sectario del dios de la competencia no es una persona normal, es un demonio que atenta contra nuestra doctrina, contra nuestro dios, que por supuesto, es el verdadero”.  Argumentos como éste abundan en las profundidades sectarias de nuestro mundo civilizado.  Todavía se pretende descalificar a la competencia con insultos atroces que incitan a una agresividad malsana.  La lucha por el poder en los territorios celestiales ha sido muy dura, y sigue siéndolo.  La clandestinidad permite un atrincheramiento, un camuflaje entre las sombras de lo desconocido, muy eficaz para desenvolverse en el combate. 

El espíritu de la guerra no termina de desaparecer del alma de los sectarios, espíritu de lucha que en ocasiones ni siquiera es consciente, no llega a reconocerse; son otros los argumentos que aducen para seguir escondidos en sus camuflados búnkeres manteniendo a buen recaudo los secretos.  Muchos dicen que la profunda sabiduría esotérica resulta peligrosa en manos profanas, y que de poco le servirían esos conocimientos al ignorante pueblo, pues no está preparado para recibirlos, y se corre el riesgo de que sean mal interpretados.  Argumento que podemos considerar válido, y al que podríamos añadir algún otro, como, por ejemplo, el mantener bien guardados sus secretos profesionales para evitar que la competencia haga uso de ellos. 

La clandestinidad permite a las sectas ocultar parte de sus doctrinas, de sus actividades y de sus rituales, reservando ciertas enseñanzas exclusivamente para los iniciados.  El ocultismo tiene su nombre más que justificado.  Ya desde la antigüedad, los chamanes y los brujos de la tribu transferían sus conocimientos más profundos de forma oral a los elegidos.  Y hoy en día apenas esto ha cambiado.  Incluso en las sectas más pacíficas y más altruistas, formadas por personas muy normales, gustan de mantener a buen recaudo todas sus posesiones, en este caso posesiones intelectuales de carácter esotérico místico.  Y, como todavía en los derechos de la propiedad intelectual no se incluyen a las iniciaciones esotéricas, la escuela ocultista en cuestión o el gurú de turno, protegen con el secreto sus habilidades didácticas.

            Otra de las causas menores de la clandestinidad es el hecho de que las doctrinas sectarias predican elevados virtuosismos para sus miembros, y si muestran abiertamente que son personas muy normales, con sus defectos y sus virtudes, como todo hijo de vecino, su proselitismo podría verse afectado seriamente.  Por lo que les resulta conveniente correr un tupido velo sobre algunos de los acontecimientos que suceden en su interior, ya que, como en toda asociación de personas normales, se cometen errores humanos, y, si se descubrieran, desvirtuarían su carisma divino de cara al público.

Otra importante causa de la clandestinidad es la mala prensa que tienen las sectas, tema al que le vamos a dedicar un capítulo aparte.

 

 


 

LA MALA PRENSA

 

Allá por los años setenta asistí a una reunión internacional de los miembros de una secta de la que yo era adepto.  Esta organización tenía por costumbre no informar a la prensa de sus actividades.  Días más tarde leía sorprendido en una revista la noticia de nuestra reunión con todo tipo de detalles: ninguno de ellos coincidía con la realidad, habían sido todos inventados, con una imaginación apropiada para la ciencia-ficción, y que nos dejaba a todos los asistentes en ridículo.

Después de aquello empecé a comprender la mala prensa de las sectas.  Pregunté por qué no se le daba a la prensa una información detallada de las actividades, ya que no estábamos cometiendo ningún delito; pero se me respondió que daba igual: se les dijera lo que se les dijera, iban a escribir lo que les diera la gana. 

Yo, ciertamente, me quedé descorazonado.  Cuando una persona está en el interior de una secta es porque la considera un tipo de asociación positiva, y le gustaría informar de los beneficios que ―según su parecer― puede aportar a la sociedad y a los individuos.

Pero cuando uno se da cuenta que se ha metido en una guerra ancestral, entre el sistema dominante y las sectas, toma conciencia de que el proselitismo no es tarea fácil, y que aunque a uno le vaya muy bien con lo nuevo aprendido, no es nada sencillo convencer a los demás de ello: el sistema social vigente actúa como una enorme secta celosa guardiana de sus numerosos adeptos, y hace uso de las artimañas más viles para evitar que ni un solo individuo se salga de su costumbrismo, intentando proteger sus cimientos siempre cuestionados por las sectas.

La manipulación de la información es propia de toda contienda bélica y de toda guerra fría.  Tal es la mala fama que el sistema dominante puede dar a sus “enemigos” que puede conseguir que el pueblo los aborrezca aunque se trate de virtuosas personas. 

Ha sido tan brutal la cantidad de calumnias que se han publicado en torno a las sectas, y es tal la mala fama acumulada por éstas, que cuando te aproximas a alguna de ellas, y sin ni siquiera darte tiempo de preguntar, lo primero que les oyes decir es: “esto no es una secta”; pretendiendo así liberarse de la mala fama que acompaña a ese calificativo; negando lo evidente.

Nadie debería en nuestros tiempos de libertades avergonzarse de llamar a las cosas por su nombre.  No es digno de nuestro nivel cultural esta guerra sucia.  Si bien es verdad que la persona con revolucionarias inquietudes esotéricas o místicas ya no tiene ninguna espada que penda sobre su cabeza como en la antigüedad, también es verdad que hoy en día se le presiona socialmente para que no atienda sus inquietudes acudiendo a grupos de estudio y experimentación religiosa.  No podemos continuar anclados en el recuerdo de la infinidad de tragedias que las sectas protagonizaron en la Historia, observando sus actividades como residuos de un oscuro pasado.

Los partidos políticos, los estamentos militares y tantos otros tipos de agrupaciones sociales, que en el pasado protagonizaron tantas situaciones dramáticas para la Humanidad, ya son aceptados popularmente.  Nuestro nivel cultural ha corregido los errores del pasado y gozamos de una convivencia pacífica entre agrupaciones que antiguamente eran nidos de contiendas dramáticas.  Pero ¿qué está sucediendo con las sectas espirituales?  ¿Por qué no son aceptadas popularmente?  La mayoría de ellas ya no cometen las brutalidades que cometían en el pasado.  ¿Quizás se piensa que son innecesarias sus actividades e incluso dañinas?  ¿Se les considera un inútil reducto del pasado a extirpar de la sociedad?  ¿En nuestras relaciones con ellas manda más el miedo que la razón?  ¿No será la mala prensa un racismo encubierto, una agresividad contra el distinto, contra quienes viven de forma diferente a nosotros?

Por mucho que nos empeñemos en borrar del mapa a las sectas a golpe de insultos, me temo que será imposible.  Mientras no encontremos respuestas a las grandes preguntas sobre nuestra existencia, mientras nuestro interior siga siendo un gran desconocido, siempre habrá grupos de aventureros dispuestos a surcar los inmensos mares espirituales en busca de respuestas.  Fanáticos, muy a menudo, que proclaman a los cuatro vientos su grito de ¡tierra!, anunciador del descubrimiento de su soñado paraíso perdido. 

Las sectas tienen tanta razón de existir hoy día como hace siglos.  Los mares del alma siguen tan inexplorados como siempre, a pesar de nuestro supuestamente elevado nivel cultural.  Aunque pretendamos apartar de nuestra modernidad a las viejas sectas, la espiritualidad esotérica continuará resurgiendo en ellas, produciendo cierta inquietud social, llegando incluso a preocupar a las grandes magnitudes sociales que nos gobiernan. 

La política y la economía, dirigentes de nuestro mundo moderno, vigilan con preocupación el resurgir de la religiosidad, de ese poder que las tuvo fuera del primer plano del protagonismo social durante tantos siglos.  El materialismo va a defender su poder a ultranza; y aunque sea un poder que no corte cabezas, empleará, y las emplea, todas las armas de las que pueda hacer uso para defender su protagonismo social y a cuantos lo apoyan.  La exagerada mala prensa que tienen las sectas, el hecho de que ser sectario sea considerado un insulto, y el atribuir a todos estos grupos en general las barbaridades que haya cometido alguno de ellos en particular, son armas psicológicas que se están usando descaradamente en contra de un tipo de asociación que está pidiendo a gritos ser más reconocida públicamente.

¿No estaremos emprendiendo con las sectas una nueva caza de brujas al estilo moderno?  Y por parte de las sectas ¿no existe cierta complacencia en que así sea?  La persecución de sus líderes pertenece a un pasado glorioso que les es muy grato evocar, incluso en algunas de ellas se sueña con el martirio como expiación para alcanzar la salvación.

Esta es una situación que no puede mantenerse por mucho tiempo.   De hecho ya está empezando a cambiar.  Muchas sectas están abandonando su masoquismo y denuncian en los tribunales las injurias que se lanzan contra ellas.  Por ello los informadores cada vez tienen más cuidado con lo que dicen. 

La gran proliferación de medios informativos también está ayudando a cambiar esta denigrante situación.  La competencia conduce a aumentar la calidad del producto.  Un gran número de medios informativos están aumentando la objetividad en sus informaciones, y los reportajes sobre las sectas son de mayor calidad.

Esto nos puede llevar en un futuro no muy lejano a que podamos llamar a las cosas por su nombre, a que una secta no se avergüence de ser llamada así, y a que los ciudadanos no nos tengamos que enterar de que nos hemos metido en una secta después de llevar varios años en ella. 

 


 

LA EVOLUCIÓN DE LOS DIOSES

 

            En la infancia de la Humanidad, cuando todavía no habíamos desarrollado el intelecto, el hombre antiguo vivía en un mundo lleno de grandes misterios, no conocía como nosotros conocemos el porqué de gran parte de lo que nos rodea.  Probablemente, para él, desconocedor de toda ciencia, todo existía y funcionaba por arte de magia. Y, naturalmente, cuando hay magia, también tiene que existir un mago o unos magos que la realicen; y, si esos magos no se ven, entonces se intuyen, o se inventan; invisibles espíritus, poderosas entidades que mueven los hilos de las marionetas del teatro del mundo: dioses. 

            Si pudiéramos viajar en el tiempo, probablemente veríamos al hombre primitivo dar gracias a un árbol, al espíritu del árbol o al dios de los árboles, por el sencillo hecho de que las frutas, cuando maduraban, caían a sus pies.  Naturalmente, la creencia en esta magia sólo duró hasta que Newton descubrió que las manzanas no caían de los árboles por ninguna gracia divina, sino que llegaban al suelo debido a la fuerza de la gravedad. 

Hasta que las ciencias nos fueron dando esas explicaciones, que tranquilizan nuestras ansias de entender los misterios de la vida, los espíritus invisibles o los dioses fueron la única explicación que podía darse el hombre a las misteriosas fuerzas que movían los hilos de su vida y de todas las cosas de su entorno.

            Y no estamos hablando de algo que sucedió hace muchos miles de años, esto mismo continúa sucediendo ahora: todos los misterios que todavía limitan nuestro saber son aprovechados por las mentes religiosas para implicar a los dioses en ellos.  Hasta que reciben un jarro de agua fría, cuando las ciencias descubren que aquello no sucede por voluntad divina sino por una ley natural que actúa con una sorprendente precisión matemática.  No es de extrañar que la mayoría de los científicos no sean personas religiosas, y que la mayoría de las personas religiosas sean poco aficionadas a las ciencias.  Por esta razón, los dioses o espíritus, engendrados por el hombre antiguo, se mantienen vivos hasta nuestros días en aquellas sociedades de bajo nivel científico, países subdesarrollados frecuentemente.  Hoy todavía podemos observar como en los rituales de los chamanes, en la macumba, y en el vudú, o en creencias semejantes, populares en dichos países, invocan a esos ancestrales espíritus y se relacionan con ellos.

Dioses que nacieron cuando los grupos sociales fueron tribus y el contorno más habitual con el que se relacionaba el hombre fue la Naturaleza, razón por la que sus cultos eran de carácter animista.  Las deidades más comunes de esas gentes fueron los espíritus de la Naturaleza: la gran madre tierra, el dios sol, el poderoso dios del trueno, del rayo y del fuego, el espíritu de las aguas; y cada especie animal y cada planta tenían su espíritu que les daba vida y gobernaba su destino.  Su representación física se resumía al fetiche o al tótem, y el encargado más directo de comunicarse con ellos era el brujo o el chamán.

Pero cuando los poblados se convirtieron en ciudades, el hombre dejó de relacionarse íntimamente con su entorno salvaje, y los espíritus de la naturaleza empezaron a pasar a un segundo plano, eclipsados por unos dioses más deslumbrantes, más sofisticados y más poderosos, afines con la nueva grandeza social, representantes de las nuevas circunstancias psicológicas que rodeaban la existencia de los hombres.  Las grandes agrupaciones humanas engrandecieron a los dioses, su grandeza era la representación espiritual del poder y de la gloria de las nuevas civilizaciones que se extendieron por toda la antigüedad; sus monumentales templos y sus enormes ídolos así lo atestiguan.

En los escenarios celestiales emergieron dioses representantes de las nuevas aperturas espirituales: dioses de amor, de la guerra, del placer, de la sabiduría, del arte, del sufrimiento y de las pasiones, del bien y del mal.  Así se perdía contacto con cada elemento de la Naturaleza pero se ganaba en amplitud en la invocación de gracias.  Cuando el hambre apretaba, ya no era necesario invocar al espíritu del animal que se deseaba cazar para conseguir comida, ahora se invocaba a la entidad divina que gobernaba a toda caza para conseguir sus favores y llenar los estómagos.  La mente humana se expandía espiritualmente; y, de paso, los chamanes y los brujos también se engrandecían, convirtiéndose en sacerdotes o sacerdotisas representantes de deidades mayores.

Con estos nuevos dioses, llamémosles psicológicos, entraron en escena otros de índole superior, todavía más espirituales, más poderosos y más divinos, que gobernaban sobre los demás dioses que ya se habían quedado pequeños.  En Grecia, en Egipto, en Mesopotamia, en el imperio incaico, en la India, y por toda Asia, se alzaban templos y más templos de deidades supremas que tenían a su servicio a las demás deidades menores.  Ya no era necesario invocar a cada una de las deidades que satisfacían cada una de nuestras necesidades, con solicitar las gracias de uno de esos grandes dioses se conseguía comida, casa, riquezas y bienestar.  La mente humana continuaba “progresando”; y los sacerdotes también, pues su poder ya abarcaba todo, incluso el poder político.

En torno a esos poderosos dioses crecieron las sociedades y se formaron grandes pueblos.  Las luchas por el poder dejaron de ser entre tribus, se convirtieron en guerras de gran magnitud, entre imperios, y los grandes dioses se pusieron a prueba.  Cuando se perdía una batalla, el pueblo perdía la fe en el poder de sus dioses y en sus sacerdotes.  Por lo que era esencial poseer los favores de los dioses más poderosos.  Era esencial hacerlos crecer hasta que alcanzasen el tamaño supremo, hasta que se hicieran infinitamente grandes, totalitarios, omnipresentes y omniscientes, insuperables, insustituibles por otros dioses. Vamos, el no va más:  infinitamente poderosos, invencibles, creadores de todas las cosas: del universo, de los cielos y de los infiernos, incluso creadores del hombre que los había inventado.

Mas toda invención suele llevar en alguna parte el sello de su creador, y a estos dioses, exceptuando su exagerado tamaño, los creó el hombre a imagen y semejanza suya: dioses creadores y destructores, dioses llenos de amor y de ira, dioses llenos de compasión y de castigos infernales; dioses llenos de las dramáticas contradicciones humanas.

 La Humanidad lleva miles de años adorando a estos dioses.  Su larga permanencia en el tiempo se explica debido a su doble función: no sólo sirven a sus seguidores para vivir lo sagrado y explicarse el sentido de la vida, también son temibles armas de guerra de terrible eficacia, armas psicológicas de aterradora efectividad en las contiendas bélicas.

El creyente en este tipo de dioses no considera al infiel enemigo como a un igual que adora a otro dios diferente al suyo, porque no puede existir otro dios que el suyo (así lo afirma toda religión monoteísta), por lo tanto, el enemigo es un infiel que ya está condenado, sin ningún dios que lo apoye, derrotado antes de ser vencido, objetivo de la ira infinita e infalible del dios propio.  Esta anulación total de adversario, y la promesa del paraíso para el creyente que cae en el combate, convierte al soldado religioso en un vencedor eterno salga o no salga victorioso.

Cuando todavía los armamentos no eran tan sofisticados como lo son en la actualidad, esta terrible arma psicológica propició una sorprendente expansión de las sectas que la utilizaron, llegando a convertirse en religiones universales.  Y cualquiera de ellas podría haber ostentado el gobierno de todo el planeta, de no ser porque esta poderosa arma fue utilizada por diversos contendientes simultáneamente, lo que produjo un equilibrio de fuerzas durante muchos siglos que evitó un gobierno totalitario universal.  Recordemos los más de mil años de contienda entre moros y cristianos.

En nuestros tiempos, estas doctrinas todavía continúan en su fanatismo bélico como hace siglos, en especial en los países subdesarrollados.  Porque en cuanto el desarrollo industrial alcanza a los países, y los cañones demuestran reiteradamente que son más potentes que los dioses omnipotentes, la fe religiosa comienza a decaer, los sacerdotes representantes de los dioses son apartados del gobierno de los pueblos y sustituidos por los representantes de los poderes económicos, políticos y militares, que aunque no gobiernen tan divinamente como ellos, no lo hacen del todo mal.

            No vamos a afirmar que fue exclusivamente la ambición competitiva, o las luchas por el poder, lo que produjeron esta evolución en el concepto divino; podríamos sospechar que el crecimiento de la grandeza divina fue también consecuencia del propio crecimiento de la grandeza del ser humano.  Todo parece indicar que son los cambios en los hombres los que causan la evolución en los dioses.  Aunque los creyentes no estarán de acuerdo conmigo.  Para ellos, sus dioses son eternamente estables; es el hombre el que cambia su visión de ellos.  Algo con lo que no estamos de acuerdo, pues ya hemos vivido tantos cambios en los dioses que uno no puede sino sospechar que son producto de la mente humana, ya que sufren una evolución pareja a la nuestra.  Pues no solamente el hombre cambia la grandeza de sus dioses según se va engrandeciendo su conciencia, es que también cambian otras características de las deidades según cambian las circunstancias de los hombres.  Y, además, son habitualmente los cambios sociales los que preceden a los cambios en los dioses, lo que nos demuestra que es el hombre quien cambia los escenarios espirituales según le va en la vida.  Para muestra, baste observar cómo continúan evolucionado los dioses en la actualidad.

Las décadas de paz que llevamos disfrutando las naciones del mundo moderno están empezando a provocar nuevos cambios en el concepto divino.  Los dioses occidentales se están convirtiendo de la noche a la mañana en seres mucho más pacíficos.  Incluso el tan venerado dios infinito occidental está cambiando en ese sentido, reduciendo sus habituales maldiciones infernales contra los infieles.  Y en los movimientos espirituales más modernistas, la competencia entre sectas o vías religiosas no se centra en el tamaño de los dioses, ya no se lleva presumir de ser devoto del dios que tiene los atributos más grandes, pues las cualidades de infinitud que les aplicamos hace siglos nos impiden hacerlos crecer más; ahora el espíritu competitivo se centra en la calidad de esos atributos.

La evolución de los dioses se encuentra en un momento fascinante:  Protegidos por nuestros ejércitos ya no necesitamos dioses que nos defiendan ni machaquen al enemigo, (las bombas atómicas lo hacen mucho mejor).  Ahora se están creando en las cámaras ocultas de las sectas bocetos de dioses mucho más pacíficos que no incluyen en sus creaciones demonios, infiernos, ni penosos castigos.  Son dioses sin ira, tan infinitos y totalitarios como los anteriores, pero sin el terrible aspecto de intransigentes justicieros; dioses todo amor y sumamente permisivos.  Ya no es necesario un dios que sirva de arma arrojadiza sobre los infieles.  Éste es un cambio que está comenzando a emerger. 

Ya era hora de que se empezase a dudar de la incongruencia que supone concebir una entidad infinitamente amorosa y misericordiosa, y a la vez creadora de los mayores tormentos que el hombre pudo imaginar.

 


 

  LAS SECTAS Y LA POLÍTICA

 

            Los gobernantes de los países han de tener muy claro que la mayoría de las sectas aspiran a gobernar el mundo, es éste un temible sueño místico que debe de mantener en guardia a todos los dirigentes de los diferentes estamentos sociales, especialmente en aquellos países cuyos ciudadanos hemos elegido ser gobernados por gobiernos aconfesionales.  La “poderosa armonía espiritual” que se vive en el interior de las sectas siempre tiende a expansionarse mientras no encuentre la suficiente resistencia que lo evite.  Es frecuente que el sectario, o la persona religiosa, sueñe con extender por toda la Tierra su doctrina liberadora, o coronar como rey del mundo a su salvador particular, y crear así un poderoso fanatismo opresor de la libertad humana. 

La Historia de la Humanidad está llena de casos donde hemos podido observar la temible y poderosa efectividad que surge de la combinación de la espiritualidad con la política.  El ejemplo más espectacular lo encontramos en el antiguo Egipto, donde durante milenios la mística y el poder dirigente se aunaron en la figura del faraón, gobernante y dios a la vez.  Combinación que resultó ser muy efectiva a la hora de mantener en pie a los grandes imperios.  Fueron innumerables civilizaciones las que convirtieron en dioses a sus gobernantes; pero este título digamos que casi siempre lo ostentaban de forma honorífica, no había necesidad de que el emperador fuera en realidad una persona muy espiritual para convertirlo en dios.  De la misma forma que se colocaban la corona del reino como muestra de su poderío terrenal, hacían otro tanto con la corona celestial, como si de un honor o medalla divina se tratara.  Sin embargo, en Egipto, era donde se lo tomaban más en serio, quizás por ello resultó ser una civilización tan extraordinaria y tan duradera.  La función primordial de los sacerdotes se centraba en fomentar la divinización de los faraones, los grandes templos egipcios no fueron erigidos para culto del pueblo, como en otras civilizaciones.  Esos monumentos sagrados, incluyendo a las pirámides, eran lugares de sacralización exclusivamente de los faraones; exceptuando a los sacerdotes, el pueblo no tenía acceso a ellos.  Fue una civilización que se tomó muy en serio la soñada metamorfosis de convertir al hombre en dios.  Meta que no consiguieron del todo, pues sus adorados hombres dioses, sus inmortales faraones, acabaron hechos unas momias.

En la antigüedad era habitual que los poderes religiosos cohabitaran con los poderes políticos, económicos y militares. Y al parecer resultó muy eficaz la fórmula de fundir todos esos poderes en una sola persona, el rey dios fue durante milenios la figura ideal para representar a un país o a un imperio.  Por ello la competencia por el poder social entre sectas religiosas siempre fue sangrienta, pues no estaban en juego únicamente los poderes del cielo, sino que también entraban en disputa los poderes de la tierra.  La Historia nos habla de la enorme brutalidad con la que resolvían sus desavenencias.  Las diferencias religiosas entraban muy a menudo en sangrienta competencia bélica.  Los grupos o sociedades sectarias se demostraban entre sí que su dios era el mejor cuando les ayudaba a vencer en las batallas a sus enemigos, a machacarlos a ellos y a sus deidades.  El Islam todavía mantiene su filosofía de guerra santa.  Y en países del tercer mundo los asesinatos se suceden sin piedad como castigo para quienes contradicen la ley divina que defiende la secta asesina en cuestión.  Y las luchas entre los brujos de diferentes tribus o entre chamanes, tanto en África como en Centroamérica o Sudamérica, siempre han sido de una virulencia espiritista espantosa.  Los intereses políticos o económicos casi siempre han estado unidos a los intereses religiosos, esto ha creado unas luchas por el poder extraordinarias, de un fanatismo brutal. 

            Hoy en día, todavía quedan países en los que su máximo dirigente espiritual es a la vez el máximo dirigente político.  Estos dos aspectos unidos en un gobernante le otorgan un extraordinario poder de influencia sobre su pueblo.   Pero, en general, esta excepcional situación ya ha pasado a la Historia, sobre todo en los países occidentales dejó hace muchos siglos de existir.  Mas lo que no termina de desaparecer definitivamente es la influencia soterrada del sectarismo religioso en la política.  Los dioses o las fuerzas espirituales nos han estado gobernando hasta tiempos relativamente recientes, y probablemente continúen haciéndolo desde la sombra.  Napoleón y Hitler fueron fervientes adeptos de sectas ocultas.  Y recordemos que la masonería fue durante varias décadas recientes adiestradora habitual de nuestros gobernantes. 

            En la actualidad nos es imposible conocer al detalle el papel de las sectas en la vida de nuestros políticos.  Pero todo parece indicar que este matrimonio continúa existiendo en determinados casos a pesar de que se haya anunciado el divorcio a bombo y platillo.  Muchos políticos continúan resistiéndose a gobernar el mundo en solitario a pesar de que así lo anuncien, la ayuda de dios se sigue considerando imprescindible en muchos casos.  Y las sectas más avispadas se ofrecen como representantes divinas para ofrecer al político esa solicitada ayuda celestial, de forma clandestina, por supuesto. 

A pesar de que los dirigentes espirituales de las religiones, o de las sectas actuales, acostumbran a utilizar la típica afirmación de que su reino ―donde ellos reinan― no es de este mundo, todos sabemos que, con el pretexto de reinar en el otro mundo, nunca han cesado de entrometerse en los asuntos de éste. 

            Las tijeras moralistas de las diferentes censuras religiosas son otro claro ejemplo de la intromisión en la libertad que los modernos gobiernos intentan otorgar a los ciudadanos.  Los poderes absolutos que la religiosidad perdió en este mundo, no le han supuesto nada más que una pequeña merma de su influencia sobre el pueblo.  Su poder de fascinación sobre las masas continúa vigente, la palabra de dios siempre será superior a la palabra del hombre (excepto para los ateos), y su influencia sobre los individuos está garantizada si no hacemos un excepcional esfuerzo para evitarlo.

            El hecho de que, a medida de que transcurran las décadas, las viejas religiones vayan perdiendo credibilidad, puede hacernos pensar que estamos liberándonos de sus influencias; pero no es del todo cierto, porque sus viejas influencias las estamos sustituyendo por otras nuevas.

            La elevada proliferación de sectas está propiciando que no descienda el número de creyentes; quienes antes eran seguidores de una sola religión, ahora lo son de una gran variedad de creencias.  Es tan elevado el número de sectas que existen actualmente y de seguidores que acogen, que los mensajes del más allá alcanzan a un alto porcentaje de individuos.  Si hace pocas décadas las religiones oficiales, con sus ramificaciones sectarias, ostentaban el mando en los subterráneos de los gobiernos, ahora son innumerables excisiones de estas mismas religiones universales, y otras nuevas venidas de Oriente, de países exóticos o de reciente creación, las que están intentando gobernar sobre las dimensiones más profundas del hombre. 

Las sectas más ambiciosas siempre aspiran a situar a sus mejores adeptos en importantes puestos de influencia social, ya sea en los equipos de dirección de las más importantes empresas, en los medios de comunicación, en las sociedades culturales o en los puestos de la política.

            Cierto es que continúan siendo las viejas religiones quienes todavía influyen sobre un mayor número de individuos dirigentes.  Pero, ya sea la influencia venida de un lugar o de otro, el caso es que difícilmente existirá un estamento social importante que no incluya en su gabinete de dirección algún o algunos miembros sectarios que intenten imponer su moralidad religiosa y su doctrina sobre el ámbito social que abarque su influencia.  De esto no se libra ningún estrato social, los adeptos sectarios se encuentran esparcidos por todos los distintos gabinetes dirigentes de los más importantes estamentos sociales, influenciando en el gobierno de nuestro mundo, aplicando su particular ideología, especialmente en el ámbito de influencia que le permite su cargo social. 

Solamente la amplia diversidad de sectas y de doctrinas, y la dura competencia entre ellas, nos salva de la imposición de una ideología determinada; pero su influencia en la dirección de los pueblos más liberales de la actualidad es innegable.

Por supuesto que el pastel de influencia más preciado es el de la política.  En Occidente, aunque creamos que a las sectas se las ha separado de la política ―como hemos indicado anteriormente―, éste es un divorcio que no ha llegado a realizarse nada más que oficialmente; clandestinamente continúan siendo amantes.  Las sectas se niegan a perder su ancestral poder totalmente y se infiltran por los pasillos de los gobiernos de los países occidentales, intentando introducirse furtivamente en los despachos de los diferentes ministerios y partidos políticos.  De hecho, me temo que nunca los han abandonado: las religiones oficiales, viejos gobernantes derrocados, nunca abandonaron su poder social, manteniendo infiltrados a miembros de sus sectas más importantes en los gobiernos aconfesionales, influyendo en las decisiones de éstos, y vigilando que no penetren otro tipo de influencias sectarias aparte de las suyas en los despachos gubernamentales.

Solamente los partidos de izquierda, que han combatido tenazmente contra la vieja religiosidad, pueden presumir de no tener infiltraciones sectarias en sus despachos.  Más yo no me atrevería a asegurar que eso sea totalmente cierto.  Nuevas creencias esotéricas, o nuevas vías de religiosidad, están siendo utilizadas por las personas de izquierdas como armas arrojadizas contra las viejas religiones; muchas personas con inquietudes espirituales de izquierdas se llegan a convertir en creyentes de nuevas creencias, más que por fe en ellas, por aliarse con una nueva fe que está tan en contra de la vieja como lo está el pensamiento de izquierdas.  Estas nuevas creencias espirituales son muy a menudo prolongación de la larga guerra entre la derecha y la izquierda llevada a la dimensión espiritual.

Tanto empeño como pusieron los primeros pensadores de izquierdas por hacer desaparecer a la religiosidad de la escena social, apenas lo han conseguido; en las sociedades que siguen su idealismo, si éstas gozan de unas libertades mínimas, no cesan de emerger grupos o sociedades con exóticas actividades místicas.  Por mucho que las ideas de izquierdas intentaron relegar a la experiencia religiosa a un pasado superado por la evolución socialista, por mucho que los ejércitos rojos se empeñaron en hacer desaparecer a dios y a los sacerdotes de la escena política, cultural, científica y económica, sectas y sectas emergen por doquier con gran diversidad de cultos.

Cabe preguntarse si éste es un inútil costumbrismo muy difícil de erradicar del pueblo, una lastra que arrastramos del pasado, o la búsqueda de la experiencia religiosa es un impulso psicológico propio de la naturaleza humana.  Sea por una causa o por otra, el caso es que si intentamos erradicar de la sociedad la vieja religiosidad, vuelve a emerger en el pueblo de mil formas y maneras en miles de sectas. 

Mientras una secta o religión es la dominante, mantiene a todas las demás a raya impidiendo su extensión; esto no solamente se consigue por decreto, por reprimir otras diferentes manifestaciones religiosas del pueblo, también se consigue porque la dimensión espiritual del pueblo queda atendida, con mayor o menor grado de calidad, por los cultos populares dirigidos por la secta o religión dominante.  Cuando el cristianismo occidental desbancó del escenario social a tantos rituales religiosos durante la invasión de las Américas, lo consiguió gracias a que se continuó alimentando al pueblo espiritualmente con una nueva alternativa religiosa, que en ocasiones se mezcló con la vieja tradición. 

Pero cuando a la religión dominante se le arrebata el poder político sobre el pueblo y se mina su credibilidad, cuando la masa pierde la fe en ella y no se le ofrece otra alternativa ―tal y como hicieron las ideologías de izquierdas―, entonces muchas personas inician una búsqueda interminable de diferentes formas de relacionarse con lo sagrado, y las sectas emergen por doquier para intentar llenar este tremendo vacío que dejó la desaparición de la vieja religión de la escena social.

 Ésta podría ser una de las explicaciones que nos podemos dar a la enorme proliferación de sectas en la actualidad.  Las fuerzas de izquierdas nunca sospecharon que tras su asesinato del poderoso dios, que gobernó a nuestros pueblos durante milenios, pudieran nacer multitud de nuevos dioses ansiosos por sentarse en el trono vacío. 

Grandes cambios políticos han sucedido por llevarse a cabo asesinatos de los gobernantes.  Tanto la revolución francesa como la revolución rusa hizo uso de dichas matanzas.  Pero los cambios en la dimensión espiritual del hombre necesitan de mucho más tiempo.  Un asesinato divino no garantiza revolución alguna, los dioses pueden volver a renacer (por eso son dioses).  Las causas de la reticencia del pueblo a asumir un auténtico cambio espiritual habremos de buscarlas no en las religiones impuestas, si no en nuestros hábitos espirituales, muy difíciles de cambiar.  Observemos uno de esos hábitos en el próximo capitulo.

 

 


 

LA ETERNA BÚSQUEDA DEL PARAÍSO PERDIDO

 

            Existe un gran número de relatos mitológicos que nos hablan de nuestros orígenes, de un paraíso en el que vivíamos y de cómo lo perdimos.  Y aunque los detalles de cómo sucedió aquello varían de una cultura a otra, en lo que sí coinciden es en confirmar que un desenlace fatal nos alejó de una supuesta ancestral felicidad.

            Si son o no son ciertas, alguna de esas viejas historias, es algo difícil de demostrar.  Desde luego que todas no pueden serlo, ya que sus relatos difieren notablemente de unas a las otras.  Dudo que algún día podamos saber a ciencia cierta cómo nos sucedió aquel desastre, o si en realidad llegó a suceder.  En mi pasear por los mundos sectarios he oído innumerables historias de cómo el hombre perdió el paraíso en el que vivía.  Cada diferente creencia religiosa o esotérica tiene su visón particular.  El relato bíblico, de nuestra expulsión del paraíso por el pecado original, es una historia más entre muchas otras.  No vamos a entrar en detalles, nos baste saber que, aparte de esos cuentos fantásticos, la Humanidad no ha cesado nunca de buscar el hipotético paraíso perdido. 

Sea cual sea la forma de vida que los seres humanos hayamos tenido en cualquier época de la Historia, siempre hemos intentado mejorarla buscando una felicidad que casi siempre se nos escapa de las manos.  El conformismo con lo tradicional, tarde o temprano, es abordado por nuevos cambios prometedores de un mundo mejor.  El desarrollo de nuestra civilización se debe a este impulso inconformista e investigador de lo desconocido. 

Nuestro comportamiento de incesante búsqueda parece confirmar que debimos de vivir en un estado más feliz que el actual.  Puede que nuestra profunda memoria nos recuerde que nos merecemos una felicidad mayor, y por ello no cesamos de buscarla.  Aunque también podrían ser los mitos sobre el paraíso perdido una justificación literaria de la fantasía de nuestros ancestros para un instinto de búsqueda innato en el ser humano; una entre tantas ocasiones en que la mitología escenifica en sus cuentos fantásticas explicaciones de los complejos impulsos humanos.

Ya sea porque realmente perdimos algún paraíso, o porque nos mueve una fuerza instintiva, el caso es que nunca hemos cesado de buscar.  Desde la antigüedad, y prácticamente hasta hace unas pocas décadas, la búsqueda se dirigía principalmente hacia aquellos lugares desconocidos de nuestro planeta.  El espíritu investigador y aventurero del ser humano se enfocaba fundamentalmente en descubrir nuevas tierras.  El paraíso se encontraba allende los mares, en tierras lejanas y vírgenes que se nos antojaban paradisiacas.  Pero, como la Tierra no es infinita, terminamos por buscar en todos sus rincones sin encontrar lo que andábamos buscando.  Una vez colonizado todo el orbe, se nos acabó la esperanza de encontrar el país de las maravillas; ya no nos quedan tierras por descubrir.  Sin embargo, continuamos rebuscando, con lupas, con microscopios y con telescopios; aparatos que nos permiten ver lo que se nos pasó de largo.

 Las ciencias nos dieron nuevas oportunidades de búsqueda que, de alguna manera, nos ha llevado a vivir en un cierto paraíso.  A las personas de siglos atrás, nuestra vida les resultaría paradisiaca, la tecnología y la paz social que disfrutamos nos ha propiciado un estado de bienestar envidiable para cualquier civilización de la antigüedad.  Pero ni aún así dejamos de buscar.  Es como si cada paso que damos hacia nuestro bienestar no nos satisficiera por completo, como si al final tuvieran razón esos individuos místicos que no han cesado de denunciar el error que estamos cometiendo buscando la verdad y la felicidad donde ellos dicen que no se encuentra.  Y todo parece indicar que llevan razón: en el seno del materialismo parece ser que no se nos ha escondido el paraíso perdido.  Sin embargo, continuamos buscándolo en el seno de la materia, no hemos perdido las esperanzas; aunque cada día aumenta el número de quienes, aburridos de este tradicional método de búsqueda, indagan por las dimensiones espirituales.  Zonas vírgenes, desconocidas, buceando en nuestras profundidades, donde nos volvemos a encontrar con las frondosas selvas de los misterios, territorios soñados por los espíritus aventureros.  Pero donde, me temo, que no sabemos ni andar a gatas.

Es en estos ámbitos donde ahora se centra el mayor impulso popular de nuestro ancestral espíritu investigador.  Siempre buscando más allá, traspasando fronteras, venciendo el miedo a los peligros que nos puedan estar esperando.  Éste es el viejo y admirable espíritu humano, sobre todo en Occidente, que no cambia con el paso de los siglos, ni parece que cambiará hasta que encontremos lo que estamos buscando (si es que existe, evidentemente).

Las sectas son grupos de individuos que, como en el pasado, emprenden juntos la aventura de buscar una hipotética felicidad.  En ellos no cabe la duda ni la indecisión, sino no buscarían.  Nadie se arriesga por nada.  Por ello resulta siempre indispensable el apasionamiento, un cierto impulso fanático, para meterse de lleno en la aventura de encontrar el paraíso perdido, sobre todo para quienes van en cabeza en las diferentes expediciones, que cada día son más.

Esta nueva época de aventureros me recuerda a aquellos buscadores del oro, soñadores de una riqueza que muy pocos encontraron.  Ahora no es muy diferente, se sigue buscando el oro, en este caso el oro espiritual.  La aventura está llena de peligros: piratas y corrupciones internas atentan constantemente contra el elevado espíritu del altruista buscador empedernido.  Y son muy pocos los que encuentran algo valioso.  La mayor diferencia con la búsqueda material consiste en que el oro espiritual no se puede pesar ni medir, y es muy fácil confundirlo con todo lo que brilla.  Así encontramos a muchos buscadores entusiasmados con sus hallazgos, deslumbrados con el brillo de lo que consiguieron en su filón particular; pero, lamentablemente ―sucede muy a menudo―, sólo hay que esperar un poco para ver como el tiempo oxida su baratija.

En este mundo del espíritu, conviene recordar que no es oro todo lo que reluce.  En los mercadillos espirituales hay que estar siempre alerta para que no nos den gato por liebre.

 

 


 

EL MERCADILLO ESPIRITUAL DE NUESTROS DIAS

 

            Nunca los individuos hemos tenido acceso a tal variedad de vías espirituales como ahora lo estamos teniendo en los países desarrollados.  Esta era de la abundancia nos ofrece una libertad de elegir el tipo de alimento para el alma semejante a la libertad de elección que uno tiene para alimentar el cuerpo.  Si antiguamente el pueblo tenía que conformarse frecuentemente con pan y agua para alimentarse ―cuando no se estaba muriendo de hambre―,  ahora sólo tenemos que visitar un supermercado para observar que la abundancia y la libertad de elección alcanza proporciones extraordinarias.  Cada persona puede alimentarse con aquello que se le antoje y considere que le sienta bien para su organismo.  Y hablando del alimento espiritual sucede algo semejante: la variedad de los caminos espirituales que podemos escoger es cada día mayor, pues constantemente se están creando nuevas formas de tratar nuestras dimensiones ocultas.

            La gran diferencia en el abastecimiento de un alimento o de otro radica en que no tenemos supermercado espiritual donde dirigirnos para adquirir aquello que deseamos, no disponemos de ricas estanterías donde se exponga toda la variedad que existe en el mercado, no podemos comparar precios, calidades ni cantidades; y si a esto añadimos que las organizaciones de consumidores no incluyen en sus estudios este tipo de productos, resulta obvio que el consumidor de productos esotéricos está muy desatendido en comparación con los consumidores de otros productos.

Solamente en las librerías encontraremos gran variedad de libros que nos hablen de estos temas, de hecho es la única fuente de información decente que tiene el aficionado al esoterismo para llegar a conocer toda la gama de ofertas espirituales; pero puede resultar agotador tenerse que leer todos los libros necesarios para obtener una visión equilibrada y profunda.  Recordemos que la mayoría de los textos son folletos propagandísticos, ediciones realizadas por las propias sectas con la primordial intención de crear nuevos adeptos, donde se exaltan los supuestos beneficios que uno obtendrá ―si se introduce en la secta― y donde se ocultan las dificultades y problemas con los que se encontrará.  Y, por otro lado, de un tiempo a esta parte, han ido apareciendo, en oposición a estos textos, otros, no menos extremistas, que pintan todo el universo de las sectas más negro que el carbón, exagerando en plan negativo lo que los otros exageran en plan positivo.  Así que el lector lo tiene muy difícil para saber qué le ofrece realmente cada secta, cual es su precio y los riesgos que va a correr.

Por ello, habitualmente, no es ese tipo de información el que le conduce a uno a introducirse en una secta.  La mayoría de las veces se trata de una información transmitida por otro sectario: persona entusiasmada que consigue contagiar su euforia a quien está recibiendo la información, convenciéndole de que aquello es lo que necesita, lo que está buscando.  De tal forma que uno acaba aceptando la oferta, no porque sea lo mejor para él, sino porque no le ofrecieron otro producto que se adaptase mejor a sus necesidades.

Como podemos ver es un mercado difícil, al que podemos añadirle         ―para empeorarlo― una competencia muy desleal:  El producto que cada cual  vende es inmejorable porque lleva el auténtico sello divino, y porque lo que ofrece la competencia es una auténtica porquería muy dañina para la salud, además de llevar un sello divino falso, claro está.

Este tipo de agresividad competitiva, si bien es verdad que en ocasiones no resulta tan extrema, en el fondo casi siempre la llegamos a descubrir tal y como la estamos presentando: brutal.  Por mucho que se presuma del respeto a las libertades humanas en los ambientes espirituales, la competencia entre creencias religiosas, entre sectas, es sumamente agresiva.  Baste observar la intransigencia de cada religión con el resto de religiones a lo largo de la Historia, para hacernos sospechar que en otro tipo de asociaciones esotérico espirituales no va a resultar muy diferente.  Prueba de ello es que el mercadillo espiritual no lo encontramos en la calle del mercado central o en galería comercial alguna.  Los tenderetes de venta se dispersan por la superficie de cada una de nuestras ciudades, evitando toda vecindad con la competencia.

Existen excepciones a esta norma general: en los recintos feriales de algunas grandes ciudades se reúnen de vez en cuando multitud de videntes, astrólogos, expertos en ciencias ocultas, parapsicólogos, curanderos, sanadores, y expertos en todo tipo de terapias alternativas, mostrando su producto al público, y mostrándose, de paso, los dientes entre ellos; no es difícil descubrir a algún ocultista protegiendo su stand como puede y sabe del mal de ojo que según él le hecha la competencia excesivamente próxima.  Esta “sana” convivencia, aunque haya males de ojo de por medio, es todo un logro.  Mas conviene aclarar que los vendedores de este tipo de mercados son de la línea blanda, pertenecientes al movimiento esotérico llamado de la nueva era, mucho más tolerantes que los viejos vendedores de la línea dura, los cuales nunca entrarían a formar parte de semejante mercadillo, pues cada uno de ellos se considera poseedor de la única verdad divina, y en vez de echarse un mal de ojo se echarían veneno en sus bebidas.  ¿Cómo podría existir un mercado de ofertas espirituales si cada uno de los vendedores considerara a todos los demás demoniacos charlatanes embaucadores?

Los medios informativos realizan auténticos esfuerzos para aclarar todo este turbio enmarañado de ofertas totalitarias.  Los debates entre partes enfrentadas es una aceptable forma de ofrecer al público una información equilibrada.  Pero ese tipo de reuniones públicas resulta muy difícil de conseguir, cuando no imposible.  La intransigente parte sectaria